Saint Louis, Senegal: el colonialismo emborronado

Al norte de Senegal existe una ciudad marcada por tintes de magia y de realidad

Tejedores artesanos en Saint Louis.
Tejedores artesanos en Saint Louis. FOTO: Alfonso Masoliver

Una conjunción de tradiciones se enzarzan en la lucha de colores al norte de Senegal. En el África Subsahariana existen pocos sitios como Saint Louis. El pasado colonial se desmorona bajo el peso herrumbroso de la edad y los recuerdos, mientras las calles que ayer pasearon comerciantes franceses y soldados de cliché de la Legión Extranjera son ahora el escenario del centro cultural de Senegal, una cultura que ahora pertenece a los dueños legítimos de su tierra. Hace falta ver, oler y oír para comprender esta pequeña ciudad ubicada a las orillas del Atlántico, tentadoramente próxima al furioso oleaje que amenaza con derribar la primera línea de casas en el barrio de los pescadores. Para comprender lugares como este, es preciso pasear por sus calles jaleadas por comerciantes del día a día, vendedores de telas, pintores empoderados, músicos de jazz y de alegre reggae, escultores del preciado ébano africano, intelectuales de calle atrincherados en los puestos de café de las esquinas.

El casco antiguo de Saint Louis es hoy Patrimonio de la Humanidad. Aunque no hace demasiado, apenas un puñado de décadas, esta ciudad ubicada a escasos kilómetros de la frontera mauritana se trataba de la capital de la enorme colonia francesa en África Occidental. Parece formidable desbrozar la cultura colonial que retrocede inexorablemente ante el empuje senegalés, paseando las esquinas que bien pueden mostrarnos un rinconcito en ruinas de la casa de un Monsieur desaparecido con el mundo de ayer; o el delicado puesto de bocadillos de una matriarca cuya voz potentísima parece capaz de derrumbar toda la ciudad con sus risotadas.

Fluir con la demanda

Saint Louis no se trata de establecer un único itinerario de antemano desde el sofá de casa. Precisa de fluir con las llamadas de los vendedores, amoldarse a los regateos (aquí se regatea en prácticamente todo, salvo quizás en el alojamiento y en la comida), asomar la palma de la mano cada mañana para comprobar el clima. Unos días hará un calor endemoniado o, como dicen allí, dafatang, otros soplará una brisa amable que arrastra consigo las sales revoltosas del océano. Nuestro viaje a Saint Louis irá dependiendo del clima, de los regateos, de quién se nos acerque por la calle, irá dependiendo en definitiva de nuestra sed de aventura y de nuestra capacidad de dejarnos guiar por ella.

Interior de uno de los bonitos edificios coloniales del casco histórico.
Interior de uno de los bonitos edificios coloniales del casco histórico. FOTO: Comorebi Studio

La oferta de parques naturales dispuesta a los alrededores es suficiente para justificar una visita. Especial placer reportará a los ornitólogos aficionados el Parque Nacional de Langue de Barbarie. Por un precio de 15.000 francos CFA por persona (aunque, claro está, este precio variará según nuestra pericia en el arte del regateo): el viajero podrá acceder al parque, subir a una de las canoas tradicionales que sirven equitativamente para los pescadores y para los inmigrantes que arriban como luces intermitentes a las costas de Canarias y asombrarse con las formas que se retuercen en el aire en pleno vuelo. Encontrará a vista de humano a las garzas que aterrizan aquí en los meses de verano, las grullas, las gaviotas malencaradas que chillan alzando el vuelo cuando la canoa se aproxima a sus nidos, las bandadas de pelícanos que cazan en manada acorralando a los peces .

En las orillas de las playas descubrirá un fenómeno poco común en los lugares de moda: verdaderas manadas de cangrejos que prefieren huir antes que utilizar las pinzas, como mareas con olas con crestas moradas y cristalinas que ganan unos centímetros a la arena. Son centenares de cangrejos, miles en total. Tampoco puede faltar en esta categoría la visita al Parque Nacional de las Aves de Djoudj, si el viaje se realiza durante los meses de invierno.

Pero...

Pero. Siempre hay un pero, aunque pocos artículos de viajes lo dicen. Pero se percibe un extraño desequilibrio en Saint Louis. Ocurre cuando subimos a una de las graciosas calesas decoradas con dibujos que ofrecen a los turistas paseos por la ciudad. Al salir del casco histórico para cruzar el puente que lleva al barrio de los pescadores. Los vivos colores de los edificios ceden paso a la rugosidad del cemento sin pintar; los balcones de madera centenaria desaparecen, los cristales de las ventanas también desaparecen; las calles pulcras que limpian cada mañana los empleados de los hoteles desaparecen bajo el hedor de los puestos de pescado y de la basura acumulada. Son dos mundos, separados apenas por un puente de fácil acceso. Acomodados en la calesa cruzamos el portal de la imaginación y del color para zambullirnos (quizás con demasiada brusquedad) en otra realidad de África. Puede resultar chocante encontrarnos con esta parte de Saint Louis, pero no piense el viajero que el barrio de los pescadores carece de su hermosura particular. Hay belleza en todas partes, si uno sabe encontrarla.

Barcos pescadores en Saint Louis.
Barcos pescadores en Saint Louis. FOTO: Alfonso Masoliver

Es recomendable pasear por el puerto sorteando las boñigas de las cabras, para así acceder al anciano con la mirada inexplicable que remienda las redes de sus hijos, igual que su padre le remendó las redes a él cuando era él quién iba a pescar, igual que sus hijos remendarán las redes de sus nietos cuando el anciano haya muerto. Si no apreciamos la belleza que va más allá de la estética de Saint Louis, no podremos comprender lo importante que es la pesca para sus gentes ni bucear en la cultura original de Senegal. Ni seríamos capaces de valorar la valentía extraordinaria que se requiere para salir a ganarse el pan en un pedazo de madera que flota. No podríamos respetar al senegalés como se merece si no visitamos el barrio de los pescadores. Y si visitamos un país pero no somos capaces de valorar la identidad completa de sus habitantes, ¿viajar tiene sentido?

Aparte, salta a la vista que no estaría de más decir que en la playa del barrio de los pescadores tampoco vendría mal una vuelta al plan de gestión de residuos. No vamos a engañarnos, es por un tema de salubridad básica, nada más. Pero eso ya será cosa del alcalde.

Experiencias variadas

¿Quieres probar la carne de facochero o de cebú con una textura esponjosa y exquisita? Visita el restaurante La Source en Saint Louis. ¿Quieres ser testigo de la creación de una obra de arte senegalesa? Busca el estudio del pintor Zeus, una leyenda de Saint Louis. ¿Quieres un guía que te lleve por las esquinas y que te descubra los secretos menos accesibles del país de la Teranga? Pregunta por Isma cuando llegues al casco histórico de Saint Louis. ¿Quieres discutir sobre política y filosofía con un calor que acompañe a las temperaturas? ¿Quieres asombrarte con la cultura senegalesa? Pasea por Saint Louis, bébete un cafecito con azúcar y sin leche de los que sirven en un puesto callejero, tropiézate con un montón de redes anonadado. ¿Quieres jazz, reggae, una aventura diferente, naturaleza, estruendo, realidad, imaginación, colores vivos y grises, contradicciones, confusiones, nuevas sensaciones? Saint Louis, Saint Louis, Saint Louis. El Hotel Ndar Ndar y el Hotel La Residence son los alojamientos ideales en este destino diferente e irrepetible.