El Covid se agarra a las mujeres

Una encuesta revela que el 81% de los pacientes con síntomas persistentes de coronavirus son mujeres con una edad media de 44 años

Entre los enfermos curados de Covid-19 y aquellos que vivieron la cara más amarga del virus en la UCI hay un amplio grupo de pacientes que sigue a medio gas. Se calcula que en nuestro país más de 50.000 personas llevan meses arrastrando una gran variedad de síntomas en una montaña rusa de subidas y bajadas que parece no acabar nunca. Al menos un 10% de los infectados, cifra que podría ascender hasta el 40% en otros países, sufre lo que se ha dado en llamar Covid persistente. Ahora han decidido pasar a la acción. De esta necesidad imperiosa de obtener respuestas y entender qué les pasa ha nacido el “Proyecto Marco 19” (Médicos y Afectados Redefiniendo la Covid-19). Es una iniciativa compartida entre la Sociedad Española de Médicos Generales y de Familia (SEMG) y una alianza de colectivos autonómicos de pacientes con vocación de prolongarse los dos próximos años.

La casilla de salida de este plan, que busca establecer protocolos y homogeneizar la atención a este grupo de población que ha quedado suspendido en un limbo médico, ha sido una primera encuesta que arrancó la segunda semana de agosto y que aún continúa abierta (http://bit.ly/SINTOMAS). Un total de 1.400 personas ya han contestado a las preguntas sobre su estado de salud, qué síntomas les pesan más y cuáles son las principales dificultades a las que tienen que hacer frente en su día a día. La doctora Pilar Rodríguez Ledo, vicepresidenta primera de la SEMG y responsable de formación e investigación, adelanta a LA RAZÓN algunas conclusiones preliminares sobre la primera tanda de 892 respuestas recogidas. El 80,5 por ciento de los que aún arrastran síntomas son mujeres y la media de edad es de 44 años. Llevan sintiéndose mal una media de 127 días, alrededor de cuatro meses, y algunos confiesan hasta 300 días de pesadilla. Esto significa que la mayoría contrajo el virus al principio de la pandemia, cuando aún no se realizaban pruebas masivas como luego sí ha sucedido. A un 17% no se les hizo test alguno y a otros les dio un resultado negativo. Según evolucionaba la enfermedad, un 23% siguió sin ser testado en ningún momento.

La principal dificultad de este colectivo es, precisamente, que la sintomatología es heterogénea. Aunque no parece haber una clínica calcada a otra, los resultados provisionales de la encuesta apuntan a la febrícula, el malestar general, el cansancio, la falta de aire, la presión en el pecho y el dolor torácico como las sensaciones que más se repiten. También persisten la pérdida o disminución del olfato, los dolores musculares y las cefaleas. Con este cuadro intermitente resulta fácil imaginar la enorme repercusión en la calidad de vida. El estado general de salud que reportan estos pacientes es 4,94 en una escala del cero al diez. Es decir, un aprobado raspado. Y lo que es aún más importante, el 50% de la muestra afirma que afronta un grado de incapacidad de siete sobre diez. Acciones que forman parte de la vida cotidiana de cualquiera de nosotros, como trabajar fuera de casa y disfrutar de actividades de ocio con amigos, parecen estar fuera de su alcance.

Tal y como explica la doctora Rodríguez Ledo, después de haber hecho frente a lo peor de la pandemia, cuando lo más importante era salvar vidas, “ha llegado el momento de que nos ocupemos de este colectivo que empezó teniendo síntomas hace meses y a día de hoy siguen con ellos”. Para ellos está dirigido el “Proyecto Marco 19”, que cuenta con cuatro líneas de trabajo. La primera, de investigación, está basada en las encuestas y ya cuenta con un proyecto enviado al Comité de Ética para su aprobación. El objetivo es obtener evidencia científica clara sobre este Covid que persiste. La segunda aspira a establecer unos protocolos de atención específicos para estos enfermos que podrían ser crónicos “porque no tiene sentido que a algunos pacientes se les realicen todo tipo de pruebas y a otros, ninguna”. En tercer lugar, se trata de ofrecer escalas de medida unificadas para cuantificar los síntomas y poder dilucidar cómo es la evolución de la enfermedad en una persona y a nivel poblacional. Llegar a conclusiones sobre la prevalencia del mal. La última línea de trabajo pretende acometer el tema de las bajas y la incapacidad temporal, para que a cada paciente se le aplique un criterio claro y adaptado a su capacidad real para desarrollar la actividad laboral.

Anna Kemp, de 50 años, es una de las afectadas por este mal que parece durar cien años. También es una de las coordinadoras del proyecto que pretende arrojar algo de luz a una experiencia muy difícil en la que el ninguneo médico -a causa de la falta de información- ha sido una constante. A la dureza de los síntomas se une en ocasiones la dificultad para explicar lo que les ocurre. Esta directora del festival de artes escénicas “Me vuelves Lorca” asegura que “me tengo que inventar 50 maneras distintas de decir que sigo igual”. Existe mucha presión para que estos enfermos que llevan tanto tiempo sintiéndose mal recuperen la salud. Ellos son los primeros interesados.