La típica zona mona de Japón me resulta insoportable

El Parque Nacional de Fuji-Hakone-Izu podría considerarse una de las zonas más bellas de Japón, envuelta en un tipo de magia y naturaleza capaces de incomodar al visitante

El lago Ashinoko con el monte Fuji de fondo.
El lago Ashinoko con el monte Fuji de fondo.ArminEP pixabay

¿Qué nos atrae de Japón? ¿Es el misterio? ¿La estética sedosa, su maniática delicadeza? ¿Los almendros en flor durante los primeros días de primavera? ¿Su imaginación expansiva, cada vez más alocada y casi tenebrosa? ¿Qué puede empujar a un ser humano a viajar tan lejos de su hogar, hasta una isla odiosamente húmeda y cuyos habitantes tienen fama de ser en extremo amables, pero distantes con los forasteros? ¿Es el sueño del monte Fuji con la punta nevada? ¿Es pura curiosidad? ¿Ansia por cambiar, encontrar un nuevo mundo sin tener que vestir el incómodo traje de los astronautas?

Últimamente me hago esta pregunta como reportero de viajes, como viajero, como persona en general. ¿Por qué nos molestamos en gastarnos los ahorros de tres años en un viaje de quince días? ¿Es por sentir un nuevo ángulo del sol bañándonos las mejillas? ¿Encontrar nuevos mapas celestes? ¿Escapamos del invierno, vamos a buscarlo?

La niebla en las montañas

El Parque Nacional de Fuji-Hakone-Izu (富士箱根伊豆 国立公園 para los entendidos) es la típica zona mona de Japón. A menos de una hora en tren desde Tokio se despliegan una serie de montañas cubiertas por arboledas suaves, tanto que parecen recortadas y diseñadas con mimo por la misma naturaleza. Desde la ventanilla del tren bala, cuando los paisajes parecen lagrimear con colores azules, verdes, grises, blancos, el visitante siente la incómoda sensación de observar enormes rocas cubiertas de musgo y líquenes, aunque en realidad sean árboles corrientes, y se siente chiquito como un escarabajito atravesando las rocas. Experimentamos un impulso de estirar la mano, arrancar el musgo y los árboles, destruirlo todo, borrar su belleza y carcajearnos con malicia. Existe cierto placer en este deseo de destrucción. Porque en ocasiones la belleza se vuelve insoportable para nosotros y queremos aniquilarla.

Almendros en flor próximos al monte Fuji.
Almendros en flor próximos al monte Fuji.jurenjeab nakadreamstime

Tanto rencor guardamos hacia esta belleza (porque solo será nuestra por unos días, hasta que regresemos a casa) que sentimos cierta hermandad con la niebla que cubre sus montañas durante las últimas horas de la tarde, cuando las cumbres se desdibujan y se afean. En este parque que domina el archiconocido monte Fuji, un viejo volcán. Hace 600.000 años erupcionó por primera vez y desde entonces se han amontonado sus leyendas en las laderas, como las botellas de oxígeno en el Everest, igual de vistosas. La leyenda más conocida es la de Kaguyahime, la hija del Reino de la Luna que fue encontrada por un leñador dentro de un tronco de bambú, cuando la chiquilla no era mayor que el tamaño de un pulgar. Y quiero pensar que las leyendas del monte Fuji moldearon su lava, y no fue la lava quien dio forma a sus leyendas. Aquí ardo en deseos de brincar a un mundo imaginario y vacío de personas, solo para ser testigo de una erupción aterradora y morir sepultado junto con la belleza, sin dolor, solo alivio.

No me he vuelto loco. Es esta belleza insoportable que no me deja dormir cuando la recuerdo. Y querría haber tenido más fuerza para haber acabado con ella.

Todo bonito

Los museos que acordonan el monte también son bonitos, es desesperante, aquí todo es bonito y me mira con un descaro. El Museo del Principito es bonito y contiene rosas e inocencia y zorros de plástico petrificados. El Museo del Cristal Veneciano es bonito y lo refresca un lago artificial, enseña al visitante formas que no comprendo y árboles iluminados por centenares de luces de colorines. El Museo de Hakone de Fotografía es tan bonito, caramba, es tan bonito que sirve más para hacer fotografías en sus jardines que para ver las exposiciones. Un museo de fotografía para hacer fotografías, parece una tomadura de pelo, es frustrante, ingenioso, es condenadamente bonito.

El Museo de las Muñecas de Hakone es bonito sin remedio. Como si no fuera suficiente con tener un museo del Principito, los japoneses fuerzan de tal manera que a pocos kilómetros han abierto un museo de lindas muñecas que resultan tentadoras, porque nos arrastran hacia los recuerdos de la niñez y su época sin preocupaciones. Los campos de hierba de Sengokuhara Susuki son bonitos, no, son bellos, y aquí nuestro pulso tiembla porque reconocemos que bastaría con encender una pequeña cerilla para arrasar toda su belleza en una hora. Nuestros ojos brillan con reflejos de cielo y hierba, se iluminan pervertidos mientras acarician la cerilla en nuestro bolsillo.

Museo del Principito en Hakone.
Museo del Principito en Hakone.Jens Tobiskadreamstime

Huevos negros

Esto es real. Acabé agotado por lo bonito cuando visité el Parque Nacional de Fuji-Hakone-Izu y sentía los músculos de mi faceta cruel agotados, me pedía la vocecita de mister Hyde que buscara algo malo que hacer. Es que soy un tipo complicado. Todos lo somos. Difícilmente nos contentamos. Cruzamos medio mundo en busca de la belleza y una vez la encontramos nos incomoda, y queremos refugiarnos en un rinconcito que nos haga sentir mejor con nosotros mismos, una esquina que sea casi tan fea como nosotros. Recelamos y deseamos los viajes a partes iguales, sospecho que por esta razón sentimos la necesidad de visitar cualquier lugar de la mano de un guía. No tanto por comprender a fondo la región que visitamos sino para no involucrarnos del todo y distanciarnos de alguna manera de su fuerza, interponiendo al guía entre nosotros y ella. El guía que nos muestra la fealdad del ser humano y la belleza que lo alimenta.

Busqué algo feo en Hakone y se me ocurrió ir a Ōwakudani para probar unos huevos, duros y de color negro, que se cocinan en las aguas termales cerca de Fuji, y probé los huevos de aspecto malísimo y aspiré el azufre que manaba como un yonki de lo deforme. Pero podré creerlo alguna vez. Este olor a azufre se barajaba con los aromas frescos de la vegetación y la humedad de la tierra, se introducía imparable en los pulmones y desarrollaba dentro de mi cuerpo, en los pulmones y la sangre contaminada que fluía por entre mis venas, un tipo de belleza monstruosa y enrevesada. Una belleza destructiva que acompañaba el delicioso sabor de esos huevos. Entonces supe que la destrucción también era hermosa, y que si hubiese tenido el valor de prender fuego a aquellos campos los habría transformado con una belleza terrible, efímera y descontrolada.

La belleza de Fuji cabalga entre la destrucción y la creación, entre la oscuridad y el cielo azul. Es una belleza bipolar e indestructible. Como un desierto, parecida a los océanos. Viaja al monte Fuji para encontrar la belleza insoportable y sentirte feo dentro de ella, aguanta tus impulsos, y si le dedicas el tiempo necesario no tardarás en comprender tu diminuta belleza. Y si esto no es magia verdadera, que baje Kaguyahime del Reino de la Luna y lo vea.