Viajes

La hazaña de llegar al glaciar de Steindaal

Uno de los glaciares más septentrionales de Noruega requiere de una mezcla de astucia y resistencia para dejarse ver

Valle del glaciar de Steindaal.
Valle del glaciar de Steindaal.Alfonso Masoliver

Quiero que el lector pueda adherirse completamente a mí. Que le invada un cachito de experiencia parecido a cómo sería en realidad, si al final no le crecen los bolsillos para coger e ir al Glaciar de Steindaal por sus propios medios. Intento que, aunque ya haga frío, que el lector sienta todavía más frío o, mejor, que el lector quiera tener un frío que le parta los puñeteros dientes. Y que empiece a sudar y a resoplar cuando el frío alcance su punto más alto. Procuro explicarme para que el lector se introduzca durante mil palabras en un mundo de contradicciones del corte más estrafalario posible. El escenario de hoy para nuestra juerga aventurera: el glaciar de Steindaal. O mejor: el recorrido que lleva al glaciar de Steindaal. Ya adelanto que este “recorrido” no es moco de pavo. Hablamos de un viaje del nivel diez y con pase de seguridad platino.

Inicio: Tromsø

Figura del Museo Polar de Tromsø.
Figura del Museo Polar de Tromsø.Alfonso Masoliver

El inicio en realidad es la casa de cada uno, pero nos entendemos. Uno llega a Oslo por sus propios medios y bajo su propio riesgo desde donde quiera que viva, coge un vuelo de conexión (o un billete de tren) a Tromsø y es aquí donde nos encontramos. Hace frío. Están esperando a caer los primeros copos de nieve de finales de septiembre, el invierno está a punto de derrumbarse como un alud pero todavía resiste el efímero otoño más allá del Círculo Polar, donde los otoños y las primaveras casi ni se ven. Pasan haciendoo fiuuuuuum como un tren bala japonés por la estación de Tromsø.

El alojamiento que hemos escogido para nuestra visita a Tromsø es el Clarion Collection Hotel With, seleccionado entre los demás por tener unas vistas privilegiadas del sosegado puerto de la ciudad. Su tejado puntiagudo y los tablones de madera lo vuelven una parte fundamental del puerto, mientras nosotros, que también sabemos ser caprichosos, cogemos la oferta que nos permite pagar un adecuado precio por un hotel excelente (y que además nos introduce de lleno en el cuadro del puerto de Tromsø, hasta ser un personaje más). Un paseo rápido por la ciudad nos aclimatará al entorno, antes de lanzarnos a por el glaciar. Quizá una visita al Museo Polar nos permita comprender mejor las tradiciones, el misterio, la fantasía, los dioses que han rodeado nuestro escenario de hoy durante cientos de años. O irnos a la otra punta de la ciudad para ver una exposición temporal de arte saami y asombrarnos con su novedosa (para nosotros) forma de ver el mundo.

Antes de buscar el glaciar, tendremos que estudiarlo y conocer sus puntos fuertes tanto como los débiles, qué espíritus les protegen, cuánto tarda un ser humano corriente en quedarse sin dedos y con cuánto frío, por si acaso todo se tuerce. Un reconocimiento del terreno es fundamental. Buscar testimonios de hombres que se perdieron en una ventisca para ver si han visto a un yeti noruego.

Intermedio: el camino

Enormes piedras (muchas de ellas más grandes que una persona) removidas por un glaciar anterior en el valle.
Enormes piedras (muchas de ellas más grandes que una persona) removidas por un glaciar anterior en el valle.Alfonso Masoliver

Saben eso que dicen de que el camino es el objetivo y frasecitas así que pretenden motivarnos, bueno, pues hoy no. Hoy, el camino solo es el intermedio. Sales de Tromsø y conduces durante cuarenta minutos hasta el aparcamiento ubicado en las coordenadas 69°22′33.4″N; 20°02′22.2″E, allí comienza un caminito hasta el glaciar. Un intermedio desde Tromsø con sus auroras boreales y el misterioso glaciar al otro lado de la montaña. Yo fumo bastante y pasaría el camino jadeando demasiado como para apreciarlo del todo, pero estoy seguro de que el lector me aventaja en forma física y mientras un servidor se deshace tras de él, el lector (o la lectora) tiene el pecho hinchado y respira como si lo bebiera ese aire purísimo que llega de los fiordos más septentrionales de Noruega.

Hay dos curiosidades que merece la pena que sepas mientras llegamos al glaciar. Te comento. Espérame, te quiero comentar. Una de ellas es que en esa mismísima piedra que ves allí adelante, esa que está situada a un lado del senderito, la que tiene un cartelito explicativo al lado, sirvió en 1800 para que una mujer diera a luz a un hijo. En invierno. Si no son duros los noruegos ni ná. Subir hasta que hagan veinte grados bajo cero y dar a luz allí a tu hijo, qué mujer, qué bestialidad, sudando a veinte bajo cero empujando al niño, esa mujer debería tener un sitio en las sagas nórdicas junto a Frigg u Odín como mínimo.

Otra curiosidad son las enormes piedras que casi parece que nos van a caer encima en algunos trechos de la ruta, especialmente cuando llegamos al valle y vemos el glaciar de Steindaal agigantándose al fondo. Son las piedras que salen en la foto. Resulta que pertenecieron a otro glaciar que había en este mismo valle, como si el valle hubiese sido durante miles de años el escenario de una lucha de gigantes, solo que fue el glaciar de Steindaal quien ganó la batalla final y ahora las piedras de la foto son los esqueletos de los gigantes derrotados. Desde que una enorme placa de hielo resquebrajó la montaña y la machacó dándole una forma nueva, estas piedras han estado en el sitio exacto en que están cada una, y eso me parece algo grandioso y curiosísimo.

Final: el glaciar de Steindaal

Glaciar de Steindaal en la hoy.
Glaciar de Steindaal en la hoy.Alfonso Masoliver Sagardoy

Nos espera como el amo del valle, acomodado en su trono. Sus crujidos son gruñidos en nuestros oídos. Hace pocas décadas su tamaño era todavía más impresionante pero, ya saben, ahora hace más calor en Noruega y Steindaal está como carcomido por la edad. Qué pena no haber nacido antes que mi madre para verlo entonces, qué pena, la verdad.

Una vez llegamos al lago (congelado en esta época del año) ubicado a los pies del glaciar y que, si la piedra eran huesos, entonces supongo que será la sangre del gigante de Steindaal que se está desangrando (o su pipí), casi sentimos la imperiosa necesidad de hacer un pequeño altar con los guijarros de alrededor y sacrificar un mosquito encima, si los hubiera con este frío. Lo que vuelve tan exclusivo este viaje es que Steindaal no estará disponible dentro de veinte o treinta años, según dicen los científicos. Parecido a un restaurante super exitoso, abrirá durante unas décadas sus puertas al mundo del turismo y luego las cerrará para siempre, una especie de Atlántida de una sola montaña que nunca volveremos a encontrar.