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San Valentín también se hace feminista

La movilización masiva del #Metoo ha comenzado a romper los andamiajes ponzoñosos del amor romántico y el hombre vive con desconcierto una cita hasta ahora fundamental para avivar la llama del amor. Adiós a los ramos de flores y a la lencería. «No es que el amor romántico sea demoledor en sí mismo, lo es el romanticismo tóxico», dice la psicóloga Ribot. Una encuesta reciente afirma que el 71,3% de los solteros no les importa celebrar el día de Cupido sin pareja

  • Foto. Dreamstime
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Tiempo de lectura 8 min.

11 de febrero de 2019. 05:04h

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Marian Benito.  10/2/2019

Antes que aparecer como un viejo decrépito con sus trasnochadas rosas rojas y corazones, San Valentín nos sorprende este año con olor a nuevo, como se hace con los coches usados cuando se vuelven a poner en el mercado. El aroma es muy del estilo Me Too. Veamos. Vende lencería, igual que siempre, un 15% más que en cualquier otra fecha, pero ahora celebra con ella la diversidad de cuerpos. Y ahí aparece Rihanna con su colección de San Valentín para todas las tallas. Son los mismos encajes y transparencias de siempre, pero realzando el lado más sexy de todas las mujeres de diferentes gorduras y colores de piel. Un marchamo que, con la que está cayendo, siempre vende bien. San Valentín llega en paños menores delicadísimos, pero también con un lenguaje adaptado a la era post Me Too y por eso la ganadora de la mejor carta de amor recibida en el Club de Julieta de Verona fue, en su última edición, la de una cordobesa que dejó a su novio «por dignidad». Es la prueba de que la movilización feminista masiva empieza a romper los andamiajes ponzoñosos del amor romántico, aunque lo cierto es que, a esta legendaria ciudad en la que Julieta suspiraba por Romeo, siguen llegando unas 10.000 cartas de personas, en su mayoría mujeres, que relatan sus historias a corazón abierto. ¿Amamos mejor y diferente desde aquel primer tuit que dio paso al grito colectivo contra el acoso y la violencia sexual? ¿Sabemos por fin qué es sí y qué es no? ¿Ha llegado el MeToo a la médula de las parejas tóxicas? ¿Hay algo más que una magnífica puesta en escena? ¿Nos convence una estupenda corsetería que ciñe los kilos de más? ¿Es éste es el nuevo feminismo? Las preguntas se atropellan y LA RAZÓN las deja en manos de quien mejor puede responder. Hay ganas de hablar y de contar que, a pesar de que ha cambiado la percepción del machismo, toda esa fuerza femenina callejera se amilana cuando toca negociar en pareja o exigir respeto en las relaciones sexuales. Así lo expresa Montserrat Ribot, psicóloga y autora de ‘Amor de verdad’: «El clamor feminista enmudece en la intimidad del hogar. Todo lo que la mujer exige fuera a menudo lo calla de puertas para adentro y consiente el desequilibrio. Ese San Valentín con lencería para todas la convierte en producto. Sí, con mucho encanto y mejores prestaciones, pero producto, al fin y al cabo. Es algo que descoloca la autoestima de cualquier mujer y entonces empieza a transigir y a creer, bajo el mandato de un romanticismo mal entendido, que el amor todo lo puede. No es que el amor romántico sea demoledor en sí mismo, lo es el romanticismo tóxico, el que implica sacrificio y acatamiento en cualquier ámbito de la vida privada». Y si amor y dolor han de ser del mismo color, virgencita que me quede como estaba, dice el 71,3% de los solteros que, con motivo de esta festividad, han admitido, a través de una encuesta del portal de citas Meetic, que la soltería no sólo está bien vista, sino que, además, no les importa celebrar San Valentín sin pareja, sobre todo los jóvenes menores de 28 y los mayores de 50 años. ¿Razones? Mayor libertad, felicidad y disponibilidad.

Adiós al cortejo machista

Es justo recordar que, a pesar de este canto a la soltería, esta web ha propiciado ya seis millones de parejas y más de 91 millones de personas se sirven de plataformas o aplicaciones de citas. San Valentín sucumbe a cualquier nuevo modo de amar e incluso asume de bastante buena gana los amores clandestinos, para los que reserva el 13 de febrero. Los estadounidenses lo llaman el Mistress Day (Día del Amante), una fiesta no oficial que celebran el 73% de los infieles, según Gleeden, la web de citas extramaritales. Y revela algún dato que deja claro que aquí no hay Me Too que salve ciertos usos difíciles de entender. Por ejemplo, el 14 de febrero, el infiel escoge para la esposa ramos de rosas rojas y reserva mesa en un restaurante. Pero vive este día con la resaca de una noche de hotel con su amante y algún regalo picantón. Otro dato curioso: cuando la infiel es mujer, la cita se transforma en Gelentine’s Day, o sea, Día de las Amigas. Excelente coartada si no fuese porque tal confidencia podría, a partir de este año, levantar más de una sospecha. En lo que sí parece haber hecho mella el efecto Me Too es en el flirteo. El cortejo exitoso de siempre es hoy una expresión de machismo. El psicólogo José Bustamante explica que los escándalos más sonados han llevado a cuestionar a muchos hombres algunas de sus conductas y, casi de repente, todos andan preocupados por cómo hablar sin ofender, como se interpretará un gesto o una broma y en qué momento insinuarse se convierte en acoso. La consigna es sencilla: reciprocidad y que ninguna acción sobre el cuerpo del otro se convierta en una conducta humillante o violenta. «Desgraciadamente –añade–, este mensaje no cala en las relaciones tóxicas, donde los celos, el control y la posesión juegan son parte fundamental. En relaciones más igualitarias, sin embargo, el empoderamiento público les ha dado amparo para pulir ciertas diferencias y poner sobre la mesa situaciones en las que ellas se han sentido presionadas sexualmente». Bustamante aclara que el exceso de agresividad de algunos discursos ha provocado que un grupo de hombres, considerándose feministas, se sientan atacados simplemente por su condición masculina. En general, para el hombre no está siendo fácil. Quién soy yo en este mundo? ¿Qué es ser hombre hoy? ¿Qué se espera de mí? ¿Debo cambiar? ¿He sobrepasado alguna línea roja en mis relaciones? ¿Soy machista? Son preguntas que se hace el escritor Ritxar Bacete en su libro «Nuevos hombres buenos» y a las que, dice, se pueden responder con un espejo enfrente identificando en uno mismo esos elementos relacionados con la masculinidad tóxica y las propias sombras.

Desequilibrio del deseo sexual

Lo que los psicólogos observan en consulta es que el desequilibrio de deseo sexual dentro de la pareja está marcando un punto de desencuentro y merece la pena detenerse en ello. Paradójicamente, a pesar del fácil acceso a la información y la existencia abrumadora de aplicaciones para ligar, los jóvenes son ahora menos activos sexualmente. Y si juzgamos por lo que dicen las encuestas más recientes acerca de los hábitos españoles, San Valentín nos pilla simplones en la cama, escasos, poco creativos, incautos y con la libido por los suelos. Según el último sondeo de la firma Control, a los jóvenes les cuesta innovar y siguen prefiriendo la cama y el misionero. Ni siquiera les preocupa conocer el estado de salud de sus parejas (el 77,9% confiesa que no repara en este aspecto). Definitivamente, el hombre vive con desconcierto el efecto Me Too. El psiquiatra Walter Ghedin habla de ello y considera que está más alerta ahora con sus impulsos y en un estado de hipervigilancia, necesario para desarticular prácticas abusivas, pero que puede traer cierta retracción o temor. Para el psicólogo Fernando Azor, «vivimos una etapa de transición, en la que las relaciones se van acomodando con nuevas formas de comunicación, aunque siempre van a estar presentes personalidades más conflictivas con incapacidad para manejar la frustración, los celos o el desamor». «Dos años no son nada para modificar las estructuras de comportamientos humanos automáticos, inconscientes e históricamente repetidos, por mucha visibilidad mediática que tenga el movimiento iniciado», indica el psicólogo Esteban Cañamares. «Hace falta algo más que el gesto de unas cuantas celebridades en el cine o en la televisión. La conquista de la mujer en el hogar y en la pareja no se debe al Me Too, viene de mucho más atrás. Y en estos cambios, el hombre está ganando contacto emocional con los hijos, capacidad para expresar sus sentimientos y otras cosas que son ganancias». Es evidente que por mucho que se lave la cara a San Valentín, en la esencia queda mucho por hacer. Puede ser verdad que hoy nos queramos más que ayer y menos que mañana, pero el santo no puede impedir que, ni siquiera en su día, en cualquier ciudad de España, pongamos Madrid, cada 40 minutos haya una denuncia por violencia de género. O que, antes de acabar de contar hasta 60, en Estados Unidos unas 24 personas hayan sido violadas, maltratadas o acosadas por su pareja.

LA TRAMPA DE LOS TROVADORES

David Viñas, profesor de Literatura de la Universidad de Barcelona, se remonta a la época de los trovadores para explicar las argucias de una literatura que idealiza a la mujer mientras se la denigra. «Aprendieron que el deseo sexual podía ser sometido a unas normas de seducción e inventaron el amor cortés como signo de distinción para decir que en la corte todo se hacía más refinado. Y así se la repudia, se la casa o se la retira al convento. Me temo que el movimiento Me Too es un claro y honorable intento de denunciar la hipocresía de esa cultura que idealiza a la mujer para ocultarla y decir que no quiere ser ''donna angelicata''. Simplemente pide respeto.

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