Vacaciones en el epicentro de los brotes juveniles

Descubrimos cómo se viven los días de descanso estival en los “puntos calientes” de la incidencia en España

Vacaciones en el epicentro de los brotes juveniles
Vacaciones en el epicentro de los brotes juveniles

“Sé lo que hicisteis el último verano”. Parece que la covid nos recuerda el título de esta película cada vez que arranca la temporada estival. La movilidad geográfica, la relajación de las medidas, el merecido descanso que tanto ayuda a nuestra fatiga pandémica y las ganas de olvidar, al menos por unos días, la situación que arrastramos desde hace diecisiete meses parece que nos conduce, sin remedio, a repetir los mismos errores cada verano.

Este año contábamos con un as en la manga: la vacunación. Julio ha arrancado con un 40% de la población completamente inmunizada. Ya vamos por el 42%. Pero había algo con lo que no contábamos: una explosión de contagios en personas jóvenes que, aunque no nos lleva de vuelta a la «casilla» de salida, ha puesto sobre la mesa lo vulnerables que seguimos siendo frente al virus.

Los especialistas lo esperaban, para ellos no ha sido una sorpresa. “Vamos a tener puntos calientes y allí habrá que intervenir no solo con la vacunación sino también con medidas de identificación, testeo, rastreo, atención primaria y aislamiento”, señala Rafael Bengoa, exconsejero de Sanidad del Gobierno vasco y antiguo asesor de Sanidad de Obama.

Pero la ola a la que nos enfrentamos ahora tiene unas peculiaridades concretas: afecta de manera preocupante a los jóvenes, no provoca una saturación asistencial en hospitales pero sí en Atención Primaria y entran en juego nuevas variantes del virus más trasmisibles y con capacidad de infectar a los ya inmunizados. Una de las preguntas que surgen es si realmente sabemos ejecutar desescaladas graduales. A la luz de los hechos, parece que no.

A escasas dos semanas de la eliminación de la obligatoriedad de usar mascarillas en exteriores, varias Comunidades recomiendan llevarla en todo momento. Andalucía es una de ellas. “El 90% de la gente la lleva por la calle, solo se la quitan en la playa. Nosotras hacemos lo mismo, pero también lo hacíamos en Madrid. Tanto en tiendas como en bares y restaurantes son muy escrupulosos con el cumplimiento de las normas”, señala Vicky García, que está pasando unos días con tres amigas en Conil de la Frontera, el municipio costero de Cádiz que lleva una semana superando una incidencia acumulada de 1.000 casos por cada 100.000 habitantes en población joven. Aunque la situación es tan grave que hasta se ha llegado a barajar la opción de confinarlo, el consejero de Salud de la Junta de Andalucía, Jesús Aguirre, ha desaconsejado esa medida argumentando que en los meses de verano, Conil pasa de tener “una población de derecho de 20.000 habitantes a una de hecho de 50.000», por lo que «se diluye esa incidencia acumulada”.

“Aquí la gente veía con un miedo terrible la posibilidad del confinamiento. Sería la ruina para un municipio como este. Además de muy injusto, ya que por un grupo de irresponsables tendrían que pagar las consecuencias muchas personas que se están dejando la piel para la supervivencia de sus negocios”, señala Trinidad Velarde, amiga de Vicky, en referencia al supuesto brote que disparó la incidencia, relacionado con un viaje de fin de curso de jóvenes de otras provincias andaluza.

También Cantabria se encuentra en una situación de riesgo extremo, con una IA de cerca de 500 casos. Julia Ojalvo, su marido y sus dos hijos llegaron a Santander el pasado 1 de julio, después de recibir la primera dosis de la vacuna. “Esperamos a estar al menos medio inmunizados para venir de vacaciones. Tenemos una casa aquí que compramos antes de que empezara la pandemia y solo hemos venido el verano pasado y este. Realmente nosotros no nos relacionamos con casi nadie. Hacemos excursiones, vamos a la playa, pero, todo en nuestra burbuja”, explica.

Ocio nocturno descontrolado

“Una pareja de amigos que viven aquí nos han comentado que cuando se abrió el ocio nocturno se les fue mucho de las manos. Al parecer había sitios abiertos hasta las seis de la madrugada, y discotecas que ofrecían bebidas y un espacio para hacer botellones dentro del local”, añade. De hecho, desde el pasado viernes, el Ejecutivo que dirige Miguel Revilla decidió dar marcha atrás y cerrar el ocio nocturno en la región. Ahora solo están abiertos aquellos locales con espacios exteriores o carpas al aire libre.

La Comunidad Valenciana ha seguido el mismo camino, y ha adelantado media hora el cierre de la hostelería y reducido el aforo de los espectáculos masivos. Además, ha pedido al Tribunal Superior de Justicia de la comunidad un toque de queda selectivo por municipios con alta incidencia de –1 a 6 horas– y la limitación de las reuniones a diez personas en todos los espacios.

“Ayer salimos a cenar por Jávea, y había muchísima gente en las terrazas, pero se cumplían las normas de distancia y uso de mascarilla”, afirma Georgina, de vacaciones en Oliva con su familia y unos amigos. “A nosotros no nos afecta mucho este tema del ocio nocturno porque venimos con niños. Igualmente, es comprensible que se dé marcha atrás, Levante ha hecho muchos esfuerzos por tratar de mantenerse en unos niveles de contagio bajos, y ahora toca volver a controlar”, argumenta. Señala, además, que en Oliva, que es un pueblo pequeño, la gente de los establecimientos comenta lo desafortunado que ha sido dar un margen de permisividad a los jóvenes. “La dueña de una tienda me contaba que en Valencia, en la semana de San Juan, se han hecho botellones por todas partes, fiestas en la playa, etc. Vamos, como si no hubiera pandemia”, destaca.

Tampoco en Las Palmas da la impresión de que la situación sea tan alarmante como indican los números. La isla ha subido a nivel 2 a causa del elevado nivel de contagios, y la variante Lambda circula en el archipiélago.

“Aquí ya no se habla de la covid. Solo se habla de sí ya te han vacunado o no”, cuenta “Agus” Ratzlaff, una argentina de 32 años que está en la capital de Gran Canaria de vacaciones visitando a una amiga. En octubre, se muda a esta ciudad para “escapar de Madrid”. “No se ve a nadie con mascarilla, ni en los paseos por la playa ni en los accesos. Si ves a alguien con ella sabes que es peninsular, los extranjeros viven la pandemia de un modo mucho más relajado”.