Segovia al desnudo, Segovia engañada

Un paseo por las calles de la vieja corte castellana se transforma en un embrujo, imposible de romper hasta que salimos de vuelta por sus murallas

Una visión que hasta ahora no había descubierto en ninguna ciudad fluye por Segovia. Ando acostumbrado al ajetreo de la jungla urbana, a los bocinazos abalanzándose desde las esquinas, carreras a cualquier parte (que en realidad son a ninguna parte), todo ello encantador en ocasiones, sí, pero puro estruendo. Segovia, por otro lado. Extraña ciudad la que parece murmurar por sus mismas calles el comentario que soltó Fernando VII a su ayudante, ese de “vísteme despacio que tengo prisa”.

Como toda ciudad, Segovia circula con cierta prisa; lo hace con un paso, una ligereza meditabunda y exquisita. Hasta tal punto se cumple el refrán que ocurre cuando se cruzan los arcos de su acueducto, dicen que construido por el mismo Diablo, que el tiempo se detiene por un segundo breve y experimentamos una nueva sensación, fruto de una súbita rebeldía segoviana. Es obra del diablo, obra de la ciudad que anda encantada, obra de los fantasmas nobles que la pululan. Segovia nos está desnudando, prenda a prenda y descarada, quebrando el refrán a su antojo.

Calzado, pantalones, camisa

Nos sustrajo los zapatos cuando menos lo esperábamos, en el acueducto precisamente, quizá como medio de venganza porque el mismo monumento también fue descalzado hace años, al serle sustituidas sus estatuas de Hércules por la que hoy puede verse de Nuestra Señora de la Cabeza. Un quid pro quo, que digamos, murmura el acueducto en su lengua materna antes de hacerse a un lado. Son 160 arcos los que cruzamos de un solo paso.

Al proseguir el camino, se desprenderá nuestra camisa en la Casa de los Picos. Es inmediato. Un movimiento en falso y, esos mismos picos que fueron cincelados como método de pura defensa de la casa, en tiempos más convulsos, parecerán haberse estirado. Enviciados por su cometido siguen actuando, aunque hoy sea la Escuela de Arte de Segovia y no tengan nada que temer. Pero es comprensible su cautela, son demasiadas refriegas que ha sufrido esta ciudad, el sitio de los Comuneros, las expediciones traicioneras del Marqués de Villena en plena noche, los cuchillos cortos que se lanzaron las familias segovianas a lo largo del siglo XIV. Ya perdió su costumbre de preguntar antes de arrancar.

Se sigue el paseo hasta llegar a la Plaza de Medina del Campo, esa que dicen es una de las más bellas de Europa y situada junto a la calle de Juan Bravo. Se observa una estatua del noble castellano ondeando su bandera, e inevitablemente la visión se resbala hacia su izquierda, a la Iglesia de San Martín. Esta fue destruida en las luchas segovianas del siglo XIV. Tras ser reconstruida, sirve como escondrijo de capillas barrocas y góticas de visita inexcusable. Resulta en un preludio excelente antes de continuar calle arriba y alcanzar la Iglesia del Corpus Christi, antigua Sinagoga Mayor.

Dice la leyenda de este templo que un sacristán de Safagún vivía acosado por las deudas, en tiempos del rey Juan II de Castilla, y que dominado por su desesperación no tuvo otro remedio que pedir dinero prestado a un médico judío, de nombre Domair. El judío accedió a realizar el préstamo, con la condición indiscutible de que el sacristán le entregase a cambio eso que llamaban el Cuerpo de Cristo. El sacristán cumplió, Domair también, y continúa la leyenda con que este médico codicioso llamó a todos los judíos de la ciudad para profanar el valioso tesoro. Dispusieron una olla con agua hirviendo y, en el momento exacto en que soltaron la hostia consagrada para que cayese dentro, la hostia voló, algo así, voló entre las callejas de Segovia de vuelta a su templo, arrastrada por un viento, con todos los judíos vociferando tras ella y presa de un terror imaginable. Cuando consiguieron atraparla, temerosos de un castigo superior a ellos, devolvieron la hostia a sus dueños legítimos y juraron no intentar jamás nada parecido. Pues bien. Igual que ellos perdieron los pantalones corriendo tras el milagro, los pierde el visitante al rememorarlo.

Calcetines, joyas, ropa interior

Somos conscientes de que la ciudad nos está derrotando. Son tantos años de experiencia, piedra vieja, que no sirven las herramientas de la carne para combatir contra ella. Hace frío, corre un viento fresco entre las puertas de su muralla, la puerta de San Andrés, la puerta de Santiago y la puerta de San Cebrián, es un viento desnudo al igual que camina el visitante, pero más puro. Viene desde los campos de Castilla para reposar en la ciudad, como hace cada año cuando asoma el otoño. Se filtra por la Plaza Mayor durante los jueves que hay mercado, entre los arcos de la torre de la Iglesia de San Esteban, acaricia los pinos y los frutales en las Huertas de Hontanilla.

La Iglesia de San Miguel, junto a la Plaza Mayor, frente a la Catedral, nos roba los calcetines y las joyas y todo lo demás. Al igual que ocurrió con el acueducto, este violento tirón de ropas es uno justo, porque la misma iglesia también sufrió una profanación semejante. Fue demolida en 1532 para ser reconstruida poco después. ¡Demolida, desnudada de la manera más humillante! Escaso precio nos hace pagar por pisar el mismo suelo (que no cubrirnos por el mismo techo) en que Isabel I de Castilla fue coronada reina tras la muerte de su hermano, Juan Pacheco fue investido maestre de la Orden de Santiago, los Comuneros llevaron sus juntas en 1520 y 1521. Antes de ser aniquiladas por las tropas imperiales de Carlos V.

Ya desnudados deambulamos por la ciudad como vagabundos de las piedras, chuchos del viento, la excitación que nuestro destape provoca en el espíritu no hace más que empujarnos a seguir caminando, dominados por unas manos más poderosas que nosotros. Marionetas de Segovia. La ciudad nos ha infundido su calma pero nosotros no podemos evitar saborear su gloria. Por ejemplo degustando un cochinillo en el Asador Casa Duque, antes de visitar su Alcázar.

Músculos, huesos, entraña

Cada paso que dirigimos hacia su Alcázar, siguiendo dócilmente el recorrido de la muralla, tiras de piel y músculo se desprenden. ¿Lo comprendes? Hemos pasado por la Antigua Judería y fue aquí donde la barrera de nuestra realidad debilitada se derrumbó. La ciudad de Segovia, voraz, lenta pero meticulosa, se dispone a arrebatarnos las últimas migajas de esencia que nos quedan por entregarle. Milímetro a milímetro descorre nuestra piel por cada metro de muralla, creo que quiere implementarla a sus gruesos muros de piedra y argamasa, como protección alternativa a los nuevos enemigos que puedan acosarla.

Huesos y órganos llegamos al precipicio del Alcázar pero no lo hacemos debilitados, al contrario, ya nos hemos contagiado de su calma relativa. Observamos sin recelo la caída de 26 metros del foso y entramos. Sucede un vertiginoso arrastre por habitaciones y salones adornados por hombres que hoy son algo parecido a nosotros, ya son huesos, quizá sean polvo, pero podemos palpar las mismas columnas en las que se apoyó Juan II tras ser traicionado por su hijo, los mismos pasillos por los que tarareó este mismo hijo, Enrique IV, las habitaciones donde gritó Juana la Loca, el salón del trono que dominaron Isabel y Fernando, las vistas que extasiaron a Felipe II, Felipe III y Felipe IV. Antes de llegar a la plaza de armas llegamos a la terraza, y aquí se consigue la penúltima parte del embrujo segoviano. Rodeados por los ríos, los monasterios fuera muros y los campos castellanos, se derriten los ojos, arden las entrañas y el corazón y los pulmones. Al rozar con las falanges los morteros y pedreros que protegieron este Alcázar, un eco amargo de los cañonazos quiebra en un instante nuestros huesos.

Astillas se desperdigan por el suelo y nosotros nos preguntamos: ¿qué queda de nosotros? Un fantasma, algo así, puede ser, que se arrastra de vuelta a la calle y vuela atraído por su último destino.

Es la Catedral de Nuestra Señora de la Asunción y San Frutos. La última de su especie construida con estilo gótico en nuestro país. Hasta aquí se desplaza con el mismo sosiego nuestro espíritu liberado, ya no quedan suelos ni esquinas capaces de desgastarnos, y entramos, subimos y bajamos su torre, contamos sus diecinueve capillas decoradas con finos retablos. En la Capilla de la Concepción, un cuadro pintado por Ignacio de Ries nos recuerda: “mira que te vas a morir, mira que no sabes cuando; mira que te mira Dios, mira que te está mirando”. Sobre el Árbol de la Vida aparece representada una gozosa orgía, y Jesucristo y el Diablo esperan en el suelo a que el árbol caiga. En cualquier otra situación, esta imagen tétrica sería estremecedora, pero hoy nos sentimos tan libres, tan pletóricos por descubrirnos limpios de carne y de pecados, que no podemos sino maravillarnos con los versos y los colores que adornan el óleo.

Es aquí, en el claustro de la Catedral y frente al fresco de María del Salto (convertida al cristianismo tras ser salvada por la Virgen al caer por un precipicio), donde se cumple lo imprevisto. Es el final de este hechizo segoviano. Cuando la ciudad también nos desnuda el espíritu, y susurra triunfal: te he devorado. Desnudos de ropa, músculos, huesos, tripas, labios, nos sonreímos porque no, no nos ha devorado, la ciudad mágica se ha equivocado. Mientras utilizábamos una mano para desnudarnos, con la otra robábamos sus encantos, y cuando salgamos de sus murallas recuperaremos este cuerpo que nos ha tocado. Es solo que ahora lo llevaremos contaminado por sus historias, breves trazas de granito, veras cruces, esquirlas de viento aprisionado. Permitimos a Segovia poseernos por un día, la engañamos. Luego esperamos a que cayese la noche y la robamos.