Joaquín Marco

En funciones

La Razón
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Resulta casi imposible sustraerse al vértigo que suscitó la declaración independentista catalana y su casi inmediata suspensión, tras pasar todos los trámites legales, por el TC por unanimidad. Pero en el Parlament, ya elegido y constituido, un presidente en funciones –y de nuevo candidato a la Generalitat– solicita algún voto más que lo confirme al precio que sea, porque sin su presencia en la cúspide la «desconexión» con España, el llamado proceso, podría quedar en suspenso. Parece que la CUP tiene ya candidato, pero no es Mas, sino un ex militante de ICV, ex eurodiputado por aquella formación, y que CiU –cuando andaban todavía de bracete– y ERC colocaron como número uno en la más extraña lista electoral que se haya confeccionado en un país europeo. Hasta hace poco, sin embargo, Raül Romeva manifestaba su fidelidad a los acuerdos. Superado el trámite de la pública insumisión y del grito de guerra de la presidenta del Parlament, Carme Forcadell, junto a otros veinte ya en la mira de un TC que los insumisos no van a reconocer, el argumento de la obra reside en las reacciones punitivas del llamado Estado español. Recordando aquellos viejos tiempos del 6 de octubre de 1934 los independentistas requieren mártires de la causa. Consciente de ello, el presidente Rajoy distribuye tiempos y aúna voluntades. Algo comparten Mas y Rajoy: ambos están en funciones y pretenden la reelección, pero los diferencia el respeto a las leyes. Cabe dudar de que los tiempos en que se han convocado las elecciones catalanas y españolas respondan a una mera casualidad. El Parlamento español ha sido ya disuelto y el catalán, por el contrario, ha iniciado su controvertida andadura. Pero Rajoy dispone de todos los recursos legales y los hará valer. Su prudencia y decisión pueden hacerle ganar puntos entre sus posibles votantes. Pero el ritmo frenético que propicia el Parlament debería detenerse y hasta tomarse un respiro. Cualquier decisión se observará con las entendederas jurídicas, porque la política hoy también está en funciones. Los tiempos, como se ha reiterado en tantas ocasiones, son fundamentales en esta materia. Y ya no vale ahora calcular lo que habría podido ocurrir si se hubieran tomado unas u otras decisiones. La realidad va a imponerse sobre cualquier utopía. Lo sabe bien Mas, quien debe admitir que el vagón en el que viaja no tiene marcha atrás. Para que Convergència se presente con una mínima dignidad a las elecciones generales debería refundarse a toda prisa. Porque el partido, aquel que fue fiel de la balanza española en tantas ocasiones, ha perdido en estas últimas batallas incluso sus signos de identidad. La Esquerra Republicana de Oriol Junqueras ha observado el desgaste de su socio con un significativo silencio. Situándose en segundo término ha logrado lo que anuncian sus siglas: la decantación hacia una indefinida izquierda y, además, republicana. Lo que resulta todavía más contradictorio en este embrollo es la decisiva presencia de una formación minoritaria tan radical como la CUP, hacia la que no se han ahorrado signos de complicidad. Tales características no figuran en los genes de CiU, aunque su fundador Jordi Pujol, se inclinara en los últimos tiempos hacia un radicalismo que pretendía tal vez ocultar sus escándalos económicos y los de su familia. Todo llevaría a pensar que convendría esperar a los resultados de las elecciones generales españolas. La anunciada y hasta programada desconexión no impedirá que formaciones independentistas concurran a ellas, aunque se presentarán por separado. Junts pel Sí desaparece tras haber tocado casi el cielo. Los escasos escaños que le faltan para lograr la mayoría se convirtieron en muralla, auténtica tortura que podría dilatarse hasta enero. Conviene, sin embargo, desdramatizar la situación, aunque se tomen las oportunas medidas para detener lo que se asemeja a un tren sin maquinista. Viviremos todavía tiempos de zozobra. Cualquier convocatoria electoral los produce por naturaleza y, en esta ocasión, se multiplican. España y, en consecuencia Cataluña, forma parte de la UE y los medios de algunos países que viven reivindicaciones como la catalana de antaño han mostrado ya signos de alarma, aunque se contempla con moderado escepticismo. Las naciones no nacen por generación espontánea y las más recientes han sido fruto de situaciones bélicas o posbélicas. No es el caso catalán, donde, incluso en las grandes manifestaciones que se han producido regularmente desde hace unos años, se ha mantenido siempre una alta dosis de civismo. Bien es verdad que la sociedad catalana está dividida en dos mitades casi simétricas, pero los momentos históricos que estamos viviendo, no exentos de inquietudes y hasta de amenazas, tal vez hagan reflexionar a algunos separatistas más tibios. Si, como se dice, es posible que en los dos próximos años Reino Unido abandone la Unión Europea, la convulsión alcanzaría tal dimensión que las naciones podrían verse obligadas a emprender una rápida federalización. Cataluña también está sujeta a los vaivenes de la modernidad y un nacionalismo decimonónico esta fuera de lugar, aunque ilusione a muchos. Vuelve a hablarse de diálogo, pero habrá que esperar al 20–D para pasar a una cuestión que no es de hoy, ni siquiera de ayer. Toda la Península Ibérica se encontrará por un tiempo en el filo de la navaja.