Así me contagié con una mascarilla defectuosa y gafas de buceo

El Consejo General de Enfermería reclama que se realicen pruebas PCR a todos los sanitarios

En la imagen se puede ver, además de las gafas de buceo, el envoltorio verde de las mascarillas defectuosas
En la imagen se puede ver, además de las gafas de buceo, el envoltorio verde de las mascarillas defectuosasLa Razón

Una de esas palabras que con la pandemia han pasado a formar parte de nuestro vocabulario cotidiano es EPI, el acrónimo de equipo de protección individual. El propio nombre lo dice todo, es la vestimenta con la que los sanitarios se protegen para evitar contagios: buzos o batas, guantes, gorros, gafas y mascarillas que se espera sean de la calidad suficiente para cumplir su cometido.

Sin embargo, eso no siempre es así y en algunas ocasiones llega a lo surrealista. Es lo que les pasó a enfermeros del Hospital 12 de Octubre, de Madrid, cuando, al abrir el EPI con el que vestirse ese turno, se encontraron que en lugar de las gafas de protección normales había unas de buceo. «Eran de las que tapan la nariz y estábamos haciendo la broma de si íbamos a tener que hacer el servicio en apnea, porque no te permiten respirar», cuenta Javier López, enfermero en el centro madrileño. Fue por eso que hicieron una foto.

No valía para nada

Poco se podía imaginar que la imagen (tomada el 1 de abril) sería la prueba de que esa noche y quizá otras muchas la mascarilla que se suponía que iba a protegerles de contagios era deficiente. Algo que está comprobando en sus propias carnes, como las de tantos otros compañeros, pues él es uno de los 30.000 sanitarios infectados. Y es que Javier está de baja después de estar utilizándola «muchos turnos y durante horas y horas».

El 6 de abril, al salir del trabajo, notó los primeros síntomas (un dolor de cabeza que no desaparecía y décimas de fiebre), «por lo que me hicieron la prueba y di positivo. Los primeros días le di vueltas pensando qué había hecho, dónde estaba la brecha, si me había quitado mal el traje o si toqué alguna superficie infectada...», relata. Hasta que se enteró del escándalo de las mascarillas través de la Prensa.

«Me da rabia porque ahora todo el mundo mira para otro lado. Me conformaría con que no volviera a pasar. Porque, igual que a nosotros se nos pide una práxis segura, que los que se encargan de gestionar nuestra salud la tengan también». Javier no ha contagiado a su familia, pero asegura sentirse «frustrado e impotente. Mi compañera de turno, que también está infectada, tiene una hija con problemas de inmunodepresión y eso te genera mucha ansiedad porque te llevas la enfermedad a casa».

Sandra Martínez sabe bien lo que es eso. Es una de las muchas enfermeras que usó la mascarilla de Garry Galaxy defectuosa y ahora desconoce si está o no infectada. Ni lo va a saber a menos que desarrolle síntomas porque solo en ese caso le harán la prueba. «Por ahora estoy asintomática, pero salvo que me digan lo contrario (cosa que no ha sucedido) me incorporaé a mi puesto normalmente», cuenta.

«Reclamamos que se que se realicen pruebas PCR a todos los sanitarios –dice María Enríquez, enfermera del Consejo General de Enfermería–. Al principio podíamos hasta entender que no se hicieran o que no hubiera materiales, pero han pasado cinco semanas, y además de equipos en número suficiente, queremos calidad y tests».