¿Qué tiene que ver el Bluetooth de nuestros teléfonos con los vikingos?

El rey Harald Bluetooth puede ser la clave para responder a la pregunta

Castillo del rey Harald Bluetooth en Fyrkat.
Castillo del rey Harald Bluetooth en Fyrkat.Alfonso Masoliver

Hoy empezamos la pieza con una graciosa curiosidad. ¿Sabía el lector por qué el Bluetooth de nuestros teléfonos móviles recibe este nombre precisamente, y no cualquier otro? Pues bien. Para encontrar la respuesta tendremos que catapultarnos a la Catedral de Roskilde (Dinamarca) y buscar durante una noche muy oscura la tumba de un rey vikingo que fue asesinado por su propio hijo a finales del siglo X, a continuación tendríamos que acercar una velita a la lápida y leer su nombre: Harald Blåtand. También conocido como Harald Bluetooth. Y si luego sacamos nuestro móvil y miramos el logo del útil enlace de radiofrecuencia, podríamos comprobar que está conformado por las runas hagall (una H vikinga) y berkana (una B vikinga). El misterio se resuelve así: uno de los sistemas de tecnología más útiles en el día a día de todos los ciudadanos del mundo del siglo XXI fue nombrado tras un rey vikingo.

¿Pero quién era el rey Harald Bluetooth? ¿Por qué le llamaban así? ¿Y qué rayos tiene que ver con un artículo de viajes?

Mordisqueo un puñadito de amanita muscaria (siempre mezclada con mi orina para rebajar su efecto mortal) o, mejor todavía, bebo un generoso vaso de hidromiel contaminado con cornezuelo de centeno; así entraré en un estado psicotrópico similar al de los guerreros berserker cuando asesinaban y traicionaban a pecho descubierto. A continuación camino sobre un frágil portal temporal que me lleva a dos extremos de la historia. Avanzo un paso sobre una granja húmeda y vacía en la península de Jutlandia en octubre de 2021, avanzo otro paso rodeado de bullicio y del entrechocar de las hachas contra los escudos y me acarician las mejillas doscientas lenguas de fuego en octubre del 991, avanzo un paso sorteando una solitaria mierda de cabra, avanzo otro paso bajo miradas suspicaces, azules, peligrosas como el hielo quebradizo. Camino tirando del hilo que termina en el diente azul del rey vikingo, a medias entre la historia irrefutable y nuestro presente manchado de fantasía.

“Los cristianos no son de fiar”

Algo así le diría el rey Harald a su segundo tras regresar derrotado del norte de la actual Alemania, después de haber renegado a todos los dioses de sus antepasados por orden del victorioso emperador Otón I, después de haber besado, con la espada germana rozando su cuello, la cruz de este dios cristiano que juró asesinar de niño. Aunque la leyenda nos cuenta que la conversión del rey vikingo se debió a un bonito y piadoso suceso que le empujó irremediablemente a la fe católica. Se dice que un sacerdote apareció de improviso en su palacio, para soltarle la soflama de que había un único Dios y que haría bien en convertirse antes de que fuera tarde, la leyenda cuenta que el rey Harald se echó a reír y que, haciendo uso de la típica ironía vikinga, pidió al sacerdote que empuñase un pedazo de hierro ardiendo para demostrar a todos que su “dios” era capaz de protegerle. La leyenda, casi un mito, continúa diciendo que el sacerdote empuñó el hierro con decisión y que ni siquiera se le ennegrecieron las palmas de las manos. Que el rey Harald quedó tan maravillado por este milagro que inmediatamente cayó de rodillas y abrazó la fe verdadera.

Castillo del rey Harald en Fyrkat.
Castillo del rey Harald en Fyrkat. FOTO: Alfonso Masoliver

En realidad abrazó la fe cristiana manchado de su propia sangre y la de sus enemigos, sucio de barro y de rencor; arrodillado, sí, aunque con el pesado guantelete del lugarteniente de Otón I sujetándole el hombro. Se le dijo que únicamente podría volver a Dinamarca de una pieza si se convertía al cristianismo. Pero el rey Harald supuso que los cristianos no cumplirían su palabra, que no eran de fiar, y a su regreso no tardó en levantar cinco ciudades fortaleza (que sepamos) en torno a su reino para prevenir cualquier intento de conquista del Sacro Imperio Germánico.

¿Y qué tiene que ver esto con los viajes?

Bueno pues es que la mayoría de estas construcciones fueron incendiadas pocos años después del asesinato del rey Harald y fueron olvidadas durante siglos. Pero como nosotros tenemos magia en los ojos y en los oídos, vivimos alucinados entre el pasado y el futuro, hoy podemos visitar los restos de la ciudad fortaleza de Fyrkat y conjugar lo que sea que nos encontremos con los años del reinado del rey Harald Dienteazul.

Todo aquí es de un contenido altamente curioso. Una sala de hidromiel o sala de los banquetes (que era donde vivían los reyes de la época) reconstruida con una fidelidad exquisita recibe al visitante fuera de los muros de la ciudad. Rápidamente escuchamos los cantos y los brindis que se deslizan bajo la puerta, se resbalan por el estiércol y se meten como tapones en nuestros oídos, hasta embotarlos completamente y contagiarnos con esta ansia por beber y fornicar tan descaradamente pagana. Puede que no fuera bajo este techo, aunque definitivamente fue sobre este suelo donde el rey Harald barruntó durante noches enteras contra los cristianos enemigos a los que ahora se veía obligado a llamar hermanos.

Pero el rey Harald no lo supera, ni siquiera la espuma de la cerveza contribuye a levantar su ánimo. Entro en el salón y cuando mis ojos se acostumbran a la penumbra y al humo de las hogueras, puedo verle recogido entre pieles en una esquina, rodeado de fieles y aduladores. ¡Él es el rey Harald Bluetooth, el caudillo que unificó bajo su mando todos los territorios de Dinamarca casi sin despeinarse las barbas! ¡Él es el hombre más poderoso del sur de Escandinavia! ¡Y ha tenido que venir un perro cristiano a decirle que abandone la religión de sus padres para…! ¿Para qué? El rey Harald todavía no lo supera. Bebe una y otra cerveza lamentándose de la huella miserable que ha dejado en la Historia. Todavía no sabe que en el futuro será recordado como uno de los grandes reyes de Dinamarca, pese a su humillante derrota. Él no es como yo, como nosotros, que deambulamos con soltura por el pasado y el futuro. Aunque me basta un pestañeo para que las formas se desdibujen y que todo el bullicio que me rodea se esfume, hasta que un olor a cerrado invade el salón. Si agudizo el oído, todavía escucho los ecos de los lamentos del rey.

Interior de la ciudad fortaleza de Fyrkat y los restos de sus muros defensivos.
Interior de la ciudad fortaleza de Fyrkat y los restos de sus muros defensivos. FOTO: Alfonso Masoliver

El monumento a su miedo

Se eleva a unos cincuenta metros escasos del salón. Empalizadas de tres metros dibujadas en papel de calco sobre montículos de hierba de tres metros conforman un círculo perfecto. ¿Tanto miedo tiene el rey Harald de los cristianos, que ya no puede vivir si no es con este enorme recinto a tiro de piedra? ¿No puede pegar ojo como hacía antes, si no guardan su sueño cien soldados? Los arqueólogos han colocado dentro del recinto unas piedras pintadas de blanco que forman rectángulos y cuadrados: marcan el lugar exacto donde estuvieron los edificios de la ciudad fortaleza. Y desde lo alto de los montículos puedo divisar el territorio que me rodea. Nada escapa a mi ojo. Nada escapaba al ojo asustado de Dienteazul. Se dice que cuando ordenó construir las empalizadas en este lugar, los barcos vikingos podían llegar aquí desde el mar y que los funcionarios del soberano revisaban cada grano de trigo. Ahora el mar ha decrecido y no es posible que ninguna embarcación acceda tan adentro de la península. Si el rey Harald siguiera vivo hoy, se retorcería las manos angustiado y probablemente ordenaría levantar una nueva ciudad más al norte, persiguiendo incansable la espuma de olas.

Las setas, el humo y la cerveza me han mareado. Ya no sé quién soy, ni cuándo estoy exactamente. El rey lleva toda la mañana susurrándome al oído. Entonces veo a un rebaño de cabritas tumbado dentro del recinto y no lo sé, no sé qué pensar. ¿Son las cabras de los vikingos que hacen como siempre que se tumban en la hierba que mordisquean el suelo? ¿Son los animales de un ganadero danés del siglo XXI que, empujadas por algún tipo de memoria colectiva cabruna, se dirigen inevitablemente a descansar en el mismo lugar donde se tumbaron sus antepasadas?

Cabras en el interior de las ruinas de la ciudad fortaleza de Fyrkat.
Cabras en el interior de las ruinas de la ciudad fortaleza de Fyrkat. FOTO: Alfonso Masoliver

No lo sé. Cuando salgo de la fortaleza me rodean 30 tumbas de la época del rey Harald y cuyos montículos todavía destacan bruscamente sobre el llano de césped. Los investigadores encontraron en su interior los restos de varios niños y mujeres. Todos ellos fueron enterrados con la cabeza mirando al este, a la manera cristiana, pero, curiosamente, todos ellos fueron enterrados también con multitud de tesoros y enseres del día a día, a la vieja manera vikinga. ¡Ay, rey Harald! Poco a poco comprendo tus ideas. Viste a un sacerdote que cogía una vara de hierro sin lastimarse, tus dioses perdieron la batalla contra el Dios cristiano, tu destino te empujó a ser el primer soberano cristiano de Dinamarca. Los signos están allí y tú puedes leerlos. Pero todavía no quieres creerlo. Por eso, casi con alivio, entierras a los tuyos siguiendo los directrices de la nueva religión pero, como también eres precavido y todavía temes haberte equivocado… tu mayor terror es este, el de haberte equivocado y que tus esposas y tus niños sufran de tu parte la ira de Odín. Eres precavido porque los has enterrado siguiendo ambos ritos, solo por si acaso. Aunque a ti vayan a enterrarte en la Catedral de Roskilde y tu sepultura será como un órdago a Dios, sin vuelta atrás.

Ahora vuelvo al salón para beber contigo, antes de que se me pase el efecto de las setas y sea inevitable que te asesine tu propio vástago. Solo cuando entiendo el mal trago que pasaste porque fuiste el hombre más poderoso de Dinamarca durante los primeros veinte años de tu reinado, invencible, puro acero, mientras que fuiste un pobre personaje acorralado durante los últimos veinte años, un cristiano temeroso de Dios y siempre, siempre asustado. Así se resuelve la duda: ¿qué tiene qué ver Fyrkat con los viajes? Supongo que nos sirve para comprender que incluso los nombres más grandes de la Historia vivieron aterrados.