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Diana París: «En todas las familias hay un secreto»

Diana París / Psicóloga

Ha escrito recientemente el libro «Secretos familiares» de Nuevo Extremo, donde afirma que nuestro árbol genealógico tiene que ver con nuestro problemas

  • Diana París
    Diana París

Tiempo de lectura 5 min.

24 de abril de 2016. 22:04h

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Marta Robles 24/4/2016

Que todo está en nuestra infancia y más allá de ella es algo que parece innegable. Y más aún en la conversación con los argentinos, todos psicólogos vocacionales y algunos, como Diana París, psicoanalistas profesionales. El psicoanálisis, que a tantos colegas escritores ha salvado de la quema, requiere bucear hasta los confines de uno mismo y es probablemente en ese lugar donde se encuentra la psicogenealogía transgeneracional, de la que habla Diana París en su último libro «Secretos familiares» (Nuevo Extremo). Claro que convendría precisar qué es eso de «psicologenealogía transgeneracional», porque las cosas que cuesta pronunciar se suelen entender poco: «Se trata – cuenta Diana – de una modalidad de la psicología que intenta encontrar las raíces de los obstáculos, traumas, conflictos o dolencias que atraviesa un sujeto. Y esto es a partir del estudio del árbol genealógico».

- Lo físico y lo químico

Bien. Queda claro. Sólo que yo pensaba, como supongo que muchos de ustedes, que ésa era la pretensión de cualquier tipo de psicología. En todo caso, lo que me interesa saber es cuántas sesiones se requieren para descubrir todo eso. «Muchos pacientes lo hacen en la primera. Tengo ejemplos muy variados de tantos años de clínica; pero a algunos pacientes les lleva mucho tiempo entender por qué, pongamos por caso, una mujer joven muy enamorada, queriendo tener hijos no puede quedarse embarazada aunque ella y su pareja lo deseen. Y tal vez en la primera entrevista, en el árbol está muy reflejado que las mujeres de su clan, cuando han parido el primer hijo, han tenido algún otro accidente de volumen importante, una muerte cercana, la pérdida de una casa, la urgencia de tener que emigrar... y en el inconsciente de esa familia se graba que un hijo tiene que ver con una situación desafortunada y le dicta a esta mujer, muy deseosa de tener un hijo, la imposibilidad de embarazarse, como un modo de protegerla de repetir la historia familiar».

Sorprendente que se mezcle lo físico, digamos, con lo químico. Pero así es exactamente la vida y por eso cuesta más entenderla. Y muchas veces resulta difícil, por no decir imposible, hacerlo solo, por lo que es necesario encontrar a alguien en el camino que nos ayude. «Cierto. Es como tener un ovillo de hilo con muchas puntas, para saber por dónde tirar para empezar a desenrollarlo. Y es complicado. A lo mejor hay que hablar con esa tía que está en el asilo y a quien el alzhéimer todavía le permite algún recuerdo del pasado. Quizá hay que revisar un cajón de fotos donde siempre aparece una persona que nunca me dijeron quién es, pero que está en todos los cumpleaños y las Navidades; o que ir al registro de inmigración en el puerto o revisar los libros que hay en las entradas de las iglesias donde se asientan bautismos o defunciones. Ahí hay datos que las familias a veces no nos cuentan».

Está claro, porque todas las familias tienen secretos que suelen tardar mucho tiempo en descubrirse, si llegan a descubrirse, y que a veces permanecen ocultos durante generaciones. Me pregunto si en las familias que adoptan hijos habrá más o menos secretos: «Suele haber más. Todavía hoy las abuelas de la Plaza de Mayo siguen encontrando nietos que son producto de los niños que fueron secuestrados cuando sus padres cayeron en los campos de concentración de la dictadura militar del 76 en la Argentina. Todavía hoy aparecen muchachos o chicas de cuarenta o de treinta largos que habían sido criados por los propios secuestradores, o entregados a otras familias. Esas familias tienen normalmente más, sobre todo el gran secreto de la identidad y el origen. Pero en todas las familias hay un secreto».

Más allá de los secretos familiares en los que hay que buscar para encontrarse, lo que vincula a los miembros de las propias familias es la presencia o ausencia de amor. Cuando a un niño se le trata con amor o con falta de amor, se le acaba notando de adulto. «Desde luego. Y hay una carga en la expresividad que puede ser amorosa o desalentadora. También esas expresiones tan comunes en todas las casas como ‘‘no se puede confiar en vos, sos igual que tu padre’’ llevan a recibir una falta de expectativas y de confianza que se acaba por hacer de uno ‘‘yo soy yo, no soy mi padre”». Incluso la manera en la que se nos nombra en casa, según cuenta París, puede condicionar nuestro futuro. «Así es. La mamá de Freud llamaba a su niño “mi niño de oro” y eso hizo de él un hombre seguro que pudo enfrentarse a la adversidad de quedar expulsado de la Facultad de Medicina de Viena, porque en esos años que un hombre hablara de sexualidad infantil era como si estuviera poco menos que loco. Pero tenía tanta confianza en ser un hombre capaz de hacer una revolución como la que hizo con el psicoanálisis, que lo consiguió. Y sin duda fue por muchos factores, pero también por estar acunado por una mamá que le arrullaba diciéndole al oído “mi niño de oro”. A Hitler le pasó lo mismo en sentido contrario. Es decir, de niño le llamaban ‘‘bestia inútil’’ y eso seguramente contribuyó a que de adulto se convirtiera en un monstruo. Ningún niño puede superar algo así a menos que ponga una enorme energía y trabajo para dar la vuelta a la historia; por eso prácticamente estaba dirigido a ser lo que fue y hasta, casi, a demostrar que fue un inútil, porque llevó a su país a la enorme guerra y a la destrucción. Sin duda los nombres que elegimos para nuestros hijos tiene que ver en la construcción de la identidad».

- El pasado no es nuestro

Ha escarbado tanto en los «Secretos familiares» que ha encontrado también los de las primeras familias de algunos países lo que resultan sorprendentes: «A mí me fascinó hacer el trabajo de los árboles genealógicos de los personajes de la nobleza de Orange, porque los abuelos de Guillermo de Holanda y su propia boda con Máxima, recuperan un mismo punto en común: el amor ligado a la violencia de Estado». Dicho así suena casi increíble, pero París, para escribir este libro ha investigado mucho y ha profundizado en esta historia al igual que en tantas otras y ha dejado claro que el pasado y no solo nuestro, sino también de nuestros ancestros tiene mucho que ver con lo que nos pasa y con quiénes somos. Apasionante.

Personal e intransferible

Diana París nació en Buenos Aires en 1958. Está casada. No tiene hijos porque «decidí de joven no tenerlos». Se siente orgullosa «de aprender a ser feliz cada día». No se arrepiente «de nada». Le emocionan «los paisajes, los animales y los niños». Le cuesta perdonar y «olvidar aún más». A una isla desierta se llevaría «a mi marido». Le gusta comer y beber «vegetales y frutas». Su manía es «leer hasta cuando estoy durmiendo». Su vicio es «el chocolate». De mayor quiere ser «una anciana sabia». Y si volviera a nacer sería «bailarina clásica».

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