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José Miguel Arroyo «Joselito»: «Lo peor de Madrid no es la exigencia sino la indiferencia»

José Miguel Arroyo «Joselito» / Matador de toros y ganadero. El torero madrileño regresa hoy a Las Ventas como ganadero en el XX aniversario de su antológica Goyesca

José Miguel Arroyo, «Joselito»
José Miguel Arroyo, «Joselito»larazon

Ahormado en esa fragua de la vida que es la cruda calle en la infancia y con un guión pérfido como conductor de su adolescente destino, José Miguel Arroyo “Joselito” encontró en el toreo, y en su escuela de valores –esos mismos que incomprensiblemente hoy se cuestionan aquí y allá–, la balsa de aceite sobre la que navegar hasta convertirse en uno de los faros totémicos que alumbran esa misma Tauromaquia que revolucionó hoy hace justo veinte años. Dos décadas desde que ungido en esa piel verde botella y oro restableciera los cánones de una profesión en la que sigue siendo mito mayúsculo. Torero de toreros. Torero de Madrid, en ese perenne goyesco 2 de mayo al que hoy regresa para debutar, con encierro completo, como ganadero en Las Ventas.

–¿Qué recuerdo guarda de aquel Día de la Comunidad de 1996?

–Imagínate... Inmejorable. Viví sensaciones muy bonitas, fue una tarde en la que en todo momento me encontré muy a gusto tanto en la cara del toro como andando por la plaza o el callejón. Sucedió algo sorprendente, porque cuajé una tarde bastante completa, muy redonda, y eso hizo que la gente saliera muy contenta hacia sus casas.

–Cierre los ojos, piense en ese 2 de mayo. ¿Qué visualiza?

–Fue un todo. Un conjunto. Piensa que, en aquella época, quizás había poca variedad con el capote, tuve la fortuna de que prácticamente todos se dejaron y pude recuperar varios quites antiguos que habían caído en desuso entonces. Eso impactó mucho. Luego, también dos faenas: la del segundo de la tarde, de Cortijoliva y la del cuarto, de Las Ramblas.

–¿Tanto monta, monta tanto?

–Sí, porque fueron diferentes. La primera, porque fue un toro con el que había que tener mucho poder, convencerlo y, una vez sometido en la muleta, rompió con mucha clase en la muleta. La segunda fue más para saborear y sentirse uno mismo, porque fue ese toro que desde el principio muestra esa calidad y te permite disfrutar cuando sueñas en torero.

–¿Esa encerrona fue su obra más perfecta o la que más trascendió?

–No, más bien lo segundo. Esa tarde tuvo el escenario, el momento, la coyuntura y un sinfín de condicionantes que la convirtieron en única, pero ni fue la mejor de mis encerronas ni mi mejor faena fue una de esas seis. De los días que maté seis toros, me quedó con Valladolid. Luego faenas tuve un montón que me llenaron más, incluso sin salir de Las Ventas.

–Morante, Talavante, Uceda Leal, Daniel Luque, Miguel Abellán, El Cid... La nómina de solos en Las Ventas es larga, pero nadie ha sido capaz de descifrar ese misterio que es Madrid detrás de usted, ¿por qué?

–Pues, chico, no lo sé... Madrid pesa y con seis toros más aún. No es moco de pavo. Lo que sí tengo claro es que un condicionante fundamental es que durante esas dos horas y pico que dura el festejo, tú eres el único actor principal y tienes que llenar el escenario, el ruedo, tú durante todo ese intervalo de tiempo. No hay nadie más. Tienes que estar muy convencido de ello en el patio de cuadrillas, porque después hay que estar ágil, no de físico, que también, sino de mente.

–Dice que Madrid pesa, ¿más como torero o ganadero?

–Como torero, sin duda. El miedo es mayor. Pero, ojo, también puedes darle la vuelta a una situación adversa más fácilmente cuando vas de luces. Puedes exponer más, dar un paso más... Está en tu mano, en tu cabeza. Cuando vas como ganadero, no. No puedo tener más raza, ni empujar más en el peto del caballo, ni ir medio metro más allá en cada embestida... Tu trabajo está hecho hace seis o siete años en la selección, en la alimentación, en el manejo... No esa tarde. Es una obviedad, pero algunas veces se olvida.

–¿Cómo escoge Joselito esta corrida para Madrid?

–Mirando la cabecera de la camada, porque el trapío condiciona mucho en Las Ventas. A partir de ahí, si tienes más de seis que pasen el corte, ya empezamos a mirar reatas de padres y madres.

–Sus toros tienen casta, movilidad y emoción. ¿Busca el mismo toro que quería en los sorteos cuando toreaba?

–Persigo ese toro utópico de clase inagotable, muy noble pero a la vez muy bravo, sin dejar de humillar y con fijeza detrás de los engaños. Por eso, digo utópico, es tan difícil de conseguir... Hoy en día se habla de la casta y no es sinónimo de nada. La casta llega a través del riesgo y de la belleza. Sólo con ambas, porque el riesgo es inherente en toda embestida, pero la belleza sólo se consigue si el toro humilla y tiene recorrido.

–¿Cómo surgió la idea de anunciarse este 2 de mayo?

–Tenía en los cercados una corrida que valía para Madrid y hubo una charla con la empresa. Sin mirar fechas. Después me comentaron el XX aniversario de mi Goyesca, se planteó y a todas las partes les pareció algo bonito. Reconozco que me hace ilusión, por supuesto que San Isidro es lo máximo, pero, este año, para mí, suponía algo especial. Además, es una conmemoración que sólo está a mi alcance, que no podrá vivir otro, porque voy a privarme de vivir un día tan redondo. De mucha categoría. Creo que es el día idóneo.

-¿Ser torero de Madrid implica una exigencia mayor?

–Es tan gratificante como jodido. Yo me he sentido muy querido en Madrid, pero también hostigado, porque la gente me pedía más y había veces que lo veía crudo. Supone un aliciente enorme, puesto que sabes que si te están exigiendo es porque son conscientes de que puedes ofrecérselo. Lo peor es cuando hay indiferencia.

–Hablando de toreros de Madrid, se hizo cargo de la Escuela Marcial Lalanda junto a Bote, El Fundi y Rafael de Julia en tiempos muy complicados. ¿Perciben mejoría?

–Como dicen ahora los modernos la situación anda en “stand by”. Después de todo el revuelo mediático que se formó parece que han plegado velas un poco. Aunque la subvención nos la quitaron y la dotación del Premio Nacional de Tauromaquia la cobró el Ayuntamiento, no nosotros. Nuestra idea es seguir en El Batán mientras nos dejen, porque nos sentimos obligados a pelear por esta institución. Sea dónde y cómo sea. Se dijo que nos iban a desalojar, pero al final su intención choca con la ilusión de un grupo de chavales de aprender un oficio, legal, como pueden desarrollar en el resto de Madrid y España. Mientras esa llama siga viva, nosotros defenderemos a capa y espada esa lucha, porque creemos en ello.

–¿Conseguirá alguien volver a liarle para lucir el chispeante como en Istres?

–Ahora mismo, lo veo muy complicado. Voy a ser cauto, porque cuando me retiré en Zaragoza me juré y perjuré que no volvería a vestirme de luces, pero mira hace dos años... La realidad es que no pasa por mi cabeza. No tengo ni la ilusión ni el pensamiento de volver a estar anunciado.