Ruben MóndeloLa Razón

La odisea de Elsa: 310 días ingresada por covid

A punto de recibir el alta, pasamos unas horas con la paciente que más tiempo ha estado hospitalizada por coronavirus: “He perdido casi un año de mi vida, pero me siento la misma”

Elsa hoy se ha puesto pendientes. Tienen la forma de unas flores pequeñitas y son burdeos, su color de la suerte. También eran granates los zapatos de su boda y el fajín que llevaba en la cintura del vestido, el mismo que lució su madre. A su lado en una cama del Hospital Gregorio Marañón, en Madrid, su marido le coge de la mano. Fran la mira con ternura, escucha paciente mientras ella habla. Lo hace despacio, aún le cuesta un poco modular las palabras porque solo hace un mes que (re)aprendió a hacerlo, aunque sabe perfectamente lo que quiere decir, lo que quiere contar de su odisea personal. Han hecho falta más de 300 días, una infinidad de sanitarios hípermotivados y unos cuantos milagros para que esta mujer de 52 años pueda decir que la semana que viene, por fin, vuelve a casa.

El once de abril de 2020, Elsa Lomas llegó a la Urgencia de este hospital. Llevaba ya una semana con una fiebre alta que no se le quitaba y los síntomas empeoraban por momentos. Apenas comía o bebía, no tenía fuerzas y pasaba el día tumbada. Rápidamente le hicieron una PCR que confirmó el diagnóstico de la Covid-19 que, en su caso, podía ser una sentencia de muerte. Su sistema inmunitario estaba muy debilitado por el linfoma no Hodgkin que combatía desde finales de 2012 y que había requerido un trasplante de médula en diciembre de 2017.

De sus cinco hermanos solo Ángel, de nombre premonitorio, resultó compatible y todo parecía funcionar hasta que, al año siguiente, volvió a recaer. Fue entonces cuando se vio obligada a dejar su trabajo de informática en una entidad bancaria y le fue concedida la incapacidad absoluta. No se lo tomó mal, aunque al principio le resultó «raro»; cuando se encontró mejor se apuntó a un gimnasio, se dedicó a cuidarse y a cuidar de su niña, Eva, que ahora tiene once años.

Su última cena

Elsa va desgranando sus recuerdos previos a la covid con detalle y lucidez hasta que llega al día número diez de su ingreso en planta. El notable empeoramiento que sufría obligó a su traslado a la Unidad de Cuidados Intensivos (UCI), donde aguantó 48 horas sin ser intubada. Recuerda haber tomado pollo en su última cena y, a partir de ahí, el apagón. El coma inducido hizo que viviera sus momentos más críticos, y hubo muchos, sumergida en una ensoñación. No tiene memorias de la UCI, solo tiene grabado lo que soñó y que ella pensó que era tan real durante semanas.

Tal y como explica Sofía Martínez, enfermera de Salud Mental y una de tantos ángeles de la guarda del Marañón, es muy común que se produzcan delirios en pacientes que han estado sedados tanto tiempo. Pero en el caso de esta superviviente eran «simpáticos, cuando lo más frecuente es que sean angustiosos, feos. Es como si el tiempo del coma hubiera estado viviendo una realidad paralela en su cabeza». Entre risas, Elsa cuenta que creyó haber dado a luz a mellizos en La Paz y que su máxima preocupación era saber dónde estaban.

Después de 25 días intubada por la boca, con cambios de posición constantes y altísimas dosis de corticoides, los médicos tuvieron que realizarle una traqueotomía. Llegó a estar un mes conectada a un sistema de oxigenación por membrana extracorpórea (ECMO), una máquina que hacía la función de sus maltrechos pulmones. No saldría de la UCI hasta el 15 de septiembre. Una estancia interminable en la que sufrió todas las complicaciones que la maldita covid puede desencadenar en los órganos.

FOTO: Ruben Móndelo La Razón

Tuvo múltiples afecciones vasculares, infarto cerebral, infección urinaria, neumonía... De todas ellas, una detrás de otra, «la fueron salvando los médicos de cuidados intensivos», recuerda María Eugenia García Leoni, que cogió el testigo de sus colegas cuando fue trasladada a planta. Nadie se quería rendir, mantenerla con vida era una prioridad absoluta: «Lo importante es que fue saliendo de todas, es una superviviente. Muchos se han quedado en el camino, pero ella lo ha superado». A las manos de esta médico internista llegó con una hemiplejia en el lado derecho de su cuerpo y con polineuropatía del enfermo clínico por los largos meses de inmovilidad.

En el Marañón todos conocen a Elsa. Ella misma dice que le saludan efusivamente personas de las que no se acuerda y que la miran como sorprendidas por «lo bien que me ven». Un trabajador del centro dice que es la «niña mimada» del hospital después de 310 días viviendo, más bien sobreviviendo, entre ellos. Y es que en su recuperación se ha implicado hasta el último sanitario. Ha tenido que aprender a caminar, a comer, a hablar, a escribir con la mano izquierda. Menos en la pediátrica, ha pasado por todas las plantas. García Leoni explica que han ideado un programa de recuperación especial y multidisciplinar tras comprobar las graves secuelas en los pacientes con ingresos prolongados. Lo integran fisioterapeutas, nutricionistas, logopedas, terapeutas ocupacionales, psiquiatras y todo profesional que contribuya a remontar la salud del enfermo.

Dura experiencia

Como explica Sofía, siempre pendiente del estado anímico de Elsa, «cuando salió de la UCI estaba muy afectada, confusa, aunque en seguida se fue recuperando. Imagínate, entró al hospital caminando y se despertó llena de agujeros por todos lados, sin poder comunicarse. Es una experiencia durísima porque para ella solo había pasado un día», no varios meses.

Esta enfermera de Salud Mental ha estado muy pegada a Elsa desde septiembre. Fue ella quien le tiñó y le cortó el pelo antes de que se realizaran las fotos de este reportaje y la que le ayuda a mentalizarse sobre su inminente vuelta a casa. Con los ojos muy abiertos y con una gestualidad que se atisba expresiva debajo de su mascarilla, Lomas reconoce que tiene miedo de dejar el Marañón.

Aquí ha estado cuidada, vigilada y estimulada al máximo por unos profesionales que echará de menos: «Los fisioterapeutas me alegran el día, cada uno con su personalidad. Me cuentan sus cosas, me hacen bromas... Saben mucho». El dolor más intenso de estos meses lo sintió cuando tuvo que volver a ponerse en pie, «solo pasar de la cama al sillón era como si me estuvieran clavando alfileres o clavos en las plantas. Me caían unos lagrimones... fue una pasada».

Sabes que no puedes fallar»

Sin dejar de mirarla un minuto, su marido le arregla el pelo, le estira la sábana. Le dice con cariño que «ahora voy a estar yo». En realidad, siempre estuvo. No se ha separado de ella más de lo estrictamente necesario para teletrabajar y cuidar de su hija Eva: «Sabes que no puedes fallar». Una vez pudo verla en la UCI cuando estaba despierta y recuerda con ojos llorosos lo único que acertó a comprender: «Apenas podía emitir sonidos, era muy frustrante. Solo le entendí que tenía miedo».

Durante el tiempo que ha estado alejada de casa, Elsa ha visto a su hija a través del teléfono. Es otra de las cosas que le ronda estos días por la cabeza, cómo va a ser el reencuentro con su niña. La dejó en quinto de primaria, ahora está en sexto y «lleva pantalones rotos y de color negro», dice riendo. También es «más independiente y responsable», como explica la propia Eva a este periódico en un descanso de sus deberes.

Su madre ha tenido mucho tiempo para imaginar la vuelta mientras hacía mandalas y veía programas de cocina por televisión, o escuchaba audiolibros gracias a Alexa, que ella llama «Pitita» para evitar que salte el artilugio. «Parece que soy masoca viendo a Arguiñano porque aún no puedo comer, tengo una gastrostomía», una sonda que le inyecta alimento directamente al estómago. Hoy Fran ha estado practicando con unas cucharadas de compota para ver si puede empezar a tragar por sí sola. Aún queda un largo trecho de cuidados y rehabilitación en casa. También de prudencia porque el sistema inmunitario de Elsa no ha logrado generar anticuerpos. La buena noticia es que su linfoma está en remisión.

Una de las cosas que más ha echado de menos en su confinamiento hospitalario ha sido la montaña. Tiene muchas ganas de caminar; «en nuestros tiempos lo hacíamos mucho», dice fijando la vista en su marido. Entre sollozos, admite que le pesa haber perdido un año de su vida. Ella se siente «la misma por dentro. Soy la misma Elsa». Le han quitado diez meses, pero esta aquí, viva, y el miércoles podrá celebrar su cumpleaños en casa.