La lluvia le birla una oreja de ley a Nazaré

Notable labor del sevillano al natural, entrega de Gallo y firmeza de Urdiales. Las Ventas (Madrid). Festejo del Domingo de Ramos. Se lidiaron toros de Torrestrella y Torrealta (4º y 6º), muy desiguales de presentación y juego dispar. Deslucidos, 1º, 5º y 6º; manejables, 2º y 4º, que se vino muy a menos; el 3º, con bondad, el de mayores opciones. Menos de media entrada.. Diego Urdiales, de pistacho y oro, dos pinchazos, pinchazo hondo, descabello, aviso, otro descabello (silencio); aviso, menos de media estocada, cinco descabellos, segundo aviso (silencio).. Eduardo Gallo, de tabaco y oro, pinchazo, estocada casi entera, aviso, dos descabellos (saludos); estocada (saludos).. Antonio Nazaré, de blanco y oro, buena estocada (vuelta al ruedo); tres pinchazos, media estocada, cuatro descabellos (silencio).

Natural del sevillano Antonio Nazaré al tercer «Torrestrella» del Domingo de Ramos
Natural del sevillano Antonio Nazaré al tercer «Torrestrella» del Domingo de Ramos

Con algo de retraso con respecto a años anteriores, Madrid levantó ayer el telón –que no su efímera cubierta, ya felizmente retirada a mejor vida, al menos por ahora...– a la temporada con una corrida de toros de Torrestrella y tres toreros muy del gusto de la afición venteña. Urdiales, Gallo y Nazaré. Tres yernos perfectos –deseados y queridos por la afición– para esa exigente madre llamada Las Ventas, que no olvida los méritos acumulados en anteriores citas. También se esperaba con interés el regreso de Torrestrella tras su buen encierro el San Isidro pasado y los notables resultados del resto de la camada 2012. Pero, bien pronto, por la mañana, se asomaron madrugadores los fantasmas, al comprobar que sólo cuatro ejemplares pasaban el sorteo y se tiraba, ya desde el primer día de remiendos: dos bureles de Torrealta.

Con uno de ellos, el cuarto, torazo de casi 650 kilos, Diego Urdiales se mostró firme en una labor a la que le faltó algo de pausa. Intermitente trasteo que tuvo al natural sus mejores pasajes antes de que se apagara sin remedio.

Antes, el arnedano rompió plaza y estrenó el curso con «Veranito», un precioso jabonero a cuyo nombre no le faltaba guasa, pues estaba en las Antípodas de la tarde: ventoso frío y nubarrones de lluvia. Tampoco aportó más claros el animal, justito de fuerzas. Urdiales lo intentó por todos los medios, pero se quedaba muy corto en la franela. Cada vez más orientado, las coladas fueron a más y el riojano optó por no prolongar el sinsentido.

Eduardo Gallo, que ya se había hecho aplaudir en un ceñido quite por chicuelinas al primero, regresaba al mismo escenario que hace casi un año le sacó del cajón del olvido y le volvió a catapultar al circuito de ferias. Con los mismos ingredientes, actitud, valor seco y confianza, entendió a la perfección al entipado segundo. Lo saludó con bríos a la verónica –lo mejor, la media abelmontada del remate– y lo condujo al peto por chicuelinas al paso. Ya con la pañosa, se lo sacó al tercio con un arranque muy torero. La gente estaba metida en faena y Gallo construyó una labor inteligente sobre el pitón derecho. Entendió bien a su adversario, al que dejó a su aire, sin atosigarlo, para macerar el trasteo. Series a más de las que destacó una en redondo, maciza, cargando la suerte y alargando la embestida. Dos derechazos, soberbios, casi circulares. Al natural, tibio intento. Se perfiló con la espada, que hincó en un hueso al primer viaje. Por ahí, se escapó la opción de oreja. Baldío su esfuerzo, que fue recompensado con una rotunda ovación que, sin embargo, tuvo que saber a muy poco. El quinto propició un pique en quites entre Nazaré, por chicuelinas, y Gallo, que replicó por delantes. Luego, en la muleta, fue otra historia. Al desarme en el primer muletazo se sumó la nula transmisión del «Torrestrella», que se los tragaba, cierto, pero sin gracia alguna. Un segundo desarme fue definitivo y el diestro, consciente de que tenía el mísmisimo Everest por escalar delante de sus ojos, no se dio mucha más coba. A este sí lo despachó de manera eficaz y saludó de nuevo otra ovación. El charro volvió a puntuar alto en Madrid.

Antonio Nazaré completaba la terna. No es un secreto que el sevillano tiene un cañón en su mano izquierda y si el astado que tiene enfrente –protestadísimo por su estrechez y cuestionable trapío– tiene ahí su pitón más potable, todo viene rodado. Nazaré, que se había hecho presente por gaoneras al segundo, lo templó en un trasteo que sólo supo de izquierdas. Prácticamente íntegro por ese lado coincidiendo con el comienzo de la lluvia. Hubo tres series magníficas. Con hondura, limpieza y profundidad. Naturales de torero caro, que estuvo por encima de su rival para robárselos. Uno a uno. Mató de buena estocada y la oreja parecía segura, pero no ayudó nada el aguacero ya desatado, que centró las obligaciones del respetable en buscar refugio desmadejando la petición. En el sexto, que esquivó el caballo cuanto pudo y fue de peores intenciones y sin clase alguna, tiró por la calle de en medio. El crédito para San Isidro, esperemos que sin lluvia que lo entorpezca para entonces, ya estaba más que ganado.