Viajes

Objetivo La India: hojas secas

Tras alcanzar Ulán Bator y dejar atrás a sus compañeros de ‘Chavalería Ligera’ (y a ‘La Merche’), el siguiente paso es llegar al país del contraste y el color

Encontré Calcuta atrapada en lo más profundo de la niebla. Era noche cerrada y daba la sensación de que la luna había olvidado cómo iluminar la ciudad. Dormía Calcuta, bruscamente despertada por el chirrido de las ruedas de mi avión. Serían las tres de la mañana cuando salí del aeropuerto y respiré su aire cargado. Rápidamente se abalanzaron sobre mi diez o 15 taxistas exigiendo acaloradamente sus precios, que cuando les enseñaba mi hostal comentaban entre ellos y después juraban saber dónde se encontraba. Unos decían que al este, otros al oeste de la ciudad… En cualquier caso, yo sólo podía fiarme de uno y dejarme llevar. Dejarse llevar, oponiendo la mínima resistencia, es imperativo en estos casos.

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Subí a un taxi y cabalgamos hacia la niebla, buscando lo más profundo de la ciudad. Las calles estaban vacías, únicamente habitadas por los Intocables durmiendo en cada esquina que asomaba. Mi primera visión de un Intocable fue desde el taxi, entrada la madrugada, viéndolo aliviarse de cuclillas en plena acera mientras sujetaba con una mano su pantalón desarrapado. Entonces comprendí que estaba en un país completamente diferente a cuanto halla conocido hasta ahora, un país en el que cuatro grandes religiones se barajan entre la multitud, con su famoso sistema de castas allí tirado, donde las esquinas. Supe que mi ignorancia sería puesta definitivamente a prueba antes de que terminara la semana. India es superior a todos nosotros, no importa cuán viajeros, cuán leídos. Cuando llevábamos una hora larga en el taxi, comencé a sospechar que el conductor se había perdido. Deambulamos unos minutos más por la ciudad hasta que lo reconoció, me llevó a otro hotel y allí pase la noche. Puede que fuera todo un farol y estuviese compinchado con los del nuevo hotel… Podría, pero refiero ver el lado bueno de la gente.

Al día siguiente busqué mi hotel original y cuando lo encontré, me dijeron que como no había llegado el día anterior, ya le habían dado mi habitación a otro. Me encontré entonces indefenso en mitad de Calcuta, sin techo para dormir y deseando una necesitada siesta. Resulta que esa mañana, sobre las siete, varios trabajadores del hotel alternativo irrumpieron en mi habitación y se llevaron el sofá. No se molestaron en dar explicaciones: al más viejo estilo de Groucho Marx entraron en mi habitación sin avisar, me dieron los buenos días y se lo llevaron vociferando alegremente.

Estaba solo y los pitidos de los coches estiraron mis ya tensos nervios. Resulta que en India hay numerosos tipos de vehículos circulando por la carretera: tuc tuc, coches, motocicletas, autobuses, rickshaw tirados por hombres y bicicletas, viandantes corrientes, vacas rumiando en plena calzada, cabras… Un batiburrillo de vida, cada uno yendo a sus quehaceres, se enfrenta ruidosamente en las calles de Calcuta, pitando largamente para abrirse paso. La palabra, no exagero cuando la utilizo, es caos. Un caos absoluto. Uno de estos caos perfectos donde nadie grita ni roza otros vehículos, pero pueden pasar diez o treinta minutos pitando tranquilamente hasta avanzar otro metro hacia su destino. Un país con cerca de mil millones y medio de personas donde nadie, absolutamente nadie, respeta las normas de circulación. Es aterrador. Y muy estridente. Ni a mi peor enemigo le desearía conducir por una ciudad india.

Calcuta me derrotó. Llevaba tres días sin ducharme (el hotel alternativo tenía la ventana junto al wáter abierta y los mosquitos habían tomado el baño mucho antes de mi llegada), sin cambiarme de ropa, todavía sin tarjeta para el teléfono ni cama donde dormir. Tras cinco meses atravesando el mundo sin nada que me frenara, Calcuta consiguió subyugarme bajo su ordenado caos. Cogí una habitación en otro hotel, algo alejado de la ciudad, y me fortifiqué dentro hasta el día siguiente.

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Al día siguiente cogí el tren a la ciudad sagrada de Bodghaya, donde se dice que el Buda Siddhartha alcanzó el Nirvana tras varias semanas meditando bajo una higuera. Esta higuera recibe ahora el sobrenombre de árbol Bodhi, y todavía puede encontrarse en el templo Mahabodhi, en el centro de la ciudad sagrada. Este era mi principal destino en Bodghaya. Con los pies descalzos, entré intimidado en el templo, codeándome junto a peregrinos traídos de todos los rincones del mundo. Monjes con el pelo y la barba largos, vistiendo ropas rotas y sandalias desgastadas, llegaban de Nepal con el bastón mellado y las palmas juntas; japoneses rapados inclinando la cabeza, ascetas como de cristal levitando entre las masas. Todos iban a meditar bajo el árbol Bodhi. Reconozco que dudo si el árbol que vi es realmente el original, como soy humano también soy incrédulo en ocasiones sobre el poder de lo espiritual, entonces podía ser que en aquél maravilloso templo no había más que infelices engañados. Podía ser, ¿por qué no? Sin embargo, la pasión en sus pupilas cuando chocaban de bruces contra el enorme árbol, la sucia túnica del monje nepalí limpiándose bajo su sombra, la multitud orando y cantando y prendiendo incienso, el incienso deshaciéndose juguetonamente hacia las capas altas del cielo, eran el secreto de aquél templo. ¿A quién le importa si era ese árbol o aquél otro dónde nació el sabio? La espiritualidad no estaba en el árbol ni en el sabio, sino en cada uno de nosotros, que aun siendo tan diferentes nos habíamos encontrado, por el mismo motivo y en busca de la misma plenitud, bajo aquellos frondes verdes.

Pasé una hora larga a la sombra de la higuera. Junto a ella, un cartel indicaba que estaba terminantemente prohibido arrancar sus hojas. Cuando seguía sentado, escuché un suave chasquido sobre mi cabeza y una de las hojas cayó delicadamente junto a mi pie derecho, ya seca y sin mucha utilidad. Pensé intrigado, ¿podré cogerla si se ha caído? Miré ansioso a mi alrededor en busca de pistas hasta que una anciana japonesa, súbitamente vigorizada por su pasión religiosa, se abalanzó con las garras fuera a por la hoja. La recogió, me miró severamente y la guardó en su bolso antes de sentarse. No tardé en descubrir a varias personas, las más sonrientes del templo, sujetando con mimo otras hojas que se habían caído. Sentí rabia. ¡Esa hoja tendría que haber sido mía! Yo he viajado mucho más lejos que esa anciana japonesa, estoy separado de los míos y siento fría la soledad, había caído justo junto a mí. ¡La hoja me había elegido a mí! Rápidas miradas del español se dirigían venenosas hacia la feliz señora y su hoja seca. No era una hoja cualquiera. Era la hoja del árbol más sagrado del mundo. Solo yo había escuchado su chasquido cuando decidió bajar, era mi rodilla la que rozó antes de estrellarse contra el suelo. Verla en manos ajenas me pareció una mala pasada.

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Tardé en entender que el árbol me estaba dando una lección. Tuve que pasar varios minutos, dejando al cansancio de estos meses hacer caprichosa mella en mi ánimo, hasta que comprendí que poseer aquella hoja no era importante. Nada lo era en realidad. Estaba allí, solo yo, fresco bajo la sombra del árbol Bodhi, y una hoja más o menos entre las páginas de mi cuaderno no significaba nada realmente. Me disculpo ante el lector por esta inesperada perorata introspectiva. Solo siento que, noches negras como las de hoy, es bueno compartir no solo lo visto, sino también lo sentido.

Salí del templo y me dirigí al mercado de refugiados tibetanos. Escondido en una enorme nave a pie de calle, no demasiado lejos del Mahabodhi, vende chales, mantas y diversos artículos de ropa hechos con kashmir o lana de yak. Es agradable pasar tiempo con ellos e interesarse por sus vidas, aunque la inmensa mayoría me confiaron que nunca habían respirado el aire seco de su tierra. Estaban atrapados en aquel mercado, desde que sus padres vinieron y ellos nacieron.

Decía Kapuscinki, tras pasar varios años en India, que no importaba cuantos libros leyera ni cuantas calles paseara, jamás llegaría a entender un país tan intrincado. Ocurre con las lenguas, culturas y religiones como con los tuc tuc, motocicletas y cabras en la carretera: solo un indio sería capaz de moverse con agilidad entre su caos premeditado. Llevo una semana aquí y ya entiendo perfectamente al periodista polaco. Mi sofá desaparecido es prueba de ello.

Mañana viajaré a Benarés, capital espiritual del hinduismo, en el tren de las dos y media. Entonces hablaré con los indios y procuraré observarlos disimuladamente para intentar explicarte a ti, lector experimentado, por dónde se escapan las palabras y comienzan los colores de la realidad.