“Machoexplicación”: ¿Por qué se empeñan los hombres en explicar todo a las mujeres?

No es un fenómeno nuevo, pero autoras como Rebecca Solnit o Kate Manne dan una vuelta de tuerca a la desigualdad de género

La escritora estadounidense Rebecca Solnit (San Francisco, 1961) acudió a regañadientes a una fiesta en el verano de 2003 junto a una amiga. Fue una velada en un chalet imponente en la cima de Aspen, con bebida abundante y conversación intrascendente hasta que, a punto de marcharse, el anfitrión les pidió que se quedaran un rato más. Era un hombre «físicamente imponente», dueño de una casa espectacular «estilo Ralph Lauren» y que, por un momento, pareció interesarse por el trabajo de Solnit. Fue solo una ilusión. Cuando el tipo le escuchó decir que su última obra versaba sobre Eadweard Muybridge, la interrumpió bruscamente y se lanzó a una perorata condescendiente para recomendarle el libro que «realmente era el importante», el que ella tenía que leer sí o sí. Su amiga trató de advertirle varias veces para que dejara de hacer el ridículo porque ese título tan maravilloso era, precisamente, el de Solnit. Hasta la cuarta intentona no tuvo suerte. Después, el anfitrión se puso lívido; solo por un segundo antes de lanzarse a pontificar de nuevo. Y lo peor es que ni él mismo lo había leído, solo hablaba de la crítica de «The New York Times».

Esta anécdota, recogida por Solnit en su libro de 2008 «Los hombres me explican cosas» (Capitán Swing), puso en el mapa un fenómeno, la «machoexplicación», que se podría definir como el empeño de muchos hombres (que no todos) por aleccionar a las mujeres en tono paternalista sobre temas que ellas dominan más. Huelga decir que esas argumentaciones no han sido solicitadas y que los varones que las lanzan no tienen en ningún momento en cuenta el desinterés de la sufrida oyente. Como contaba la autora en el citado libro, la mirada «petulante» de esos hombres que pontifican «tiene los ojos fijos en el lejano y desvaído horizonte de su propia autoridad».

La filósofa australiana Kate Manne le ha dado otra vuelta de tuerca al concepto «mansplaining» en un capítulo de su último libro, «Entitled: How Male Privilege Hurts Women» («Con derecho: cómo dañan a las mujeres los privilegios del hombre»). A ella, igual que a Solnit y a la enorme mayoría del género femenino, también le han sucedido episodios en los que se ha convertido en rehén involuntaria de una explicación no solicitada. Desde su casa en Nueva York, recuerda en conversación por Skype con LA RAZÓN alguna de esas situaciones: «He perdido la cuenta de la cantidad de veces que me ha ocurrido en un avión, un espacio en el que te conviertes en una audiencia cautiva. En ese contexto, muchos hombres sentados a mi lado han aprovechado para explicarme su propia filosofía, o su visión de la ética, o del feminismo o de cualquiera de mis especialidades. Cuando les digo a lo que me dedico, a investigar la “machoexplicación”, suelen cortar de raíz el monólogo. Porque ahí ya no se quieren meter, claro. Es lo único que funciona".

El trasfondo de este fenómeno tan antiguo como el mundo hunde sus raíces en el universo subterráneo de la desigualdad de género. Según esta profesora adjunta de Filosofía en la Universidad de Cornell, lo que subyace es “el sentido masculino de tener derecho a todo. Se apropian del conocimiento y por eso creen que deben ser ellos quienes expliquen sus puntos de vista. Sienten que se merecen estar en esa posición y que son la voz autorizada”. Al margen de la argumentación teórica, llama la atención que los ejecutores del “mecspliquer” (en francés) o el “maschiegazione” (en italiano) no se den cuenta de la expresión de aburrimiento o resignación, según el caso, de la interlocutora. Manne considera que quizá sí lo noten, que sepan incluso que la mujer sabe mucho más que ellos, “pero que directamente les importe un bledo porque lo que quieren es el placer que les otorga sentirse la figura poderosa en ese supuesto diálogo, demostrar que son ellos los que saben”.

Pero, ¿qué hace que las mujeres tengamos esa sensibilidad para “leer” lo que está ocurriendo en la habitación? ¿Que sepamos anticipar quién está a punto de estallar en medio de una conversación, o quién se aburre o está bebiendo de más y la va a liar en breve? Kate Manne lo achaca a una diferencia cultural, que no biológica, “porque a los hombres se les socializa, al menos a los privilegiados, para sentir que tienen derecho a muchas cosas. Desde sexo a atención, cuidado, amor, afecto y todos esos bienes humanos que tienen valor. Incluida la reclamación del saber y el poder”.

No cabe duda de que la soberbia no entiende de sexos y que mujeres rollistas, haberlas, haylas. Esta docente de Cornell asegura que “nosotras podemos ser arrogantes y explicar cosas que damos por hecho que los demás no saben, pero es un fenómeno menos sistémico, más raro y una anomalía de una persona concreta”. Una vez que nos encontramos inmersas en la tela de araña del locuaz interlocutor, ¿hay algún secreto para escapar con dignidad? Manne cree que hay un amplio abanico de posibilidades, “pero depende mucho de si estás atrapada, como me ocurre a mí en los aviones, de los que sé que no voy a poder escapar en siete u ocho horas. La cosa también varía si es tu jefe o si tiene algún tipo de poder sobre ti. Puedes tratar de cortar ese incesante chorro de pontificación diciendo ‘eso es incorrecto’ o ‘yo he descubierto que’...”. En definitiva, echar mano de grandes dosis de asertividad, aunque reconoce que no siempre funciona. De hecho, la dificultad de interrumpirlo es inherente al fenómeno mismo: “Es implacable, se trata más de un monólogo que de una conversación genuina”.

Rebecca Solnit cree que el verdadero daño de la “machoexplicación” consiste en que somete a las mujeres, las hace creer que su papel es secundario o que no pertenecen al mundo académico, por ejemplo. Ella misma llegó a dudar en aquella cabaña de Aspen en la que empezaba este reportaje si habría otro libro mejor que el suyo, con un título similar y que sería al que se refería el elegante anfitrión. Esto recuerda al “síndrome del impostor” que aqueja a muchas mujeres con poder (también hombres), que no acaban de creerse dónde han llegado y temen ser descubiertas en cualquier momento como un fraude, Sin embargo, Manne no cree en un trastorno de este tipo: “Tiendo a creer que lo sufren porque se las ha tratado como tal, como impostoras, no porque tengan algún tipo de patología. Reaccionan a cómo se las trata, como si no tuvieran el derecho a estar ahí”.

En su último libro, la filósofa australiana se refiere a los hombres privilegiados como aquellos que “además de por el género, disfrutan de diversas prerrogativas por ser blancos, heterosexuales, viven en países como EE UU, tienen dinero y ninguna discapacidad. Disfrutan de algún tipo de poder social en la política o el mundo académico o las finanzas”. Para ella el paradigma por antonomasia de esta figura masculina es el presidente de EE UU, Donald Trump, “el ejemplo perfecto”. También introduce Manne un término novedoso referido al sexo masculino, “himpathy”, que aún no tiene traducción pero que sería algo así como la empatía reservada a los hombres: “Así llamo a la consideración desproporcionada que se da con hombres privilegiados y poderosos frente a sus víctimas mujeres. Cuando ellos se comportan de manera misógina a través del acoso sexual, por ejemplo, o de la violencia doméstica, hay una tendencia a empatizar con su pérdida de reputación o de su futuro laboral, despreciando el daño causado a la víctima”.

¿Está nuestro cerebro cableado de manera diferente o solo la educación lo explica todo? Kate Manne no compra la teoría biologicista de la escritora Camille Paglia, según la cual no ha existido una mujer Jack el Destripador igual que no hubo una Miguel Ángel porque nosotras somos menos psicópatas de nacimiento. Una “bendición” que nos hace estar llamadas a menos grandiosidades pero también a menos atrocidades. “No compro esa teoría de Paglia ni, en realidad, ninguna de sus posturas antifeministas. Hay otras muchas explicaciones satisfactorias para esas diferencias. Enseñamos cosas diferentes a los niños y a las niñas sobre lo que se les va a permitir hacer en el mundo y eso tiene un gran impacto”, defiende Manne con vehemencia. Asimismo, considera un acto de misoginia acusar a las mujeres de hacerse las víctimas “cuando realmente lo son” o responsabilizar en exclusiva a las madres de la perpetuación del machismo.