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«Mi trabajo es que los narcos no trabajen y no voy a parar»

LA RAZÓN patrulla una noche con la Policía en La Línea, «zona cero» de las descargas de hachís y el contrabando de tabaco que entra por Gibraltar

LA RAZÓN patrulla una noche con la Policía en La Línea, «zona cero» de las descargas de hachís y el contrabando de tabaco que entra por Gibraltar.

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«Viven por y para el tiempo. Hoy hay mala mar, un poniente muy fuerte y, aunque son unos hachas pilotando, esta noche no van a poder salir». Habla una inspectora de la Policía Nacional y podría parecer que se refiere a marineros. Pero no. Esos para quienes el estado de la mar es clave para su trabajo ganan bastantes miles de euros más que cualquiera que faene aguas gaditanas. Se refiere a quienes alijan hachís en La Línea, una ciudad que también convive a diario con el contrabando de tabaco, algo aceptado socialmente y de lo que vive prácticamente todo el mundo aquí, de forma directa o indirecta. «La Línea es una ciudad con el 40% de paro –de las cinco primeras de España– y no es barata. Ni alquileres, ni comer fuera. Eso es porque la gente tiene dinero», explica el comisario Francisco López, «enviado especial» a la zona de conflicto desde enero para resolver «el problema». Y es que el sueldo de ninguna empresa puede superar los 2.000 euros que, por ejemplo, puede ganar un «punto» (quienes vigilan y avisan de la presencia policial) en sólo una noche de trabajo y sin oler siquiera la droga. La situación en la zona se remonta a tres generaciones atrás pero es ahora cuando ya ese sistema de vida está tan interiorizado que se ha perdido por completo el sentido de autoridad hacia la Policía.

El narcotráfico ha ocupado tanto en el quehacer policial que se han dejado abandonadas otras parcelas y no están acostumbrados, por ejemplo, a una simple identificación por la calle. Para reestablecer el orden y «no dejar trabajar a las mafias», a base de presencia policial constante han venido a reforzar la zona –desde la «fuga del narco del hospital el pasado mes de marzo– varios grupos de la Unidad de Intervención Policial (UIP) y Unidad de Prevención y Reacción (UPR). «Mi trabajo es que ellos no trabajen», explica la inspectora al principio de una noche de patrullaje sin saber aún que se avecinaba «movida». LA RAZÓN les acompañó toda la noche y comprobó de primera mano su trabajo. Es cierto que el refuerzo policial en la zona y las operaciones policiales están surtiendo efecto porque el volumen de descargas se ha reducido de forma drástica y hoy no es fácil avistar ninguna. Para la inspectora, la línea de costa en La Línea (dejando el peñón a la derecha, mirando hacia el mar) va de menos a más.

Es decir, pegado a la valla y hasta el barrio de La Atunara es zona de descargas de tabaco y, desde la iglesia de Nuestra Señora del Carmen –patrona de los marineros–, comienza la zona de hachís. El punto de partida de la noche de patrullaje está en Camino Torre Nueva, en el barrio de La Atunara, donde van a realizar una inspección a la hamburguesería La Almadraba. Son las 22:40 y los agentes irrumpen con material similar al antidisturbios. «Hacemos una exhibición de fuerza, que vean que esto se acaba, que aquí está la Policía y que no vamos a parar hasta acabar con esto», explican los agentes. Apenas han pasado tres minutos y ya salta el primer aviso: están alijando tabaco por la valla. Y es que, en el escaso recorrido de los tres furgones policiales desde la comisaría hasta el barrio de los registros «han ido cantando el recorrido». Es una de las dificultades del trabajo policial en el lugar.

Cada paso que dan los agentes es comunicado a las mafias que tratan de alijar o simplemente para avisar de la presencia policial en tal o cual punto de La Línea. «¡Sabían que estábamos aquí y han aprovechado! ¡Qué coraje! ¡Vamos corriendo!» La inspectora da órdenes a sus hombres para llegar «ya» al lugar y fastidiarles el plan. Empieza la acción. En el furgón policial (ya muy viejo, de ahí su traslado final a este lugar de batalla) llegamos en apenas un minuto (se tardarían cinco conduciendo «normal») a la valla, frontera con Gibraltar. Concretamente a la zona que llaman «el boquete», porque, aunque parezca mentira, la frontera entre España y Reino Unido en este punto es testimonial. Partes de la valla están cortadas y las concertinas cuelgan peligrosamente sobre la arena de la playa, al alcance de cualquier niño. «Si sólo fuera eso...el problema es que Gibraltar no hace absolutamente nada. Les da igual que se trafique con tabaco, parece que es una guerra que sólo es nuestra. Igual que Marruecos con el hachís. Nosotros tratamos de que no entre pero ellos deberían tratar que no saliera».

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Los agentes se quejan de la impotencia de estas situaciones, como de la falta de medios, pero no afecta a su entusiasmo de trabajo. «Los vamos a encontrar, ya verás», zanja la inspectora respecto a quienes acaban de colar tabaco ilegal en España. «Se lo pasan los “llanitos” al otro lado de la valla. Ellos, esperan con sus motillos y se van pitando a los soportales del barrio de Los Junquillos, que se divide en tres sectores». Sin embargo, les han fastidiado parte del pase y hay «puntos» que andan por la zona escondidos. «Suelen esconderse en un búnker que hay por aquí, vamos a ver», sospecha la inspectora. Y, efectivamente ahí había dos «puntos», uno de 19 y otro de sólo 15, que han ganado unos 300 euros por el servicio. Son las 23:13 y el pequeño no sabe dónde meterse. Llevaban dos móviles viejos que utilizan para sus comunicaciones, indetectables para la Policía porque son de compañías marroquíes y no tienen ni GPS. En Los Junquillos los agentes comprueban si aún hay alguna moto caliente. Los soportales están llenos «collas», los grupos de jóvenes que participan en las descargas.

«Enseguida lo llevan a segunda o tercera línea de playa y lo meten en sus casas». Son chavales de entre 15 y 25 años cuyos padres e inlcuso abuelos ya se han ganado la vida con esto. El contrabando acarrea una sanción económica hasta los 15.001 euros. A partir de ahí ya es delito, pero no suelen llegar a esa cifra y no sienten que hagan nada malo. Continuando el patrullaje por la línea de playa nos topamos con kioscos abiertos donde realizan sus transacciones de dinero, como el Gucci Shisha Bar, de nombre parecido a otra que tiene «El Messi» del hachís en Algeciras. Pasada la iglesia de El Carmen, comienza la zona del hachís. «Aquí ya es peligroso, todo el mundo va armado», recuerda la inspectora. La Atunara y El Zabal son barrios de calles angostas, laberínticas y llenas de «guarderías» (casas y naves donde guardan los alijos) y que, además, están comunicadas por dentro. «Empiezan con el tabaco siendo menores y luego dan el salto al hachís. Un “punto” de tabaco puede ganar 300 euros y uno de hachís 2.000 pero aquí ya se juegan cárcel; son de otra pasta».Toda La Atunara, según la policia, está copada por los clanes de Los Pantoja, Los Chachos y Los Tejón. Las torretas y las cámaras de videovigilancia dan buena cuenta de que no es una zona cualquiera.

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