«A corazón abierto»: Elvira Lindo se enfrenta a su álbum familiar

La escritora convierte a sus padres en personajes de un relato profundamente íntimo

Un niño de 9 años llamado Manuel Lindo recorre las calles del Madrid de la posguerra. El Manuel adulto está muy enfermo cuando su hija vuelve atrás para narrar los días que lo convirtieron en el hombre que está ingresado por última vez en un hospital. «Mi padre era un personaje, por su carácter explosivo, arbitrario, muy llamativo para todas las personas que lo conocieron. Mi madre estaba en las antípodas, era reflexiva, dulce, en ocasiones meditabunda. Se encontraron en la vida y vivieron una gran pasión», rememoraba Elvira Lindo sobre la relación –a veces muy tormentosa– de sus progenitores. Según cuenta, ella era la pequeña, «la mimada y caprichosa. Siempre me revelé ante la idea de mis hermanos de definirme así. Y ahora he descubierto que todo eso era cierto», admite entre risas. Sin filtros edulcorantes, la escritora disecciona a su familia en un

ejercicio de incontenible honestidad. Hay fragmentos que se leen con un pellizco en el estómago, pegados a la cama de esa madre convaleciente para la que el final se vislumbra cerca. La sensación se diluye unas páginas más adelante, haciendo cierta la creencia de que el tiempo lo cura todo, aunque las hojas sean las de un libro y no del calendario. Lindo relata como la operación a corazón abierto a su madre desencadenó el fin de su infancia, cómo empezó a ser el nexo de unión entre unos padres que se amaban mucho y se soportaban poco cuando las escapadas del cabeza de familia se prolongaban. «La niña igual que acepta el desafío de una nueva ciudad o un nuevo acento, acepta que sus días de infancia están contados», dice con su voz adulta.

Cada uno de sus cuatro hermanos nació en una ciudad diferente y ella lo hizo en Cádiz, el mismo año que a sus padres les tocó la lotería de El Niño. «Pensé desde hace mucho tiempo escribir un libro sobre mis padres, pero tenía que encontrar la manera», reconoce Lindo, que publica novela después de diez años, un texto que destila honestidad en cada episodio. Como su vida, cada uno transcurre en un lugar en los que se asentó aquella familia nómada, entregada a los designios profesionales del padre y coartada por la delicada salud de la madre, que acabó muriendo cuando Lindo era adolescente. Palma, el barrio del Palo de Málaga, Cádiz, Madrid o el poblado de trabajadores de Dragados donde vivieron mientras la empresa levantaba una presa. Siempre moviéndose en un coche que su padre aprendió a conducir con todos dentro. La historia de su familia es un reflejo del devenir de España, de la posguerra a la explosión de la siguiente generación, entregada a la política y la diversión a partes iguales y con mayor suerte que la actual. «La generación de mi madre ha cambiado en la vejez, ya no solo proyectan en sus hijas lo que querían, sino que han realizado un cambio en sus vidas impresionante –analiza–. A mi madre le faltó tiempo para hacer ese cambio en una España diferente. Me da mucha pena que no haya tenido esa oportunidad».

«A corazón abierto» es también un espejo de aumento sobre el enorme abismo entre aquella juventud de los años ochenta y la actual. «Nuestros hijos se han criado con menos autoritarismo y con la idea de que iban a tenerlo todo. Luego se han encontrado con la realidad». De todo el recorrido vital, conmociona especialmente la historia de niñez de Manuel Lindo, que abre y cierra el libro. Ocurrió así: con nueve años, recién acabada la guerra, fue enviado a Madrid a vivir con una tía para «descargar» a la familia de una boca más. Completamente solo se encontró de un día para otro en casa de «la Bestia» –así apoda a aquella tía Lindo, por las palizas que propinaba a su padre–. Entre golpes, intentó querer y hacerse querer hasta que, vencido, urdió un plan para escapar a Aranjuez a casa de un hermano de su padre y escapar definitivamente de la soledad que le atenazó toda su vida. Ese primer episodio se ha convertido en una ópera contada que Lindo ha representado junto a su prima María –descendiente de esa familia que acogió a su padre– en Berlín y en Madrid. Es su manera de cerrar el círculo. La autora pospuso durante años esta novela y una ve empezada, la dificultad reapareció en el momento de poner el punto y final. «No quería soltarlo. A pesar de contar acontecimientos traumáticos me sentía bien –confiesa–. Para mí el haber estado escribiendo este libro ha sido como estar cobijada en otro tiempo». Todavía le siguen rondando hechos que no ha contado, a pesar de que desfilan sus constantes manías, sus reflexiones íntimas sobre un padre al que no comprende y una madre cuya salud la obliga a sentirse huérfana antes de tiempo. «Yo no lo doy por acabado. Tienen que pasar diez o quince años y tal vez haya un segundo», vaticina.