Incertidumbres y disyuntivas

Llegó a ser el principal pilar de las transformaciones democráticas de la Transición, pero esta sociedad es otra y soplan nuevos aires por todas partes, que vienen teñidos de populismo (incluso en los EE UU), en el seno de la Unión desunida, y también en España

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Vivimos en un mundo en el que proliferan las incertidumbres y las disyuntivas, aunque seamos conscientes de que cualquier decisión puede arrastrarnos a situaciones no deseadas. Las victorias alcanzadas por los populismos, con el consentimiento pasivo de parte de los ciudadanos, han convertido la Unión Europea en una suma de incertidumbres. ¿Brexit duro o blando? Nadie lo sabe, aunque se presume duro, pero cuando se inicie un proceso de separación que ha de durar dos años, viviremos en una constante incertidumbre, porque nada estaba previsto, ya que los fundadores jamás habían imaginado esta posibilidad. Pero la población británica, aferrada a sus esencias nacionales, vive en su día a día la depreciación de la libra y, en consecuencia, el aumento de los precios de algunos productos de habitual consumo. Tampoco sabe nadie a dónde conduce el largo camino que los restantes miembros de la Unión deberán sortear en el inmediato futuro. Las próximas elecciones en Francia y Alemania pueden hacer variar el rumbo de una asociación de países que se exceden en las incertidumbres. El crecimiento económico europeo, e incluso el mundial, reflejan circunstancias que algunos entienden como una transición hacia otra etapa histórica. Hay quienes miran hacia atrás, no sin nostalgia, porque resulta ahora que tiempos pasados y aún muy recientes fueron mejores. No existen apenas ideologías, salvo las que se sostienen atadas con alfileres, y se pierde la valoración de un futuro que durante casi dos siglos se identificó con progreso. Las tecnologías avanzan a un ritmo al que somos incapaces de adaptarnos. La robotización resulta imparable y a la UGT no se le ocurre otra cosa que solicitar que los robots paguen seguridad social para salvaguardar las pensiones de los humanos. Hay motivos para dudar de lo que parecía más sólido: el Nobel a Bob Dylan puede significar que caminamos hacia otro concepto de la literatura, de la poesía y de la canción, aunque retornemos, sin ser conscientes de ello, a los trovadores.

Cuando alguien, que se decía bien informado, apuntaba que Mariano Rajoy no preparaba aún el discurso de investidura hacía suponer que las incertidumbres sobre el panorama político español se mantenían, apurados todos los plazos. El dilema de los socialistas bien merecerá en el futuro un sólido estudio de cómo todo puede empeorar en el más corto tiempo. Incluso las declaraciones de Francisco Correa, que en el «juicio Gürtel» ponen en serias dificultades al PP y a sus dirigentes, pero complican la abstención de un PSOE que ha de elegir entre suicidarse ya o esperar unos pocos meses. Pero la decisión está ya tomada. El triunfo de Miquel Iceta, más profesional en los pantanosos territorios de las derrotas, frente a Núria Parlon parece una buena noticia. Hubo un tiempo no tan lejano en el que PSC-PSOE llegó a ser gobierno frente a su natural enemigo CiU. En la actualidad, el primero ha de resignarse a ser tercera fuerza y CiU ha dinamitado incluso nombres y apellidos y vegeta en los imaginativos ámbitos independentistas, aunque Puigdemont haga de portaestandarte de la «estelada». Los buenos resultados en Cataluña llegaron a significar –y así lo reconoció Felipe González en sus años de esplendor– no tanto el granero de votos (que fue siempre Andalucía) sino que podría alcanzarse una victoria en el conjunto de España. Todavía la ciudadanía depositaba alguna esperanza en la política y en sus representantes. Pero llegó la generación de los indignados con derecho a voto y de los indignados de otras promociones que se sumaron al regeneracionismo. Se alteró el panorama político y la crisis económica destruyó no sólo las capas medias, sino que incrementó hirientes desigualdades y una pobreza que avergüenza. Se perdió la fuerza sindical en sordina y se fraccionó la izquierda, que siempre tendió a dividirse ante a una derecha compacta y hasta razonable. El triunfo del sentido común que reclama Rajoy equivale a la filosofía de Jaime Balmes frente a Kant. En cierto modo, otro de los dilemas a los que se enfrenta el PSOE no deja de ser de corte tan clásico como insoluble. ¿Deberá dejarse llevar por Susana Díaz –la organizadora del complot contra Sánchez–, que decidió pasar a la oposición en lugar de intentar un gobierno de «cambio» como ingenuamente se había prometido? Tal vez si Cataluña no existiera la resolución sería mucho más simple: sentarse a esperar, como hizo muy bien Rajoy, contemplando la rápida descomposición del adversario y el trágico desenlace. Pero Iceta y algún otro periférico más mantienen un «no es no» que se ha convertido en lema ético, antipolítico y con seguridad inútil, poco práctico a corto plazo, en un partido que se tienta la ropa y se desconoce. Llegó a ser el principal pilar de las transformaciones democráticas de la Transición, pero esta sociedad es otra y soplan nuevos aires por todas partes, que vienen teñidos de populismo (incluso en los EE UU), en el seno de la Unión desunida, y también en España. En contadas ocasiones hemos sido originales y renovadores en materia de convivencia política. La excepción fue, tal vez, el breve periodo de la entonces modélica Constitución de Cádiz de 1812. Pero la historia nos demuestra cómo se perdieron papeles y hasta tiempos históricos. Las incertidumbres son brumosas y las disyuntivas pueden entenderse como dramáticas. El próximo domingo será doblemente festivo para el PP. El PSOE ha de decidir entre veneno o pistola.