La otra cara del Brexit

Me temo que en el ya largo trecho del Brexit sean prioritarios los temas económicos, dejando de lado otros aspectos, en mi opinión, más importantes. Los laboristas de Corbyn han discutido estos días en Liverpool sobre la posibilidad de un segundo plebiscito: sobre si divorcio blando o divorcio duro. Como oposición a Theresa May, andan tan perdidos como ella, sin una estrategia clara respecto a la forma de salir. El escenario de nuevas elecciones antes de fin de año está en el aire, tras la postura firme de los 27 –alguien le llama humillación– que sufrieron en la Cumbre de Salzburgo donde se rechazó la propuesta de separación contenida en el plan Chequers. En esta situación incierta, comprendo la preocupación de los miles de españoles que trabajan en el Reino Unido, como vivo en directo la salida de Menorca –imagino que también en otros puntos de España– de ciudadanos ingleses que regresan a su país preocupados por el futuro de sus pensiones. Menorca ha sido para muchos de ellos algo más que el histórico centro de la ruta Gibraltar-Malta de los siglos XVIII y XIX. Ha sido alternativa de vida, clima benigno, huellas históricas, vestigios culturales, hospitalidad, amistad. No en balde sus antepasados estuvieron en la Isla más de 80 años en tres períodos del siglo XVIII. No en balde sus escuadras dominaron el Mediterráneo Occidental desde Port Mahón, en el extraño tiempo en que Napoleón nos obligó a ser aliados, porque llevábamos prácticamente desde tiempos de Felipe II en continuas guerras.

Esta colonia inglesa que por cuarta vez ha conseguido que actúe sobre los cielos de Menorca la patrulla acrobática de la RAF, los Red Arrows, propició el encuentro de unos jóvenes pilotos con un veterano de la Segunda Guerra Mundial, Maurice Moundsen, un hombre que participó –y fue abatido– en la Batalla de Inglaterra sobre el Canal de la Mancha, recién cumplidos ahora, sus cien años. Fui testigo de cómo los bucles de humo lanzados por los Red Arrows dibujaban un numeral 100 en grandes dimensiones sobre los cielos de Menorca, así como del enorme respeto con que saludaban los jóvenes pilotos al veterano de guerra. Y como en un servicio religioso posterior celebrado en la Capilla Anglicana del Hospital de la Isla del Rey en pleno centro del Puerto de Mahón, se oraba por quienes habían hecho posible el encuentro y por los miembros de la patrulla fallecidos en acto de servicio. Y cuando finalmente –presente su Embajador Simon Manley– cantaron el «God save the Queen» en señal de respeto y homenaje a su «Head of the Armed Services, on land, sea and air», sentí sana envidia, querido lector. No veo imposible repetir estos actos en ambientes militares nuestros; no estaríamos lejos de ellos. Pero resalto que esta iniciativa procede de su mundo civil, es decir de su educación, de sus siglos de democracia, del respeto a su historia, de su orgullo como pueblo, el que esgrimieron en un momento, ofreciendo solo «sangre sudor y lágrimas» paso previo a la victoria contra un enemigo que amenazaba a toda Europa. No me suenan estas palabras en otros países que hoy forman la Unión Europea. Solo tengo constancia de que en 1945 florecieron resistentes por sus cuatro puntos cardinales.

Con el Brexit Europa pierde no solo peso económico; pierde un gran país que representa una de las democracias más viejas del mundo; que supo dirigir, como nosotros en otros tiempos, todo un imperio; cuya lengua, también como la nuestra, se habla en todos los rincones del mundo; país que ha sabido sufrir y que no ha inclinado la cabeza en momentos críticos; pueblo unido siempre a su Corona como símbolo de unión y de cohesión entre todos ellos.

Europa perderá a uno de sus pilares más consistentes. Seguramente algún día se arrepentirán de su decisión, sin saber ciertamente si hubo influencias externas en el resultado del plebiscito. Demasiados poderes –algunos vestidos con la ropa de la amistad– no quieren una Europa unida y fuerte y facilitarán siempre los movimientos que la debiliten. Pero Bruselas debe entonar también el mea culpa en el divorcio. Temo que la UE se haya contagiado del carácter de un país que desconoce lo que es responder con sangre sudor y lágrimas; aventajado burócrata, beneficiado por ser lugar de paso y por saber actuar como frío interlocutor entre Francia y Alemania de cuya posición ha sacado buenos réditos económicos, creo que pocos valores aporta a la Unión Europea.

Y lo notamos. Como ya lo notamos en la guerra de los Balcanes. Crece la insolidaridad; se alimentan descaradamente los nacionalismos excluyentes; crece la ultraderecha.

No sé si el plebiscito debería planteárselo la propia Unión Europea.