Religión

La venida de Dios

Textos de oración ofrecidos por Christian Díaz Yepes, sacerdote de la archidiócesis de Madrid

«El Diluvio», de Miguel Ángel de la Capilla Sixtina
«El Diluvio», de Miguel Ángel de la Capilla Sixtina La Razón

I domingo de Adviento

Dos exclamaciones apuntalan la Palabra de Dios este domingo: «Ojalá rasgases el cielo y bajases», clama el profeta a Dios (Isaías 63, 9); «Vigilad», exige Cristo a los suyos para no ser sorprendidos por su venida sin prepararnos adecuadamente. Entre una y otra exclamación discurre toda la historia sagrada y nuestra propia historia personal. Leamos con atención:

«En aquel tiempo, dijo Jesús a sus discípulos: “Cuando venga el Hijo del hombre, pasará como en tiempo de Noé. En los días antes del diluvio, la gente comía y bebía, se casaban los hombres y las mujeres tomaban esposo, hasta el día en que Noé entró en el arca; y cuando menos lo esperaban llegó el diluvio y se los llevó a todos; lo mismo sucederá cuando venga el Hijo del hombre: dos hombres estarán en el campo, a uno se lo llevarán y a otro lo dejarán; dos mujeres estarán moliendo, a una se la llevarán y a otra la dejarán.

Por tanto, estad en vela, porque no sabéis qué día vendrá vuestro Señor.

Comprended que si supiera el dueño de casa a qué hora de la noche viene el ladrón, estaría en vela y no dejaría que abrieran un boquete en su casa. Por eso, estad también vosotros preparados, porque a la hora que menos penséis viene el Hijo del hombre”». (Mateo 24,37-44).

Esta vida se nos escabulle como agua entre los dedos. Quisiéramos aferrar nuestros bienes, los momentos felices, la buena salud y el reconocimiento de todos. Pero todo pasa. Todo es caduco y no llega a saciar nunca nuestros anhelos más profundos. Por una gracia del cielo, empezamos a entender que todo lo que no se da, se pierde, y todo lo que no se eleva, se disuelve.

Entonces alzamos la mirada y pedimos a Dios que se acerque a nosotros, que podamos vivir la plenitud de la vida, de la paz y la felicidad. Con el profeta Isaías exclamamos: «Ojalá rasgases el cielo y bajases». Es decir: pedimos al Altísimo que venga su reino de la verdad y la vida, de la santidad y la gracia, de la justicia, el amor y la paz vida plenas –como lo celebrábamos el pasado domingo de Cristo Rey- se haga presente entre nosotros. Lo mismo que Jesús nos enseñó a pedir diariamente al Padre: «Venga a nosotros tu reino».

En un momento de silencio toma conciencia de que tus anhelos más profundos sólo pueden ser colmados por Dios, y repítele de corazón: “Ven, Señor Jesús”.

Dios no deja de con-moverse y atender a esta súplica. Y sólo un Dios que se deja con-mover puede re-mover las durezas de nuestro corazón. En Cristo el cielo se ha abierto y su reino ha descendido hasta nosotros. Con sus obras de amor y finalmente su muerte en la cruz, él ha bajado hasta el más hondo sufrimiento y la miseria del último de los que sufren. El sudor de nuestras fatigas cotidianas y las lágrimas de nuestros dolores y pérdidas han sido recogidas en el odre de la misericordia de Dios y las ha convertido en manantial de gracias. Con este Dios que desciende puede encontrarse la persona que asciende.

Ascender comienza por elevar la mirada a lo alto para descubrir que hay un destino mayor. Es no mirar sólo lo pasajero y buscar lo eterno. Es saber luchar contra uno mismo para ser más libre, más sabio y más santo. Es la actitud de quien, en el tiempo de gracia que es el Adviento, recorre el camino abierto por el Dios humilde que adoraremos en el pesebre, la senda marcada por el que viene a enseñarnos a hablar con Dios llamándole: “Padre nuestro”.

Por todo esto, contempla ahora a Cristo acompañándote en el camino de tu vida, como lo hacía con sus discípulos. Invítale a entrar a tu hogar, a tu intimidad, y escúchale repetir: «La salvación ha llegado a esta casa» (Lucas 19, 9).

Entre la súplica para que Cristo se haga presente en nuestra historia y su venida definitiva al final de los tiempos, él nos invita a mantener una actitud de vigilancia. Vigilar para que nos encuentre con la conciencia en paz, reconciliados como hermanos y ricos en obras de amor. Así como san Pablo puede alegrarse con los corintios porque no les falta ningún don espiritual, esforcémonos también nosotros por ser fieles a las bendiciones que Dios nos da, multiplicándolas como los talentos de la conocida parábola. Ante nuestra súplica:

Ante la súplica humana, «Ojalá rasgases los cielos y descendieses», podemos pensar que Dios nos dice algo así como: “Ojalá lucharas contra ti mismo y ascendieses”. Porque Él no deja nunca de descender hasta nosotros. Somos nosotros los que nos frenamos en ascender hacia Él, aferrados a tantas cosas que nos esclavizan. Dios ya ha hecho su parte; el Adviento es tu turno.

Vivir el Adviento exige tomar conciencia de cuánto necesitamos preparar en y entre nosotros para llegar a decirle a Dios: «Bajaste y los montes se derritieron con tu presencia». Son los montes de nuestros pecados y egoísmos que creemos imposibles de superar, pero que con su gracia pueden convertirse en un valle de luz y vida. Así hasta decir: «Jamás oído oyó ni ojo vio un Dios, fuera de ti, que hiciera tanto por el que espera en Él. Sales al encuentro del que vive santamente y se acuerda de tus caminos” (Is 63, 12). Por eso, recuerda: Dios se deja encontrar por quien se deja transformar.