Sociedad

Las cumbres del Clima aumentan el calentamiento

Veinticinco conferencias tras la COP25 que han supuesto unas emisiones de gases de efecto invernadero de cerca de 65.000 toneladas

Solo hay un dato indiscutible en las postrimerías de la última Cumbre del Clima, la madrileñochilena COP25: las cumbres del clima aumentan el calentamiento de la Tierra. Cuanto mayor es el número ordinal que acompaña a las siglas COP, mayor es número de toneladas de CO2 emitidas a la atmósfera, mayor el riesgo de calentamiento y mayor el peligro de acercarnos a un punto de no retorno en la llamada crisis climática. Menor, por cierto, el número de países comprometidos y la esperanza de científicos, activistas y organizaciones no gubernamentales.

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Podría decirse, a la luz de los datos, que las cumbres del clima son perjudiciales para el clima. Hemos tenido 25 oportunidades para darnos cuenta de ello, 25 conferencias para empezar a pensar que quizás, este rosario de reuniones planetarias, con sus fastos, sus gastos y sus emisiones (COP25 ha supuesto unas emisiones de gases de efecto invernadero de cerca de 65.000 toneladas) no sirven para nada.

Mientras terminamos de creérnoslo, ya estamos poniendo nuestras esperanzas en la COP26, quizá en noviembre de 2020, quizás en Glasgow, quizás…

La sucesión de borradores que a cierre de esta edición llegaban sobre las conclusiones confirmaba el desaliento. Nada de nada. La nada en la cumbre.

A partir de esta realidad más o menos reiterada solo cabe el control de los daños, el aspaviento de última hora, la declaración desesperada de que el empeño no ha sido vano, un último intento de salvar la cara. Y si no, siempre nos quedará París, tan lejano como 2015.

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Hay tres escollos que antes del cierre final parecían infranqueables. El calendario real que ponga fecha de caducidad a la ambición de reducción de emisiones; la financiación de los países del Sur y las reglas del mercado de carbono.

Es cierto que COP25 nació débil. La presidencia chilena y el mundo entero reconocían que se trataba de una cumbre de transición. Pero no de transición en el sentido del Cholo Simeone, de transición de verdad, de puro trámite a la espera de COP26. Pero de ahí a presentar un borrador previo que pasaba por ser el de más bajo calado de los últimos años hay mucho trecho. Así que la indignación ha sido generalizada.

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Acuerdos entre países

Tras el jarro de agua fría del bloqueo polaco al proyecto verde europeo, llegó la hora del baile de máscaras. Brasil se negaba a firmar un acuerdo que prioriza la acción en los océanos sobre la acción en el uso de la tierra. Arabia Saudí se negaba a firmar todo lo contrario: «un acuerdo sin suficiente calado en el problema de los océanos». Todos se agarran al primer clavo ardiendo que pasa por su lado para no dar su brazo a torcer.

La mayoría de los expertos se temían lo peor: una declaración que no aumentara significativamente las ambiciones climáticas. En este caso, como cuando se navega en un río bravo contra la corriente, no remar cada vez más fuerte significa ser devorado por las aguas, no sirve con mantener el ritmo. Para proteger París, no basta con quedarse en París. Hay que ir más allá.

Casi ningún punto parecía susceptible de acordarse por unanimidad. La regulación del mercado de carbono, más laxa o más estricta: bronca. La intervención de las comunidades indígenas: bronca. La ayuda a los países en vías de desarrollo: bronca. La apelación a los científicos y los jóvenes: bronca.

Mientras tanto los datos siguen siendo igual de demoledores que antes de celebrarse la cumbre. Las emisione de C02 han alcanzado este año récords históricos. Europa, la única región que parece tomarse en serio el asunto, solo supone el 9 por 100 de las emisiones de todo el planeta. Estados Unidos no va cambiar su decisión de bajarse del tren climático. China sigue abriendo centrales carbonizadas a mansalva y el artículo 6 sigue siendo un grano en salva sea la parte. Esa parte del texto es la que se encarga de regular el mercado de derechos de emisiones, básicamente la puerta trasera para contaminar más si se paga por ello. El problema está en que es prácticamente imposible verificar quién cumple las reglas y quién hace trampas.

Algunos delegados quisieron quitarse el problema de encima: ¿y si dejamos el asunto de los mercados para más adelante? ¿Pasamos la patata caliente a Glasgow?

En definitiva, ni el aumento de la presión ciudadana, ni los gritos de los viernes juveniles ni los enternecedores intentos de la comitiva española por hacerse oír parecían servir para cambiar el rumbo de las cosas.

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Quizás porque el único cambio real de paradigma tenga que ser radical, definitivo, brutal: acabar con esta sucesión de cumbres contra el clima.