Superioridad moral

Manuel Sala Soler nació en Vilanova i la Geltrú en 1892 y fue asesinado en febrero de 1937. Propietario de una conocida panadería, presidente de la «Asociación de Patrones Panaderos» y dirigente de la «Lliga Regionalista», el principal partido de derechas catalán antes del inicio de la guerra civil, su hijo Julià Sala Basca fue el tesorero de las juventudes de la Lliga. Odiado por los dirigentes locales de ERC por una valiente denuncia contra los sediciosos y criminales que en octubre de 1934 protagonizaron vergonzosos hechos en la ciudad, fue insultado y vejado públicamente en julio de 1936 y detenido en la primavera de 1937 siendo asesinado junto a su hijo Julià, su mujer y su hija. Las dos mujeres fueron salvajemente asesinadas, la niña fue violada y decapitada, mientras que su mujer quedó malherida siendo rematada por miembros del comité antifascista en el hospital de Torredembarra. La familia Sala es sólo un ejemplo de las terribles matanzas que se vivieron en la Catalunya que gobernaba Lluís Companys, líder de ERC y presidente de la Generalitat, personaje que hoy tiene un mausoleo y calles en todos los pueblos y ciudades catalanes. Companys fue en su juventud un reconocido lerrouxista y antinacionalista. Era un republicano moderado que se convirtió en un nacionalista exaltado, conversión que se explica por un lado debido a la presión que ejercieron los sectores más radicales en el presidente de la Generalitat, y por otra, como explica el historiador Jordi Canal, a una motivación «viril». El nacionalismo de Companys era puesto siempre en duda entre sus compañeros de partido, especialmente por los hermanos Badia, el mayor de ellos Miquel Badia, conocido como «Capità Collons», rival en los favores sexuales de su amante, la militante independentista Carme Ballester, y por cuyo amor Companys llegó a proclamar la «Republica catalana». Companys era apodado «El pajarito» cuando ejercía de abogado de los terroristas de la CNT, fundador por Decreto de Presidencia del Comité de Milícies Antifeixistes de Catalunya, responsable de miles de paseos, fusilamientos, torturas y asesinatos, y creador de decenas de chekas. Nombró conseller de Gobernación a Dencàs, el líder de los «escamots» militarizados y autor de frases como «nuestro odio contra la vil España és gigantesco», ordenó preparar un «Comité Militar Revolucionario» en mayo de 1936, y entregó 20.000 fusiles a los «incontrolados» controlados, para ejercer la «gimnasia revolucionaria» que terminó con 8.129 catalanes asesinados, la mayoría sin juicio, entre ellos el 3er presidente de la Generalitat desde su restauración, Jiménez Arenas. Firmó sentencias de muerte contra mujeres y civiles, incluso de un pobre hermano de La Salle por saber latín; organizó campos de concentración, como el de Omells de Na Gaia, promovió la mayor persecución religiosa de la historia de Cataluña, asesinando a 4 obispos, 1.536 sacerdotes, prohibiendo el culto católico y destruyó 7.000 edificios religiosos, y orgulloso declaró a «L’Oeuvre» en agosto 1936: «¿El problema del culto católico? ¡Oh!, ¡ese problema no se plantea siquiera, porque todas las iglesias han sido destruidas!». Companys fue un asesino. Basta ya de callar y de reconocer la superioridad moral del populismo nacionalista.