«A su hijo le queda un aliento de vida: ¿Está dispuesto a donar sus órganos?»

Manuel estuvo seis meses en coma tras un accidente de moto. Cuando su final era irreversible, los médicos plantearon a sus padres la donación.

Dolores Colomo, junto a una foto de su hijo. Manuel falleció cuando tenía 22 años
Dolores Colomo, junto a una foto de su hijo. Manuel falleció cuando tenía 22 años

Manuel estuvo seis meses en coma tras un accidente de moto. Cuando su final era irreversible, los médicos plantearon a sus padres la donación.

Manuel acababa de vender su moto. Pero antes de entregarla a su nuevo dueño, no quería privarse de dar un último paseo. Salió de casa, arrancó y, al cabo de un rato, perdió el control. No llevaba casco, cayó y su cabeza fue a dar con el asfalto. Sufrió un trastorno craneoencefálico muy severo. Tenía 22 años y quedó en coma vigil: «Estaba despierto, se movía, hacía cosas... Le dabas un cigarrillo o un bolígrafo y podía manipularlos. Pero no tenía consciencia, era ajeno a todo tipo de estímulos externos», relata su madre Dolores Colomo. Fueron seis meses en ese estado. Primero fue ingresado en el Hospital Puerta de Hierro y después en un centro de Adeslas en Brunete (Madrid). Pero surgieron complicaciones y Manuel sufrió una hidrocefalia. Le pusieron una válvula, le hicieron una craneoencefalia, sufrió un ictus... Una noche les llamaron desde Adeslas. «Ya no había ninguna solución. Podía sometérsele a nuevas intervenciones, pero el cerebro había sufrido mucho y podía quedarse en estado vegetativo». Cuando todo parecía perdido, los médicos les hicieron a Dolores y a su marido, Javier González, una pregunta a la que nunca se habían enfrentado: «¿Están dispuestos a donar los órganos de su hijo?».

De la respuesta de estos padres depende el éxito del sistema de trasplantes en España. Una vez más, la Organización Nacional de Trasplantes (ONT) ha superado sus propias cifras en 2015: 39,7 donantes por millón de habitantes. En total, 1.851 personas, un 10% más que el año pasado –lo que supone un nuevo récord nacional, así como el liderazgo mundial–, han permitido salvar la vida de otras 4.769 personas. En este contexto, la solidaridad de las familias es clave: la negativa de los allegados a donar los órganos se ha reducido y ha alcanzado su mínimo, apenas un 15,3%. «En los años noventa, estas negativas llegaban al 30%», explica Rafael Matesanz, director de la ONT, que señala el hecho de que, según a algunos estudios, el 100% de las familias que donan afirma al cabo del tiempo que lo volvería a hacer. «Y de los que no donaron, un 30% dijo que se había arrepentido», añade.

Dolores, de 56 años, profesora y madre de otros dos hijos mellizos, sabía que el final de Manuel era inminente. La decisión se tenía que tomar en muy poco tiempo. Una vez que el corazón se para, los órganos se deterioran en pocas horas. «El corazón y los pulmones aguantan un máximo de 4 horas desde que se corta la circulación del donante hasta que se realiza el trasplante. El hígado admite entre 8 y 10 horas», recuerda el director de la ONT. Cada hospital comunica a la organización que hay un órgano disponible para un donante, momento en el que la celeridad es clave para que se movilice –en bastantes ocasiones por vía aérea– el equipo de extracción del hospital que va a hacer el trasplante. La mayoría de donantes lo son porque han sufrido un episodio cerebrovascular o por traumatismos craneoencefálicos graves. Debido al descenso de la siniestralidad, casos como el de Manuel, los de aquellos fallecidos tras un accidente de tráfico, son cada vez más excepcionales. Muertes como la suya no son en vano: Manuel era una persona joven y sana, por lo que «pueden ser válidos todos los órganos». Hay que tener en cuenta que más del 50% de los donantes son mayores de 60 años.

Cuando una familia dice sí a la donación se realiza la extracción del riñón, el pulmón, el corazón, el hígado, el páncreas y los intestinos. Siempre, por supuesto, que ninguno de estos órganos esté dañado. También se le extraen tejidos como los tendones, las córneas, los huesos y partes de las venas. Desde la ONT señalan que se acaba «utilizando como mínimo uno o dos de los órganos» del donante. Es decir, una o dos vidas que pueden prolongarse tras la desaparición de otra.

Miedo a las agujas

La familia de Manuel encontró apoyo constante. «Mi marido y yo lo hablamos. Dijimos que sí. Donamos todos los órganos, incluidos los huesos», relata Dolores. «Sólo hay una cosa por la que nos costó decidirnos. Manuel tenía un miedo atroz a las agujas, una auténtica fobia. Siempre había estado sano. Apenas se hizo dos análisis de sangre en su vida por alguna analítica», añade. Y es que, aunque su hijo ya no era capaz de sentir nada, «lo más difícil era pensar que él podría estar sufriendo en el proceso de la donación, pero nos aseguraron que no nos preocupáramos». La extracción tenía que empezar a prepararse con Manuel todavía con vida, justo antes de la muerte cerebral. «Es cuando todavía le queda un aliento», dice su madre. «Lo más tremendo es que tuvimos que volver a la misma UCI y a la misma habitación en la que fue ingresado por primera vez, en Puerta de Hierro, pues era donde se encontraba el equipo de extracción. Nos ofrecieron desentubarlo, pero si lo hacían, la probabilidad de que los órganos sirvieran era mucho menor. Salió de la habitación aparentemente con vida. Es muy angustioso estar esperando a que tu hijo muera. El traslado fue muy crítico. No pensaban que resistiría: tenían que mantenerle con vida hasta que se produjera la muerte cerebral». Finalmente, todos los equipos médicos «se portaron maravillosamente y actuaron con mucho cuidado».

Debido a que el anonimato se impone en las donaciones, es imposible, pero si tuviera la oportunidad de conocer a la persona que se ha beneficiado de los órganos de su hijo, Dolores declinaría la propuesta. «¿Si lo comentamos? Es algo que, sobre todo, nos lo dicen los amigos. “Oye, ¿no querríais...?” Pero pienso que puede ser un arma de doble filo. El sentimiento que te puede generar... No, no querría. El vínculo con esa persona podría ser extraño. Y lo hemos hecho para ayudar. Tengo una teoría en la vida: obtiene más el que da que el que recibe. Y en una situación tan trágica, sacas algo positivo». No en vano, pasado un tiempo, ésa es la conclusión. Porque toda la familia sabe «que hemos hecho lo correcto». «El poco consuelo que tenemos es que su muerte ha servido para algo», añade. Y que ninguna familia en su misma situación lo dude a la hora de decir «sí». «Es algo que te puede ayudar posteriormente, una vez que ese ser querido ya no está. Aprendes que la muerte puede tener un sentido».