El trípode

«La PSOE»: en la calle hace «mucho frío...»

Como la memoria colectiva es débil, conviene reiterar este hecho para conocer bien al personaje político que se encuentra al frente del gobierno de España y las siglas políticas en las que se a

La llegada de Sánchez a la Moncloa vino precedida de las dos mayores derrotas electorales recibidas por el PSOE desde la Transición, y en ambas ocasiones se produjeron siendo su persona el candidato a la presidencia del gobierno como secretario general de su partido. Se celebraron separadas por apenas seis meses, la primera fue la del 20 de diciembre de 2015 y dio comienzo a la fugaz XI legislatura, y obtuvo 89 escaños y su repetición –la primera vez que se producía en España hasta ese momento– fue forzada por él de candidato, y tuvo lugar el 26 de junio siguiente bajando todavía más, hasta alcanzar apenas 84 diputados. Tras ese reiterado fracaso, pretendiendo forzar unas terceras elecciones, el PSOE le cesó de la Secretaría General apenas tres meses después en un dramático Comité federal el 1º de octubre.

Como la memoria colectiva es débil, conviene reiterar este hecho para conocer bien al personaje político que se encuentra al frente del gobierno de España y las siglas políticas en las que se apoya. Se puede afirmar sin género de duda que el PSOE socialista de la Transición, refundado en Surennes y marcado por la impronta de Felipe González, dejó de existir cuando de manera incomprensible Pedro Sánchez recuperó el poder tras ganar las primarias apenas unos meses después, transformando unas siglas centenarias en una simple plataforma de poder personal a su servicio. La unanimidad «a la búlgara» se ha impuesto en una organización donde la carencia de debate interno y de pluralismo se ha convertido en una señal de identidad política caudillista. Si el líder «cambia de opinión», toda la organización lo secunda cual disciplinados y fieles seguidores del venerado guía supremo. Si Sánchez afirma que pactar en el extranjero un gobierno –tras ser derrotado en las elecciones– con un político separatista identitario, protagonista de un golpe de Estado contra la Constitución, y huido de la Justicia escondido en el maletero de un coche, es «progresista», pues todos a coro lo repiten. Si pactar con la franquicia política de la banda terrorista ETA es «progresista», pues Otegi es un político «progresista» y además «democrático».

Lo que haga Sánchez por definición dogmática es «progresista» y, para recordárselo a todas y todos, ha colocado en el gobierno a Óscar Puente. «La PSOE» se ha convertido en una agencia de colocación y empleo público, y «en la calle hace mucho frío…». Resulta patético, doloroso y triste contemplar tal carencia de principios, valores éticos y morales, y nivel, en quienes tienen en sus manos el presente y el futuro de España.