Bécquer y los gorriones

«El ‘Libro de los gorriones’ existe porque tiene que existir sin más explicación que la fe poética»

Gustavo Adolfo Bécquer
Gustavo Adolfo Bécquer

Ayer fue el cumpleaños de Bécquer, nació hace ciento ochenta y cinco años y vivió apenas treinta y cuatro. A los cinco, perdió a su padre y a los once, quedó huérfano de madre también.

Un niño poeta, musical, brillante que vive con su madrina francesa, Manuela Monnehay, dueña de una exquisita biblioteca de poesía donde Gustavo Adolfo lee y aprende a solas el ritmo de las palabras. Descubre las «Melodías Hebreas» de Lord Byron y el libro mágico de Heine, «Libro de los cantares» con el «Intermezzo Lírico» que lo fascina por su lenguaje sencillo de ángeles y gorriones, flores y pupilas. Heine, el enamorado de sus primas, primero de Amelie, después de su hermana Therese.

Le gusta la ópera, especialmente Bellini: «La sonámbula» y «Norma». Toca el piano, le encanta Chopin y con esos elementos va creando su música personal, su voz poética, sus «Rimas» y sus amores por las hermanas Espín, primero Julia, la soprano, después Josefina, la de la pupila azul. Las dos en el mismo balcón de Madrid.

Se ha escrito mucho sobre Bécquer, tesis, estudios, ensayos, biografías, toda clase de libros y contralibros, pero se sabe poquísimo del poeta.

Bécquer es un romántico, sí, pero también un visionario, un genio que ve más allá de su época y un poeta que no se resigna a la prosa, la prensa y las zarzuelas; defiende sus «Rimas» hasta la última voluntad cuando pide a sus amigos que publiquen sus versos.

Meses después de su muerte, los amigos cumplen el pedido, o una versión del pedido, y publican «Obras» de Gustavo A. Bécquer, con leyendas, rimas y alegres imprecisiones. Numeran las rimas en romanos (hay un libro perdido), ponen unas, quitan otras, ésta sí y ésta no, en un ritual de numeraciones y quitaipón delirante. Ocurren muchas cosas «amistosas» durante décadas y reediciones. Se quitan versos de la «Rima XII», faltan tres rimas verdaderas: 44, 48 y 55 y se agregan otras apócrifas, por ejemplo, una para Elisa. Incluso se inventa la existencia de una Elisa en la vida de Bécquer hasta que uno de los amiguísimos confiesa que esa rima es suya y Elisa también.

En 1914, el alemán Franz Schneider (no es alemán por casualidad, es alemán como Heine) viene a España a investigar a Bécquer para su tesis y encuentra en la Biblioteca Nacional, entre el polvo y papeles abandonados, el gran tesoro: «Libro de los gorriones», manuscrito, divino, perfecto. El testimonio autógrafo de las «Rimas», lo que más le importaba a Gustavo Adolfo.

Es un libro de actas de seiscientas páginas y más de quinientas están en blanco. Empieza así: «Libro de los gorriones. Colección de proyectos, argumentos, ideas y planes de cosas diferentes que se concluirán o no según sople el viento. De Gustavo Adolfo Claudio D. Bécquer. 1868. Madrid 17 Junio».

Abre con la «Introducción sinfónica», un manifiesto poético. Después hay un fragmento en prosa: «La mujer de piedra» y las páginas siguientes, entre la 20 y la 528, están vacías.

En la página exacta, comienzan las «Rimas». Hay un dibujo, el título: «Rimas», la firma del poeta: Gustavo Adolfo Bécquer (ya no es Claudio ni D.) y el índice de las «Rimas», ordenadas por él (sin números romanos), con la cantidad de versos de cada poema.

Hay un cálculo precioso de versos y de páginas, hasta la última del libro, para que nada falte y, especialmente, que nada sobre.

¿Intuye dos años antes de morir la necesidad de numerar personalmente las rimas y contar los versos?

Lo más interesante del «Libro de los gorriones» es que las setenta y nueve rimas llegan hasta la última página del libro casi vacío: Rima 79, 57 versos. Calcula perfectamente el espacio. Anota claramente el índice, el orden, la cantidad, la palabra final.

«Libro de los gorriones» es el manuscrito 13.216 de la Biblioteca Nacional de España y se puede consultar online.

Creo que además de un tesoro autógrafo, su última voluntad y un manifiesto poético increíble, este libro es un milagro, existe porque tiene que existir, sin más explicación que la fe poética.

Imagino al poeta anotando cada palabra en el libro de actas, contando las necesarias páginas en blanco, firmando con sus dos nombres elegidos, comunicándose con nosotros, los lectores, con la certeza de que algún día leeríamos sus gorriones, más allá de las tópicas golondrinas.

Más allá de los «amigos», los especialistas, los altísimos, las ediciones y versiones, los contemporáneos, los sucesivos modernos y las citas de las citas, en la Rima 39 del «Libro de los gorriones» (IV, según las versiones amistosas) Bécquer dice: No digáis que agotado su tesoro, /de asuntos falta, enmudeció la lira;/podrá no haber poetas; pero siempre habrá poesía.