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Mayo 2019: elecciones europeas

Los xenófobos se están agrupando y lo peor que podríamos hacer los liberales en mayo de 2019 es salir a empatar. ¿No queríamos unas elecciones europeas? Pues ahora sí que las vamos a tener

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11 de septiembre de 2018. 12:01h

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Beatriz Becerra / Vicepresidenta de la subcomisión de Derechos Humanos en la Eurocámara.  10/9/2018

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Al poco de instalarse en La Moncloa, Pedro Sánchez acogió al buque Aquarius después de que el Gobierno italiano lo rechazara. El gesto sirvió para que los que no se habían enterado supieran que en España había un nuevo presidente y para que el ministro del Interior italiano, Matteo Salvini, cantara victoria. Lo dije entonces: si ganan los xenófobos y los que no lo son callan, algo está fallando. Algo no es lo que parece.

Apenas un par de meses más tarde, la política de inmigración de Sánchez sigue dando alegrías a los xenófobos. Ahora es todo distinto: ya no acogemos buques y utilizamos acuerdos vigentes con Marruecos para deportar en modo exprés a más de cien inmigrantes. Y a los del partido de ultraderecha Alternativa por Alemania les gusta tanto lo que ven que hasta hacen un meme para celebrarlo con el texto «España demuestra cómo lidiar con los inmigrantes ilegales».

Se ha hablado en muchas ocasiones de la imperiosa necesidad de que la Unión Europea disponga de una política de inmigración y asilo común, algo que se esperaba de la reunión del Consejo de finales de junio pasado pero que finalmente no se logró ni de lejos. Cabría esperar de los gobiernos nacionales cierta coherencia y claridad en sus políticas, al menos. Pero no parece que estas virtudes sean el fuerte del ejecutivo de Pedro Sánchez. Por tanto, la cuestión sigue abierta, y seguimos oyendo propuestas a cada cuál de apariencia (sólo apariencia) más contundente. Vean, si no,, la reciente del gobierno austriaco: militarizar las fronteras más calientes de la Unión, con Ceuta y Melilla a la cabeza. Mientras tanto, los xenófobos y racistas de Europa van organizándose (siempre con la figura de Steve Bannon por ahí, en carne mortal o en espectro). Pudo verse en la reunión que mantuvieron Salvini y el primer ministro de Hungría, Viktor Orbán. El encuentro fue muy ilustrativo. Los reunidos atacaron al presidente francés, Emmanuel Macron, porque estaba a favor de la inmigración. No como ellos, que estaban en contra de la inmigración... ilegal. Obsérvese bien la tergiversación, porque es una cuestión crucial. Salvini, Orbán y los de su cuerda están «en contra de la inmigración ilegal», no como Macron, Merkel y el resto de sus enemigos políticos en Europa. La realidad, por supuesto, es que Macron defiende que se cumplan las normas migratorias. Es decir, no es en modo alguno amigo de lo ilegal. Pero tampoco es contrario a la inmigración per se. En cambio, los salvinis de Europa son, lisa y llanamente, xenófobos y racistas. Viven del voto anti-inmigración y prosperan gracias a los prejuicios y al mensaje del miedo. Éste es su auténtico contexto, su líquido elemento. Y también el que mejor refleja el momento que vivimos, y precisamente en el que deberíamos situarnos cuando hablamos de estos asuntos. Es extremadamente importante por dos motivos. El primero es que deberíamos olvidarnos de que las medidas concretas, las reformas migratorias y las políticas de asilo que podamos desarrollar vayan a terminar con el problema político que vive Europa. El racismo es un prejuicio visceral que vuelve muy vulnerable a las mentiras a quien lo padece. Incluso si llegáramos a un acuerdo sobre cuál es la mejor política migratoria y lográramos implantarla, incluso si arrojara resultados positivos, los xenófobos seguirían manipulando. Hay que recordar que la actual crisis comenzó con la llegada masiva de refugiados sirios. Sin embargo, sus peores efectos se están viendo ahora, cuando las solicitudes de asilo se han desplomado. Por tanto, tenemos que hacer reformas e implantar medidas, por supuesto, porque es nuestro deber. Pero no nos engañemos creyendo que sólo con esto vamos a solucionar los problemas existenciales de la Unión. El segundo motivo es que, una vez superada (con todas las salvedades que se quiera) la crisis económica, las elecciones europeas de mayo de 2019 van a ser más europeas que nunca. Se están configurando dos bloques enfrentados y antagónicos muy bien perfilados. Uno es nacionalista y populista: cree en la Unión sólo como una vaca lechera a la que ordeñar para extraer fondos y a la que culpar de todos los problemas, y apela a las identidades nacionales, supuestamente en peligro por la llegada de inmigrantes. El otro bando es liberal en sentido amplio: cree en Europa como proyecto político integrador y plural de raíz ilustrada, defiende identidades múltiples bajo el paraguas del Estado de Derecho y cree que estamos ante una oportunidad histórica para asumir el liderazgo internacional que Donald Trump ha despreciado para los Estados Unidos. Desde este amplio espacio aterrizaremos una y otra vez sobre la cuestión migratoria. Es ahí donde se concretará el debate, donde se tratará de llegar a las emociones del electorado. Y es esencial que los europeístas estemos preparados para dar la batalla cultural, para ganar el marco y evitar que los xenófobos parezcan simplemente gente ordenada y más fiable que los europeístas. Debemos recordar que nada bueno ha salido nunca de semejantes ideas. Debemos vincularlos con el pasado oscuro del que parecen haber vuelto, y debemos recordar que el ensimismamiento nacionalista es lo más absurdo que se puede hacer en el mundo de hoy. Debemos movilizar a muchos europeos que quedaron decepcionados por la gestión de la crisis explicando que estamos ante un momento crucial, decisivo. No sólo deberíamos ser capaces de ofrecer reformas migratorias serias, sino hablar de una defensa común, de una verdadera política exterior. Tenemos que ser capaces de explicar que todo está relacionado, que una Europa unida y fuerte tendrá más influencia sobre su entorno, podrá gestionar mejor los flujos migratorios, podrá impedir futuras crisis y ofrecerá a los ciudadanos, por qué no decirlo, el orgullo de pertenecer al mejor proyecto político de la historia. Los xenófobos se están agrupando y lo peor que podríamos hacer los liberales en mayo de 2019 es salir a empatar. ¿No queríamos unas elecciones auténticamente europeas? Pues ahora sí que las vamos a tener.

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