¿Qué pasará cuando tengamos vacuna? La polio muestra el camino

En 1955 todos aplaudieron como un milagro el descubrimiento, pero días después un problema de manufactura provocó que 200 personas contrajeran la enfermedad y once murieran

Jonas Salk vacunando a un niño por la polio
Jonas Salk vacunando a un niño por la polioLa RazónArchivo

El 12 de abril de 1955 se presentaba al mundo la primera vacuna contra la poliomelitis, conocida como polio, enfermedad infecciosa que afectaba sobre todo a los niños y cuya tasa de mortalidad llegaba al 25 por ciento. En otros casos, provocaba parálisis. El presidente de Estados Unidos, Franklin Delano Roosvelt iba en silla de ruedas a causa de la enfermedad, y fue uno de los principales mecenas que auspiciaron la investigación para conseguir una vacuna. 20.000 médicos e investigadores estuvieron implicados. Había tanta gente en la presentación de la vacuna, que las celebraciones que vinieron después se asemejaron a las del fin de la II Guerra Mundial.

Porque, hasta entonces, como ocurre ahora, la única forma de prevenir contra el virus era no contrayéndolo. Los brotes llegaban en verano y cada pueblo que reportaba un solo caso era cerrado a cal y canto. No se permitían ni piscinas, ni teatros, ni cines, ni parques, y los niños no podían salir de sus casas. El miedo y la paranoia se instalaban en las comunidades y el confinamiento era el único tratamiento seguro.

Entre 1952 y 1953 se calcula que hubo entre 58.000 y 350.000 afectados por la polio, muy por encima de los 20.000 casos anuales que se reportaban todos los años, y la inversión de las farmacéuticas por encontrar rápido una vacuna se multiplicó. Ese mismo año el doctor Jonas Salk, de la Universidad de Pittsburgh, comenzó la que sería la primera vacuna efectiva contra la enfermedad. Las primeras pruebas fueron muy prometedoras y se realizó el estudio clínico más amplio de la historia, involucrando a 1.8 millones de niños, de los cuales 440.000 recibieron la vacuna, 221.000 un placebo y el resto sirvieron de control.

El éxito hizo que se acelerasen los permisos y el 12 de abril se presentase al mundo. Todos empezaron a conocer al doctor Salk como el doctor milagro. Y nunca quiso cobrar nada por la patente. “¿El sol tiene patente?”, decía a los que se asombraban de que renunciase a los beneficios de su descubrimiento. Pero la historia demuestra que encontrar la vacuna no es lo más complicado, sino repartirla de forma equitativa y controlada.

El gobierno federal de los Estados Unidos licenció la vacuna en unas horas y empezó a llevar muestras a las grandes empresas de manufacturación médica para que empezasen su producción en masa. Incluso una fundación prometió comprar las primeras nueve millones de muestras y donarlas a los colegios de primaria y secundaria.

Tres semanas después, la producción tuvo que detenerse ya que se reportaron los primeros casos de enfermedad ligados a la vacuna. Se paró por completo toda la producción y se reconocieron al final más de 200 casos y once muertes por culpa de la vacuna. La investigación descubrió que el problema salía de unos laboratorios en Berkeley, California. La vacuna de Salk se preparaba con virus muertos, pero en estos laboratorios no acabaron de matarlos en ciertos lotes dando pie a que el virus creciese en los organismos de esos niños.

Una vez descubierto el problema, y demostrando que la vacuna seguía siendo efectiva si se procesaba de forma correcta, volvió a producirse en masa. Y aquí volvieron a surgir problemas, ahora problemas de distribución. Todos querían su vacuna y la querían ya, pero no había forma de cumplir con la enorme demanda. Empezaron a surgir rumores de mercado negros y de laboratorios y doctores cobrando tasas desproporcionadas para adelantar la administración de la vacuna. Incluso había laboratorios que aseguraban que primero iban los hijos de sus empleados, después los de sus accionistas, y después los nietos de ambos.

Aquí empezó la lucha política por una distribución equitativa de las vacunas. Una proposición de ley quería que la vacuna fuera gratuita para todos los niños. Otra proposición de ley del Congreso quería que sólo fuera gratuita para las familias desfavorecidas. Al final, después de múltiples discusiones, el presidente Eisenhower firmó la Ley de Asistencia de la Vacuna de la Polio que otrogaba 30 millones de dólares a los diferentes estados para que estos decidiesen cómo proceder.

Después llegaría la vacuna de Albert Sabin, que era oral y con los virus atenuados, no muertos. En 1994 se consideraba la enfermedad erradicada en todo el continente americano. Nunca antes en la historia se habían involucrado tantos médicos en la búsqueda de una vacuna. Nunca hasta ahora. ¿Qué ocurrirá cuando se confirme una vacuna efectiva y empiece a implementarse en la población? ¿Cómo se repartirá? ¿Será gratuita? ¿Sus descubridores renunciarán a su patente? Nadie lo sabe, pero esperemos que la historia sirva para algo.