A pesar del...

Shelley falsa y Calderón verdadero

El célebre auto de Calderón, pues, nos invita a valorar a Dios y al prójimo antes que a nuestros bienes, pero sin olvidar la realidad económica y los incentivos que a todos atañen

Vi en las redes sociales la cita siguiente, atribuida a Mary Shelley: «Para ser liberal y abrazar la libertad hay que leer mucho. Para ser de izquierdas solo se necesita estar muy orgulloso de tu propia ignorancia».

La cita es falsa, porque no es de la autora de Frankenstein. Pero además es falsa en sí misma, independientemente de cuál sea su autoría genuina. Uno no es liberal porque se dedique al estudio, sino porque valora principios morales como el respeto al prójimo: o principios jurídicos, como el derecho de propiedad y el derecho a contratar libremente con ella; o principios políticos, como la limitación del poder, que no es el dueño de las cosas, como advirtió Juan de Mariana hace cuatro siglos. La atención a esos principios no requiere de copiosas lecturas.

Y al revés, el socialismo nunca ha estado orgulloso de su propia ignorancia sino de su sabiduría. Los socialistas siempre han glorificado la inteligencia y han pretendido monopolizar el conocimiento científico.

El liberalismo, en cambio, siempre ha recelado de la capacidad de la inteligencia humana, muy especialmente cuando se trata de organizar la sociedad de arriba abajo.

La falsa cita de Shelley contrasta con las verdades que expone don Pedro Calderón de la Barca en El gran teatro del mundo, que publicó en 1655, y cuya reciente versión adaptada publica la Editorial Gadir, con ilustraciones de Begoña Summers.

Desconfía del rey el Labrador, «no sea que se le antoje, viendo que soy labrador, ponerme un nuevo impuesto». Al mismo tiempo le niega una limosna al pobre, a quien le advierte: «si es que os falta de comer, tomad pues este azadón».

Finalmente, Dios juzga a todos. Invita al Pobre y a la Discreción a su lado de inmediato, pero reclama una reflexión a la Hermosura y al Poder, «pese aquella vanagloria que tuvieron, pues lloraron», y lo mismo al Labrador, «que, aunque al Pobre le negó limosna, era buena su intención, para que él mismo se ayudase». No perdona, de momento, al Rico, que no ha dado nada al Pobre, y que reconoce: «deberé arrastrar mi sombra hasta hacerme digno de perdón».

El célebre auto de Calderón, pues, nos invita a valorar a Dios y al prójimo antes que a nuestros bienes, pero sin olvidar la realidad económica y los incentivos que a todos atañen.