Ávila: cuna de santos y cama para traidores

Desde sus murallas hasta las habitaciones de los palacios, Ávila juega a equilibrar todo lo bueno y lo malo que tiene España para presentar

Murallas y Catedral de Ávila.
Murallas y Catedral de Ávila.Alfonso Masoliver

Todos los caminos de España conducen hasta Ávila. No recuerdo a quién se lo escuché decir, es probable que nadie me lo dijera y me lo esté inventando, pero tiene algo de verdad. De una forma u otra, llegan desde el norte español que es uno de riscos y olas rugientes, desde el sur abrasador, desde el oeste montaraz y desde el este soleado. Desde las islas que parecen flotar en una frontera de fantasía. No sabría explicarlo porque es una sensación de esas que no sabes si son mentira o son verdad, ocurre como las emociones potentes que arrancan a galopar la imaginación. De las que deseas que sean verdad. Todos los caminos terminan en Ávila y si no es así, desearía que fuera verdad.

Caminando por sus calles es sencillo comprenderlo porque paladeamos a una misma vez los sabores de la virtud y del pecado; aquí, en este mismo terreno que pisamos, berrearon por primera vez los santos y maquinaron sus artimañas los traidores más desvergonzados. Todos los caminos llevan a Ávila, peregrinando de la mano la virtud y los consejos del pecado, compañeros por una ocasión.

Murallas

Las murallas rebobinan el recuerdo una y otra vez. Resulta que fue al pie de estas, en su lado exterior, donde se reprodujo la conocida Farsa de Ávila. En la que el Obispo Carrillo, bisbiseando maldades al oído de un jovencísimo e inocentón infante Alfonso de Castilla (hermano de Isabel la Católica), consiguió alzar una sublevación contra el rey Enrique IV. Lo rebobina una y otra vez, quizá pensando que podría haber desprendido una de sus fuertes piedras para que alcanzasen al obispo en la coronilla, lamentándose por haber perdido esta oportunidad de oro que pudo impedir una matanza que se prolongaría durante tres años. Hace como el vagabundo que cuenta cada noche las camas en las que ha dormido, rebobina las matanzas una y otra vez, señalando a los traidores. Posamos la mano sobre su piedra, la sentimos palpitar. Nos transmite sus temores. Es piedra vieja, las primeras fueron colocadas en el año 1101 y parecen tener miedo de olvidar. Cosas de la edad.

Merece la pena pasear sobre las murallas de Ávila para conocerla en profundidad. FOTO: Alfonso Masoliver

Alfonso I de Aragón. Traidor. En un intercambio de rehenes no quiso cumplir su parte del trato y ejecutó a sesenta abulenses frente a las murallas, luego ordenó freír sus cabezas como escarmiento. Enrique de Aragón. Traidor. Efectuó el Golpe de Tordesillas para apresar al rey Juan I de Castilla y lo empujó hasta Ávila, donde atravesaron juntos las murallas y se realizó una jura de Cortes tan fraudulenta como la que más. Napoleón y sus secuaces. Traidor, traidores. Dejaron arder las valiosas fábricas textiles que bordeaban la ciudad.

Ávila es frontera de virtud y de pecado, ya se dijo, y como tal se comporta. No debemos caminar demasiado hasta que los conceptos de bondad y maldad comienzan a difuminarse, a superponerse unos sobre los otros. Ocurre con las murallas, en apariencia infranqueables pero salteadas con puertas de entrada que las abren a cualquier visita, la Puerta de San Vicente, la Puerta del Alcázar, la Puerta de la Malaventura, la Puerta del Rastro, la Puerta del Puente, la Puerta del Peso de la Harina, la Puerta de la Santa, la Puerta del Carmen. Ocurre con los traidores enamorados de sus causas. Un ejemplo ideal serían los Comuneros que establecieron su Junta en Ávila, hay quien dice que fue en la Capilla de San Bernabé, y cuya causa se ha difuminado como ocurre con todo en esta ciudad hasta romantizarla.

Catedral, iglesias

Resulta salvaje este pecado tan romántico, nos entran ganas de no soltarlo. Pero hemos entrado en la ciudad, dejando las murallas atrás mientras buscábamos la Capilla de San Bernabé. Y descubrimos el eco de nuestros pasos repicando por la Catedral. Si se presta la atención debida al eco, escúchalo, es maravilloso, el mismo sonido es uno tan opaco como las revoluciones y las traiciones y las sensaciones o nuestros propios actos, que muchas veces ignoramos si fueron equivocados o correctos. Nos sentimos abrigados por la Catedral. Es que la Iglesia Catedral del Salvador será el punto exacto donde los caminos de los que hablábamos se concentran en un punto muy reducido, revoloteando a ras del suelo, chocando los unos contra los otros y devorándose entre ellos como hacen los insectos en verano.

Cúpula de la Catedral de Ávila. FOTO: Alfonso Masoliver

Cuando las faltas se hunden agotadas, comienza la metamorfosis de la ciudad. A la derecha de su altar, la Capilla de Santa Teresa de Jesús abre la puerta a una retahíla de nombres santos: la propia Santa Teresa, San Juan de la Cruz, San Segundo, San Vicente, San Andrés, San Pedro, Santo Tomás, Santiago, San Juan Bautista, San Nicolás. Solo la primera nació en esta ciudad mientras el segundo nació en una localidad cercana, pero no llega a importar que el resto sean los nombres de sus iglesias y monasterios. Santos de carne y hueso, santos de piedra. En el conglomerado de conceptos que sobrevuelan Ávila, lo mismo da uno que lo otro.

He visitado decenas de países que puede que lleguen al centenar, tantas iglesias, mezquitas, sinagogas y templos que nunca me molesté en contarlos, paisajes embravecidos que no sabría explicarte, y es aquí donde siento una necesidad animal por amar y por odiar. Aquí descubro, estupefacto, que en el fondo desconozco con exactitud qué es el bien y qué es el mal. Es confuso y peligroso. Sumamente placentero de saborear.

Palacios

¿Y qué mejor ejemplo para buscar los extremos que la nobleza castellana del medievo y la Edad Moderna? Ellos eran expertos en esta clase de asuntos y yo te diré por qué. La capacidad de hacer el bien o provocar algún mal depende casi en exclusiva del poder que tengamos para actuar, del abanico de oportunidades que nos presente la vida, o eso dicen algunos sabios cuando señalan al conocimiento como base de la libertad. Siendo esos nobles viejos quienes más posibilidades veían desplegarse ante sus ojos, resulta comprensible que sus actos fueran a su vez los más excesivos.

Iglesia de Santa Teresa de Jesús, Ávila. FOTO: Alfonso Masoliver

Asoma el Palacio de los Dávila, hogar del don Pedro Dávila cuyo arte para guerrear sería crucial en Olmedo, Tordesillas, Sepúlveda, Segovia y Alcalá de Henares. Si pegásemos una oreja contra sus muros, todavía puede escuchársele afilando su puñal. El Palacio de los Verdugo es ahora sede de la Secretaría General del Grupo de Ciudades Patrimonio de la Humanidad de España, desdeñando su lóbrego nombre. El Palacio de los Águila sirvió como escenario para la obra más conocida del escritor argentino Enrique Larreta, La gloria de don Ramiro. Ya no debe sorprendernos que esta trate sobre un noble abulense que vive dividido, no, desgarrado entre sus obligaciones cristianas y su pasión incontenible por los placeres mundanos. Don Ramiro se trata de otra víctima en las encrucijadas que dominan esta ciudad.

No pueden verse pero sí sentirse en la Plaza del Mercado Chico, aunque ande vacía, los centenares de virtudes y pecados que asoman como harían las manos de los muros de las casas, desde el propio suelo, se estiran y alargan los dedos para agarrarnos, piden limosna; son tantos que llegamos a temer que nos asfixien. Llevan congregándose aquí desde tiempos del emperador Constantino, entremezclándose entre sí y esperando a que alguien quiera recogerlos.

Resulta que no lo sabían, nadie se lo había explicado, pero una vez cruzaron las murallas de la ciudad un hechizo se abalanzó sobre ellos. Ya no podrán salir, al menos hasta que uno de nosotros decida repetirlos. Allí surgen unos dedos gruesos como los tenía Carrillo, suplicando una nueva traición. Acullá las manos encallecidas de Maldonado, palpando el suelo en busca de excusas para guerrear. Las manos de Santa Teresa parecen flotar, las de Alfonso I de Aragón gotean sangre y aceite hirviendo. Sus ruegos son inútiles. Queda en manos del lector a cuáles liberará.