¿Por qué hay exotismo?

Hago un repaso de conceptos después de pelearme por un pollo en Filipinas

Hoy ando nostálgico, como viajero y como madrileño porque todo apunta a que nos vuelven a encerrar. Una desidia insoportable se apodera del reportero de viajes que lleva ocho meses sin salir de Europa y hoy no quiere recomendar destinos, ni contar historias apasionantes sobre los recovecos desconocidos de nuestro mundo maravilloso. Prefiere contar una anécdota que le ocurrió en Filipinas, hace dos o tres años, cuando trabajó como jardinero en un hotel al sur de la isla de Palawan, un hotel cuya dueña se llamaba Raquel. Animo al lector a reflexionar conmigo o, en caso contrario, a buscar otra noticia que sea de su interés. Tiene de sobra para elegir.

Raquel no solía pasar mucho tiempo por allí. Le gustaba acercarse cada pocos días para comprobar que todo siguiese en orden, comíamos juntos algún pescado que ella hubiese cocinado y después de una charla breve se despedía hasta los días siguientes. Nunca vino un inquilino al hotel y estaba contenta por cómo cuidé las plantas. A lo largo de aquél mes de mayo, el árbol de mango dio sus frutos y yo pude hartarme de ellos, además, cada cierto tiempo las nubes abrían una brecha misericordiosa para dejar pasar hilillos de sol.

Dedicaba esas horas a la playa. Como imaginé el día de mi llegada, centenas de cangrejos del tamaño de mis dedos correteaban por la marea baja, aquí zigzagueaban rabiosamente al vislumbrar mis manos y rápidamente excavaban un hoyuelo para esconderse. Solo los más valientes se confundían muy quietos en la arena y cuando yo me acercaba, salían escopetados entre mis piernas, como lucecitas de un color claro resbalándose en la arena. Claro que jugué a cogerlos y varios corretearon histéricos por mis manos, también hubo dos o tres que parecían tan grandes que pensé en comérmelos. Pero luego recordaba las noches de tormenta y veía el mar palpitante, mirándome con sus ojillos amenazadores, entonces me decía que lo mejor era no molestarlo y dejar a sus criaturas de vuelta en su lugar.

Las palmeras se mostraban como una señal de amenaza y de cobijo. Sus frondes alargados hacían de parasol los días sin lluvia, también servían como refugio refrescante frente al calor, pero sus cocos se balanceaban en un compás peligroso. Bastaba una ráfaga de viento fuerte para que alguno cayera a pocos metros de mí, duros como rocas. Así me relajaba a la sombra pero mirando con asiduidad hacia los cocos.

No puedo expresarte cuántas cosas aprendí aquél mes, aunque sí podría contarte algunas. Memoricé las finas líneas que dibuja la marea al bajar sobre la arena, conocí los patrones que las guiaban y disfruté buscándolos. Tras muchos golpes contra las piedras, aprendí a abrir limpiamente los cocos con un borde cortante, a beber de ellos y a guardarme su sabor dulzón. Supe tras varias escaramuzas qué tipo de roca guardaba más cangrejos, descubrí que los pececillos de colores que navegan entre el coral suelen evitar estas zonas repletas de pinzas y chasquidos.

Aprendí muchas cosas, a descubrir la lluvia y a escuchar sus peticiones. Cada gota de lluvia se me antojaba como una súplica, cada una cargaba la suya, pero siendo tantas y tan estridentes sus aullidos tienden a confundirse, haciéndonos pensar que se tratan de simples redobles de tambor. Distinguí el divertimento de los truenos bajo un nuevo aspecto, siempre ruidosos en sus palacios del cielo, diciéndome que eran sus carcajadas las que sonaban en las noches de tormenta. Disfrutaban irritando al irascible mar. Aprendí a acariciar cada rayo de luna con el mimo que significa y a no añorarla las noches nubladas.

Aprendí a confiar en las personas. La primera tarde que me acerqué al puesto de las gallinas en el pueblo, el vendedor me dijo:

- Quinientos pesos por un pollo.

Acostumbrado a mis regateos en los mercados musulmanes, rápidamente cogí la delantera y comencé una furiosa verborrea de contradicciones para rebajar dos céntimos el precio, un tira y afloja, mientras el vendedor luchaba perplejo.

- Le he dicho que son quinientos pesos.

- Quinientos pesos no vale este pollo. Quizá cuatrocientos. No. Trescientos cincuenta.

- No sé qué quiere que le diga.

- Cuatrocientos. Ni para ti ni para mí.

Durante el enfrentamiento, una mujer de rostro redondo y sonrisa fina se acercó a nosotros, y pidió al vendedor un pollo para cuando terminara conmigo. El vendedor hizo un gesto, cogió una de las gallinas y se la dio a la mujer. Pude ver el billete de quinientos pesos deslizarse de mano en mano mientras yo me sentía una farsa.

- ¿Por qué ustedes los europeos se piensan que solo en sus países se libran del regateo? – preguntó el vendedor mientras le hacía el pago y me preparaba la gallina - ¿Acaso creen que nosotros no sabemos lo que son los precios fijos?

Me sentía farsante porque había cometido el error de creerme mi cuento, igual que tantos viajeros. Y si todo cuento es producto de la ficción, esto es, de una mentira o de una verdad tergiversada, mi cuento era mentira y lo mismo era yo. Vestido con los pantalones viejos míos, la camiseta sucia y la barba enmarañada, lejos de las normas y de lo conocido y de mi casa, todavía pensaba sin quererlo, aunque fuera muy profundo, que mi vida era en realidad una historia, un cuento bonito. Mostraba decorados bien definidos y personajes creados con delicadeza. Me sentía libre en mi playa, afortunado, aventurero, y un aventurero viaja a países exóticos para discutir encarnizadamente con los vendedores de pollos. Todavía representaba un papel, pese a haberme librado ya de tantas cargas, el papel del aventurero que regatea y patalea hasta que le dan el pollo envuelto.

¿No piensas que este es el papel del aventurero, regatear y descubrir mundos nuevos? ¿No es así como los pintan en los libros? Tras descubrirme un farsante comprendí también cómo me habían condicionado tantos libros de viajes que había leído, y me di cuenta de que estos libros son terribles para el destino del mundo por una razón. En sus líneas, quizá con buena intención, o quizá con intención de glorificar sus aventuras, el escritor tiende a explicar las diferencias que marcan una cultura de la otra y obvia las características que las unen, es decir, marca los parajes de lo extraño bajo las líneas de lo exótico, y es gracias a tareas como esta que se ha creado un mundo a cada paso más diferenciado en vez de (como debería haber sido) más unido. Sentí rabia contra estos libros por separar con frases tan bellas al mundo, y por definir oriente como exótico sin tener en cuenta que para ellos es occidente el exotismo.

Eso pensé y aun así escribo esto. Supongo que porque en el fondo me resisto a pensar que sea así.

La vanidad de los viejos escritores permitió tergiversar sus viajes para separar el mundo entre lo civilizado y lo salvaje, lo pulcro y lo corrupto, lo cercano y lo extraño. Dividiendo el mundo en un puñado de gruesas líneas aparentemente infranqueables. Ni siquiera los escritores más volcados en la protección de una cultura ajena pudieron escapar a la trampa, tan preocupados como estaban por defender dichas culturas que fueron ellos quienes más las diferenciaron. En un momento, tras pasar una página o haber leído un nuevo libro, parecemos haber olvidado que los habitantes de estos países “exóticos” también tienen sueños, miedos, dioses y delirios, exactamente iguales a los tuyos o los míos. Aunque los anuncien con un nombre diferente. En este caso, ¿qué será más importante, el nombre o el contenido?, me preguntaba. Pero la respuesta aparecía rápida. Siendo los nombres tristes palabras que viven con el miedo constante de perder su contenido.

Aprendí a confiar en las personas y creer menos en mí mismo y los libros que había leído. Así estaba mejor.