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La vida tal cual es

Estar en paz con uno mismo es la clave. Más aún en estos días marcados por miedos, agresiones y ansiedades para todos los gustos. Las dificultades —cualquier adversidad—, no se resuelven inquietándose, sino permaneciendo lo más confiado posible. La cuestión es cómo lograr el milagro de mantener la paz.

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Con el paso del tiempo, se comprende, poco a poco que, lo más necesario en la vida, no es ser perfecto; ni siquiera resolver cualquier problema o que todo salga a pedir de boca. Lo imprescindible consiste en disfrutar de paz con uno mismo.

Cuanta más quietud tengamos en nuestro interior, más armonía habrá sembraremos alrededor y habrá en el mundo; más fecundo será nuestro vivir. Es en la fuerza de un corazón sereno donde está el secreto de casi todo. Por eso escribo estas gacetillas humanísticas, amable lector, aunque no estén de moda reflexionar estas cosas, y hasta parezca una antigualla dedicar tiempo y papel a semejantes sentimientos.

¿Por qué hay tanta agresividad y desencanto hoy en nuestras realidades humanas? La respuesta es bien sencilla: porque estamos demasiado agitados. Nos falta la paz de los adentros. La vida es más plena, más sencilla y más alegre, también, cuando se abre paso en ella la armonía; y no es una obviedad recordarlo.

Cultivar la tranquilidad del corazón y el reposo del alma, es tanto más esencial cuanto más escasean, porque sólo así se forja lo que merece la pena. A nuestros mandamás, por poner un ejemplo, les vendría bien, para salir de sus perplejidades, que la paz estuviera más asentada en sus vidas, en lugar de la turbación. Serían menos absurdos.

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No quiero quedarme en la superficie, así que añadiré algo más: sin paz interior no hay corazón compasivo, ni mente clara. Pero atención: el sosiego se cultiva en el silencio. Algo que no se debe olvidar. En realidad, el silencio y la paz, son hermanos mellizos; hacen buenas migas y andan siempre juntos. La paz interior nos asegura el discernimiento; desarrolla en nosotros la atención y la sabiduría, instante a instante.

Somos vida, amable lector, y la vida no tiene límites. El sufrimiento ajeno es nuestro propio sufrimiento; la felicidad del otro es nuestra propia felicidad. Pero para verlo y vivirlo así, hay que derribar las barreras de la ofuscación; hay que cultivar la paz. Es preciso liberar la mente de muchas ataduras. Un milagro bastante más difícil de lograr de lo que imaginamos.

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