Coronavirus

John O’Hara, el hijo de un doctor exhausto por culpa de la gripe española

El célebre escritor rememoró su terrible experiencia en un relato en que asegura que su padre dormía siempre junto a un revolver “para intentar asustar a los enfermos violentos que querían raptarle”

El escritor John O'Hara
El escritor John O'Hara FOTO: Library of Congress Archivo

Es curioso como la gripe española, una de las mayores pandemias de la historia, esté tan poco representada en la ficción de su tiempo. La Generación Perdida de los Hemingway, Scott Fitzgerald o Dos Passos no la menciona, a pesar de vivir en esa época Europa y ver sus estragos. Y eso que el propio Fitzgerald contrajo la enfermedad mientras escribía su primera novela, “A este lado del paraíso”. La única explicación posible es que, al ser una enfermedad que se cruzó con el fin de otro gran desastre, la I Guerra Mundial, el trauma quedase diluido dentro del gran enfrentamiento.

Esto no ocurrió con otros escritores que, durante aquellos años, de 1918 a 1919, no dejaban de ser niños. Este es el caso de John O’Hara, autor de “Cita en Samarra” u “Oculta Verdad”, que en “El hijo del médico” escribió sus recuerdos de su padre, médico de primera instancia, durante el auge de la terrible pandemia en 1918. Entonces, el escritor tenía trece años y era lo suficiente mayor para entender el sufrimiento y desesperanza de aquel tiempo. Incluso empezó a acompañarlo a él o a alguno de los médicos jóvenes que no habían acabado la carrera pero que se apresuraron a cubrir la necesidad de profesionales sanitarios:.

  • “El doctor Myers llevaba al principio una mascarilla sobre su nariz y boca cuando realizaba llamadas, y así hacía yo. Sin embargo, la gasa se me pegaba en los labios y dejé de llevarla. El doctor hizo lo propio. Era una gran molestia ponérsela y volvérsela a quitar cada vez que íbamos a un lugar. Además, parecía insultante entrar con máscara en cualquier lado donde hubiese un grupo de gente que no la llevaban. Yo estaba sano y siempre agradecido de poder acompañar al doctor porque esto me daba algo que hacer”, escribe O’Hara.

Las mascarillas, como se ve, siempre han sido un engorro. Aunque la escena más tensa del relato es cuando el niño explica cómo su padre a veces caía exhausto en casa después de días sin dormir. Recuerda como siempre dormía junto a un revolver puesto que no era raro que a cualquier hora entrase un extraño amenazándole con matarle si no le acompañaba:.

  • “Al principio, para conseguir aunque fuera un pequeño descanso, se encerraba en el despacho y estirándose en el suelo o en la mesa de operaciones, intentaba dar una cabezadita. Siempre ponía una revolver en el suelo junto a él. Tenía que tener una pistola, porque tarde o temprano aparecía un hombre o mujer fuera de si, amenazándole, gritando que no se marcharía hasta que aceptase acompañarle. Siempre acababan por decir que si no venía y su hijo o hija acababa por morir, volverían y lo matarían. Mi padre quería dejar claro que no se dejaba intimidar. El revolver, tirado en el pupitre, hacía que los pacientes más violentos no se convirtiesen en demasiado violentos, pero desde luego no le hacían ningún favor en lo que ha dormir y descansar se refiere. Ni siquiera para un médico que resistía a base de café y quinina servía de mucho”.

Si algo faltaba durante la gripe española era personal sanitario. Los estudiantes de medicina tenían que sustituir a los doctores que caían enfermos o simplemente se desmayaban exhaustos. La guerra había limitado mucho el cupo de profesionales sanitarios, la mayoría en el frente. Imaginad que en los meses de marzo y abril, en el pico de la pandemia, además del coronavirus hubiese una guerra mundial. Eso era la gripe española:

  • Las farmacias no podían abastecer las recetas de los enfermos, y pronto se quedaron sin aceite de ricino, alcanfor y quinina. No había antibióticos y el precio de las medicinas era tan alto que estaba fuera del alcance de los pobres. La situación llegó a tal extremo que los médicos lo único que podían recetar es que los enfermos bebieran whisky”.

El padre de O’Hara moría cuatro años después arrastrando todavía las secuelas del cansancio de aquellos meses. Su muerte imposibilitó al escritor ir a la universidad de Yale, ya su familia vivía del salario de su padre y no tenían recursos. La vida le deparó un nuevo destino. Así marcaba la pandemia, tanto a corto como a largo plazo, porque nadie pasaba por ella indemne. ¿Ocurrirá lo mismo con el coronavirus?

Otros de los escritores que hablaron directamente de la pandemia fueron William Maxwellen “Vinieron como golondrinas” y Katherine Ann Porter en “Pálido caballo y pálido jinete”. Aunque en esta dos obras el punto de vista es el de los enfermos, no el de los sanitarios que lucharon por vencer la enfermedad. Sea como sea, son tres obras maestras de destreza y observación.

Aunque el testimonio más revelador es el del poeta y doctor William Carlos Williams, autor de “Paterson”: «Los médicos hacíamos hasta sesenta visitas al día. Varios de nosotros perdimos el conocimientos, uno de los jóvenes murió, otros se contagiaron y no teníamos nada que fuera eficaz para controlar ese potente veneno que se estaba propagando por el mundo», escribió. ¿Estaremos creando nuestra propia generación perdida?