De Lorca a Capote, los libros que no nos dejan leer

Una guía por textos destruidos, perdidos o que no se publican para evitar problemas legales

Acantilado ha tenido la buena idea de reunir en un volumen las reseñas que Stefan Zweig escribió en la prensa de su tiempo sobre sus lecturas en “Encuentros con libros”. En ese volumen, el gran autor vienés apunta que “desde que existe el libro nadie está ya completamente solo, sin otra perspectiva que la que le ofrece su propio punto de vista, pues tiene al alcance de su mano el presente y el pasado, el pensar y el sentir de toda la humanidad”. Nos gustan los libros, queremos que las librerías sigan respirando, pero también pasa que sabemos de libros que nunca podremos leer porque se han perdido, han quedado inconclusos, no encuentran editor o solo fueron una idea para sus autores. Veamos un pequeño repaso de algunos de esos títulos.

En 1929, Federico García Lorca viajó a Nueva York. Quería deshacerse de numerosas preocupaciones y en la ciudad de los rascacielos vio una salida a sus problemas. Fue allí donde se abrió escribiendo la mayoría de las composiciones que forman parte de “Poeta en Nueva York”, pero no fue el único texto en el que trabajó durante aquella estancia. Hay una prosa de carácter autobiográfico de 53 cuartillas en la que hacía un importante repaso a aquellos que estaban haciendo imposible su carrera literaria, como Salvador Dalí y Rafael Alberti. Era una suerte de “Yo, acuso” que en 1961 reapareció, tras tiempo perdido, entre los papeles que guardaba Philip Cummings, amigo y amate ocasional del granadino. Ese material estaba acompañado de una nota en la que el poeta granadino pedía que se quemara el manuscrito “si me pasa algo”. Al día siguiente, Cummings echó al fuego todas las hojas sin hacer copia alguna del texto.

También pasa que hay libros que no ven la luz por problemas legales y el miedo de los editores a querellas de todo tipo. Eso es lo que pasa con el esperadísimo tercer volumen de la serie “Hollywood Babilionia”, cuyas dos primera entregas fueron publicadas en España por Tusquets con gran éxito. Anger decidió reunir los secretos más sórdidos de la meca del cine, todas aquellas historias que nadie se atrevía a poner en letras de molde y que él conocía bien desde niño. Con el tiempo se ha sabido que algunas de ellas no eran ciertas, pero siempre hay en Anger cierto rumor a “inspirado en hechos reales” cuando habla de suicidios o saca del armario a quien siempre fue celoso de su privacidad. Eso es lo que precisamente ha hecho que el tercer tomo de “Hollywood Babilonia” no se haya publicado todavía. Se sabe que uno de los motivos es un capítulo dedicado a las peculiares apetencias sexuales de Marlon Brando.

Tampoco lo tiene fácil un libro de memorias escrito desde hace décadas y que permanece guardado en la caja fuerte de un banco. Fueron escritas por el doctor Max Jacobson, un alemán que se instaló en Estados Unidos y tuvo como clientes a lo mejor de Hollywood y a un presidente como John F. Kennedy. Sus cócteles con drogas le hicieron ser conocido como el “Doctor Sientobien” y que le fuera retirada la licencia para seguir ejerciendo. A excepción de un biógrafo de Kennedy, Richard Reeves, nadie más ha podido leer ese libro.

Hay otra autobiografía que tampoco se ha podido leer, aunque esta parece que ni llegó a redactarse y eso que el autor cobró de su editor. Se trataba de la vida del actor Peter Lawford contada por él mismo y Hugh Hefner, el responsable de la revista “Playboy”, quería publicarlas. Estamos a principios de los 80 y Lawford era una caricatura de lo que había sido por culpa de muchos excesos, especialmente el alcohol y la cocaína. Lejos quedaba su tiempo de galán como miembro del grupo de Sinatra y cuñado de Kennedy. La última persona que habló con Marilyn Monroe antes de morir necesitaba dinero y aceptó el encargo de Hefner, pero no escribió ni una línea aunque cobró el cheque. Una persona que lo conoció bien en su etapa final, la actriz y modelo Heidi Sorenson, le contó al autor de este reportaje que coincidió con Lawford en la mansión Playboy en no pocas ocasiones y a todo el mundo, incluida ella misma, le iba explicando pasajes de su vida. Es decir, en vez de escribir sus memorias las convirtió en un artefacto verbal para los huéspedes de Herfner. Lawford murió en 1984 sin dejar manuscrito.

En las guerras también desaparecen textos. Sabemos de dos huidas del enemigo que se tradujeron en la pérdida irreparable de manuscritos. En la estación de Cérbere, en 1939, Antonio Machado se dejó la maleta en la que guardaba con toda probabilidad las cartas que recibió de Pilar de Valderrama, conocida como Guiomar para la historia de la literatura, además de otros manuscritos. El misterio ronda a otra figura, Walter Benjamin, a su llegada a Portbou en 1940 escapando de los nazis. Tras su muerte, ocurrida en esa población, desaparecieron sus documentos, especialmente los que había en su maleta de la que nunca más se supo.

Durante años se ha tratado de vender un manuscrito, mejor dicho, un mecanoscrito de 38 páginas sin éxito. Son las memorias de Joanne Carson, la que fuera esposa de la estrella de la televisión Johnny Carson. Sin embargo, el texto contó con la edición de su amigo Truman Capote que no dudó en mejorar esas palabras dándole su personal toque. Pese a los intentos, nada se ha podido hacer y ese pequeño libro sigue en la actualidad inédito. Las cifras que se han pedido por el original son de vértigo.

Por último están esos libros que iban a escribirse, pero finalmente el autor se echa atrás. Es lo que pasó con un proyecto de corte autobiográfico del ex presidente de la Generalitat Jordi Pujol y que debía publicar la editorial Malpaso. A la manera de una confesión, en un primer momento Pujol estaba dispuesto a contar aquello que no aparecían en los tres tomos de sus memorias tras conocerse su supuesto enriquecimiento ilegal. Su hijo Jordi Pujol Ferrusola se encargó de hacer las gestiones ante la editorial y hasta se llegó a hablar con un conocido periodista catalán para que se pusiera de lleno con el proyecto. A última hora, el político prefirió dar la espantada y esa confesión no vio la luz, al igual que un libro sobre el famoso Florenci Pujol que debía publicar la misma editorial. Fuentes cercanas a aquella negociación recuerdan que Marta Ferrusola se ofreció a pagar 90.000 por esos dos trabajos.