Actualidad

El futuro pudo con los elementos

José Fernando Molina salió a hombros y Diego San Román gustó pese escuchar los tres avisos en la segunda novillada de Albacete

José Fernando Molina salió a hombros y Diego San Román gustó pese escuchar los tres avisos en la segunda novillada de Albacete

Publicidad

Albacete, 22 de septiembre. Quinta de feria. Media entrada.

Tres novillos de Juan Manuel Criado, primero, cuarto y sexto, y tres de Encinagrande, el quinto corrido como sobrero. Bien presentados y de buen juego.

Publicidad

Diego San Román (de perla y oro), pinchazo y estocada, ovación con aviso; entera, oreja; media y siete descabellos, división de opiniones tras tres avisos.

José Fernando Molina (de caña y oro), media, aviso, oreja; entera que escupe, entera, aviso, oreja; pinchazo y estocada, aviso, silencio.

Publicidad

La DANA que arrasa el sureste español amenazó muy seriamente la celebración de la segunda novillada del abono de la feria de Albacete, y aunque finalmente se desplazó lo suficiente para permitir que se diese la función, el viento fue quien sentó sus reales sobre la plaza, dificultando no poco la labor de los diestros actuantes. Dos novilleros que, con distintos modos y personalidad, demostraron que quieren ser toreros y que tienen capacidad suficiente para serlo. Enfrente tuvieron un encierro compuesto por tres novillos de uno de los empresarios de este coso, Manuel Caballero, y otros tres de Juan Manuel Criado que, en conjunto, dieron juego suficiente para permitir que sus matadores luciesen sus aptitudes y capacidad.

La primera oreja de la tarde fue para el novillero de la tierra, José Fernando Molina, que vestido de Dámaso y oro, en claro homenaje al gran ídolo local, supo templar perfectamente las embestidas de su buen primero pese a que le molestaron mucho las rachas de viento, una de las cuales le descubrió y el novillo le levantó los pies del suelo, aunque no se amilanó y volvió a la cara del toro como si tal cosa hasta completar una faena poderosa y vibrante.

Publicidad

El cuarto derribó al caballo y se quedó sin picar. Se arrancó de lejos y con brío y el albacetense acertó a encauzar sus embestidas otra vez con no poco temple y suave cadencia en sus muletazos. Con los pies clavados al suelo, sin enmendarse y ligando un trasteo compacto y sólido que le valió la puerta grande.

No pudo redondear su actuación ya que el sexto, que salió con muchos pies, gastó sus fuerzas en esas carreras a lo loco a lo largo del perímetro del ruedo, parándose luego ya en el segundo tercio. Tuvo que hacer él todo el gasto, demostrando cabeza clara y conocimientos de sobra, arrancando todo lo que tuvo su soso oponente en una labor que no llegó a conectar con el tendido.

Diego San Román anduvo porfión y tesonero con su flojo primero, buscándole las vueltas sin más opciones que dejar claras sus ganas. Una fuerte ventolera puso en apuros al mejicano al recibir de capa al tercero, con el que derrochó decisión y voluntad, llevándose otra voltereta por culpa del viento idiota, que diría Bob Dylan. Se levantó y toreó luego con mucha calma y hasta profundidad en algún pasaje de su lidia, demostrando estar muy puesto y hecho.

No quiso irse a pie y salió por todas con el sobrero que hizo quinto, tirando siempre de él, acortando progresivamente las distancias hasta acabar metido entre los pitones, dándose un arrimón que desperdició al fallar con el verduguillo, trocando la puerta grande por los tres avisos. Algo, por cierto, que provocó una situación incómoda, ya que al estar el animal atronado no hubo posibilidad de sacar a los mansos y tuvo que ser un empleado de la plaza quien le apuntillase después de un buen rato y muchos intentos.