Scott Kelly: El hombre del año

Regresa el astronauta que ha pasado 340 días en el espacio. El objetivo de la misión era estudiar su cuerpo mientras su hermano gemelo se sometía a estudios paralelos en la Tierra

Scott Kelly siendo trasladado tras aterrizar cerca de la ciudad de Dzhezkazgan en Kazajistán

Regresa el astronauta que ha pasado 340 días en el espacio. El objetivo de la misión era estudiar su cuerpo mientras su hermano gemelo se sometía a estudios paralelos en la Tierra

Dijo que podría haberse quedado un año más en el espacio. Pero en realidad no le habrían dejado. Cuando el 27 de marzo de 2015 Scott Kelly partió a bordo de una nave Soyuz hacia la Estación Espacial Internacional (ISS) ya sabía que su misión duraría 340 días, el tiempo transcurrido desde el despegue hasta las 5:26 horas de ayer (hora peninsular española) cuando volvió a tocar Tierra al sureste de la ciudad kazaja de Zhezkazgan. Junto a él, el ruso Mikhail Kornienko, al que los focos apenas apuntan estos días. Porque Mihail no ha sido el estadounidense que más tiempo ha estado en el espacio ininterrumpidamente (como Scott), ni tiene un hermano gemelo que esperaba en la Tierra mientras él flotaba en la ISS (como Scott), ni es autor de nada menos que siete hitos históricos en la carrera espacial (como Scott).

La misión de Kelly ha sido una de las más esperadas y publicitadas de la reciente andadura de la Estación Espacial. Debía pasar 340 días en el espacio estudiando su cuerpo mientras su hermano gemelo y genéticamente idéntico, Mark, se sometía a estudios paralelos en la Tierra. El proyecto ha estudiado durante todo este tiempo cómo afecta la microgravedad al organismo de los astronautas.

Hasta ahora se conoce algo de la influencia del espacio abierto en nuestro cuerpo de humanos. Todos los seres vivos del planeta estamos preparados para sobrevivir bajo el influjo del tirón gravitatorio de la Tierra. Todo, desde la musculatura al esqueleto, pasando por el ritmo cardiaco, el crecimiento de los órganos, la comunicación celular... está adaptado para compensar el empuje de la gravedad hacia el interior del suelo que pisamos. Pero en el espacio ese empuje se desvanece. ¿Cambiará entonces nuestra fisionomía?

Muchos estudios demuestran que los astronautas pierden masa ósea a razón de un 1 por ciento por cada mes pasado en el espacio. También pierden movilidad en los músculos. Por ello están obligados a realizar diariamente ejercicios específicos que fortalecen estos sistemas.

Más de una veintena de astronautas que han viajado largas temporadas al espacio han vuelto sin uñas y con heridas en las manos. La culpa es de los guantes del traje espacial, que están diseñados para reproducir las condiciones de presión en la Tierra.

Los fluidos del cuerpo suelen distribuirse de manera diferente a como lo hacen en casa. Se agolpan en la cabeza, generando esa cara redondeada y rechoncha típica de los astronautas y que se conoce como «efecto Charlie Brown». El problema es que esa acumulación tiene efectos secundarios: dolores de cabeza, problemas de visión, falta de riego en manos y piernas.

A Scott Kelly le han extraído muestras de estos fluidos en cabeza y piernas para compararlas con las mismas extraídas de su hermano en tierra.

El estudio del cuerpo de Kelly y su cotejo con otro idéntico pero que no ha volado permitirá establecer cómo se comportaría un ser humano en una misión más larga: por ejemplo, los tres años más o menos que requeriría un viaje a Marte.

De manera que esta pareja de hermanos puede que esté ayudando a sentar las bases de la medicina necesaria para que el ser humano aborde su siguiente frontera, el suelo marciano.

Pero la misión ha sido mucho más que eso. Kelly es responsable de otros muchos hitos hasta ahora no realizados en el espacio. En agosto de 2015 él y sus compañeros de nave, el japonés Kimiya Yui y el taiwanés Kjell Lindgren, se convirtieron en los primeros seres humanos que se alimentan de vegetales cultivados en el espacio. Como parte del proyecto Veggie de la NASA, habían pasado meses cultivando varios tipos de lechuga y, por fin, pudieron degustarla para demostrar que una misión espacial podría proveerse de ciertos alimentos autónomamente.

Scott ha propiciado algunos momentos únicos en su viaje: las fotos de las primeras flores que nacieron de su plantación vegetal, las canciones enviadas desde el espacio, las bromas a sus compañeros, disfraz incluido, o el primer cumpleaños con gemelos celebrado a la vez a 480 kilómetros de distancia... hacia el cielo.

Pero su contribución más esperada es saber cómo le ha afectado la microgravedad a su cuerpo y a su mente. Del cuerpo darán debidamente los análisis que se le practiquen a partir de ahora. De la mente ya tenemos algunas pistas. Por ejemplo, la prodigiosa manera en la que se preparó anímicamente para la larguísima estancia. «Si vas a vivir en un sitio lejano seis meses, cada día piensas que te falta uno menos para volver... tienes la expectativa del regreso. Y eso puede generarte mucha ansiedad. Yo preferí pensar, cuando partí, que no iba a volver nunca. Que me iba para siempre. Así viví día a día, sin miedos y sin nostalgia».