El enigma de los contagiados fantasma

Un 40% de los casos invisibles al radar del sistema sanitario carecen de vínculos con otros casos

Protective masks are displayed in a store, amid the coronavirus disease (COVID-19) outbreak, in Madrid, Spain, June 30, 2020. REUTERS/Susana Vera
Protective masks are displayed in a store, amid the coronavirus disease (COVID-19) outbreak, in Madrid, Spain, June 30, 2020. REUTERS/Susana VeraSUSANA VERAREUTERS/

Los amantes de la cosmología conocen bien el concepto de materia oscura. Una compleja realidad astronómica que no es fácil de asumir. En el universo, una parte muy grande de la materia es invisible, indetectable, inmedible. Sabemos que está ahí, pero no lo vemos: como si nuestro cuerpo pesara diez kilos más por el peso de millones de mosquitos tan pequeños que no sentimos, el cosmos pesa más de lo que debería por culpa de la materia oscura.En esta crisis, los epidemiólogos se enfrentan a una paradoja similar. Según datos ofrecidos por Fernando Simón, en el mejor de los casos los sistemas de rastreo serán capaces de detectar una tercera parte de los afectados reales por el coronavirus. Eso quiere decir que hay cerca del 66 por 100 de infectados que no son registrables, existen pero no los vemos. Son contagiados fantasma, la materia oscura de la pandemia. Un alto porcentaje de ellos, que todavía está por definir aunque podría llegar al 60 por 100, son asintomáticos. El control de estos casos es menos problemático hoy que hace cuatro meses. En la actualidad, el tiempo medio entre que una persona se siente mal y acude al médico se ha reducido considerablemente. Tenemos más conciencia de la crisis y acudimos antes a notificar lo que nos pasa. De ese modo, se ponen antes en marcha los mecanismos de rastreo de contactos y es más fácil detectar posibles asintomáticos.

El problema más grave reside en otra familia de «contagiados fantasma»: un 40 por 100 de los casos invisibles al radar del sistema sanitario carecen de vínculos con otros casos: no podemos definir dónde se han contagiado. Pasadas las primeras fases de la pandemia, la ciencia ahora se centra en tratar de controlar los flecos más grandes que aún quedan para la compresión de este SARS-CoV-2 que ha cambiado la historia de la epidemiología. Y entre las incógnitas sin resolver está el extraño modo en el que el virus da la cara (de múltiples maneras diferentes) y la forma en la que nuestro cuerpo reacciona al contacto directo o indirecto con él. Conocer bien ambas respuestas es la clave para la detección de los casos reales que se han producido y se producirán.

En los asépticos laboratorios del Instituto Karolionska de Suecia, unos científicos anuncian un asombroso descubrimiento tras realizar análisis de respuesta inmunológica a 200 personas. Entre ellos había pacientes que han pasado la Covid-19, familiares o contactos directos de esos pacientes pero también un grupo de voluntarios que aparentemente no ha sido expuesto al virus. Entre los datos que se rastrearon en su sangre, uno destaca por encima de todos: la respuesta de las células T (especializadas del sistema inmunitario humano).

Cuando un virus entra en nuestro organismo, el sistema de defensa puede atacar de dos maneras: o bien genera anticuerpos que combaten al agresor que acaba de entrar o pone en marcha una estrategia para detectar células infectadas y destruirlas. En esta segunda, las células citotóxicas T. son capaces de reconocer una célula ya invadida por el virus, diferenciarla de las sanas y eliminarla. Además, lo hacen con una gran capacidad de memoria, de manera que su labor queda aprendida durante muchos años, generan inmunidad a largo plazo.

Es esperable que una persona que ha sido infectada desarrolle los dos tipos de inmunidad (la que ataca al virus y la que elimina a las células aliadas de ese virus). Pero el estudio ha descubierto algo sorprendente, un porcentaje grande de personas que no han desarrollado inmunidad humoral (la que se detecta en los tests serológicos y que responde directamente a la presencia del virus), sí presentan niveles elevados de células T parecida a la respuesta que se genera cuando alguien está vacunado para otras enfermedades infecciosas. El número de personas que generan esta inmunidad celular de largo plazo puede ser el doble de las que generan inmunidad humoral. Pero este dato no sería tan sorprendente si no fuera por la aportación que ha realizado el equipo formado en España por IrsiCaixa, el CReSA (Centro de Investigación en Sanidad Animal), la compañía Grifols y el consorcio del supercompotador MareNostrum. En palabras del director de IrsiCaixa, el doctor Buenaventura Clotet, «cuando miramos qué pacientes hospitalizados por Covid-19 han desarrollado anticuerpos eficaces, el 20% no tiene, y el 40% tiene muy pocos». Pero eso no quiere decir que no haya respuesta inmune. De hecho, lo que se ha apreciado es que un porcentaje elevado de ciudadanos podría haber generado esa inmunidad de células T sin haber tenido contacto jamás con el virus. Puede que su cuerpo haya aprendido a defenderse de otros patógenos y de ese modo estén protegidos sin saberlo. ¿Es ese el motivo por el que a los niños les afecta menos la pandemia? Están expuestos los primeros años de su vida a una batería recurrente de virus comunes que activa su sistema inmunitario.

Sofisticada estrategia

Esta inmunización pasa inadvertida al hacerse un test serológico. Es decir, los datos que arrojan que un 5 por 100 de la población podría estar inmunizada podrían quedarse cortos. ¿Y si en realidad la parte inmune fuese superior? Los «enfermos fantasma» y los «inmunes fantasma» son claves para afrontar las próximas etapas de la pandemia. Las estrategias de vacunación y las de contención de posibles nuevas olas dependen del conocimiento adecuado de la cantidad de gente que puede pasar la enfermedad porque no está inmunizada. Si no se resuelve su comportamiento estaremos condenados a combatir a ciegas, como el astrónomo que solo puede ver con su telescopio una pequeña parte del cosmos que quiere interpretar.