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Fallece Ramón Vila, un don ganado a base de salvar vidas

El que fuera cirujano jefe de la Maestranza de Sevilla durante más de tres décadas muere a los 80 años de edad

  • Ramón Vila
    Ramón Vila/ Archivo
Sevilla.

Tiempo de lectura 4 min.

17 de mayo de 2018. 14:36h

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Andrés Muriel.  Sevilla. 17/5/2018

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El nombre de Ramón Vila está unido al de los grandes de la cirugía taurina. Los verdaderos quites providenciales han corrido a cargo de él y de su “cuadrilla” durante más de 30 años en los que estuvo al frente del equipo médico de la Real Maestranza de Caballería. La medicina taurina no fue su profesión sino su pasión, una manera de vivir. Por eso siguió aportando su experiencia hasta el último momento desde el burladero de la enfermería del coso sevillano. Después incluso de que le cediera el bisturí hace siete años a Octavio Mulet. Ramón Vila falleció en la madrugada del jueves a los 80 años de edad. Son muchos los toreros que le admiran porque deben la vida.

Ramón Vila tomó en 1978 el relevo de su padre, Ramón Vila Arenas, cuyo nombre tienen unos premios que instituyó el cirujano sevillano con el objetivo de reconocer el quite providencial de cada feria. A lo largo de más de tres décadas la presencia de Ramón Vila en la enfermería de la Maestranza se convirtió en un signo de tranquilidad para los toreros que hacían el paseíllo en el ruedo sevillano. Ramón Vila, como Máximo García Padrós o Val Carreres, se afanó en profesionalizar la cirugía taurina e intentó expandir su conocimiento en el campo universitario y a través de simposios especializados. Sabía que el resultado de una cornada se puede decidir en segundos y por eso adiestró a su equipo como su fuera una cuadrilla perfectamente sincronizada. Todos tenían que saber dónde estaba el corte del traje de luces, cómo abrían más rápidamente unas taleguillas. Lo que más le inquietaba era no poder ver cómo se había producido una cogida porque ése era el momento en el que ya comenzaba a operar, a dibujar la atención médica y las posibles trayectorias. Por eso Ramón Vila permanecía siempre alerta en el burladero de la enfermería, como un militar haciendo guardia en una garita.

El peor año de Ramón Vila fue el 92, uno de los más trágicos de la historia de la Real Maestranza. En la Feria de Abril murió Manolo Montoliú y en septiembre, también de una cornada en el corazón, Ramón Soto Vargas, tío del actual matador de toros Alfonso Oliva Soto. En ninguno de los dos casos pudo hacer nada por sus vidas. Manolo Montoliú entró sin pulso a la enfermería y a Ramón Soto Vargas le cercenó el corazón un novillo del Conde de la Maza. Tuvo otros momentos más angustiosos en los que sus manos fueron decisivas. Escalofriantes fueron las cornadas recibiendo a portagayola de Pepe Luis Vargas o de Franco Cardeño. No obstante, uno de sus peores momentos fue la cornada a Curro Sierra, al que un novillo le partió la femoral y la iliaca. A lo largo de una entrevista me dijo hace años que escuchaba el sonido de la presión de la sangre saliendo del vaso sanguíneo como si se hubiera roto una tubería. Curro Sierra acusa hoy algunas secuelas de aquella tremenda cornada pero tuvo la suerte de que ocurriera en Sevilla y de que aquél día estuviera Don Ramón Vila en su puesto de vigía del burladero de la Maestranza.

Ramón Vila ha tenido una relación muy estrecha con muchos toreros. Él desarrollaba una teoría y es que el cirujano, al meterse dentro del cuerpo del torero, sellaba una especie de unión indisoluble, casi sacerdotal. La realidad es más sencilla: buena parte del escalafón tuvo que pasar en alguna ocasión por su camilla y no pocos le deben la vida. Francisco Rivera “Paquirri” clamaba por él cuando se le escapaba un río de sangre en la plaza de toros de Pozoblanco. La relación venía de lejos. El doctor Vila ya le había salvado antes la vida cuando un toro de Osborne le abrió los dos muslos pasándoselo de pitón a pitón. De aquel día es la foto en la que Ordóñez saltó la barrera con la extraña habilidad de mantener intacto el pitillo en la boca.

En la enfermería no todo fueron cornadas. Contaba Ramón Vila que en una ocasión atendió a un aspirante a torero que hizo el paseíllo en una plaza cercana a Sevilla perfumado con cazalla. Las muestras de embriaguez del coletudo eran evidentes. Ramón Vila abrió un parte reflejando el estado de las cosas y el torerillo fue otro día enfadado a buscar a Don Ramón, que le explicó el contenido del parte facultativo: “He puesto que su nivel etílico superaba los parámetros normales”. “Ya sabía yo que usted no había dicho que yo estaba borracho”...

Ha muerto Ramón Vila al que todos los toreros le llamaban Don Ramón. Un don ganado de la manera más noble: salvando vidas.

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