El asesino que inspiró a “Los Simpson”

El caso de Theodore Edward Coneys fue la base de un capítulo de la serie

Dan Castellaneta es popularmente conocido en Estados Unidos por ser el resposable de poner voz a Homer Simpson. Pero además de ser actor de doblaje de la serie basada en los personajes amarillos creados por Matt Groening, el actor, junto con su esposa Deb Lacusta, ha escrito unos pocos episodios de “Los Simpson”. Uno de ellos, el número catorce de la temporada décimo quinta, tiene la particularidad de basarse en un crimen real.

Bart y Lisa no pueden dormir. Tienen pesadillas por ruidos que oyen procedentes del desván, aunque Homer cree que son porque por error los llevó a ver una película de terror. Para tranquilizarlos, Homer y Marge suben al ático donde descubren que está viviendo Artir Ziff, un peculiar y arruinado empresario que había tratado de seducir a la matriarca de los Simpson en el instituto. Resulta que Artie ha estado habitando ese espacio durante bastante tiempo sin que nadie de la familia lo supiera. Para construir esta historia, Castellaneta se inspiró en un extraño crimen real, el cometido por un siniestro tipo llamado Theodore Edward Coneys y que ha pasado a ser uno de esos nombres que ya forman parte del la historia popular estadounidense.

Coneys era un vagabundo, también llamado el Hombre Araña de Denver. No, no tiene nada que ver con el personaje de Marvel sino que tiene un trasfondo mucho más oscuro y que durante un año dejó a la policía de Denver sin poder dar una respuesta sobre un caso de asesinato. Con mala salud y tras dejar algunos empleos, Coneys decidió vagar solo por el mundo dolido por el trato que se le había dado en el pasado. En septiembre de 1941, con 56 años, trataba de encontrar donde fuera algo de comida, aunque no siempre sin suerte. Pensó que le podría ayudar un antiguo amigo suyo llamado Philip Peters que vivía en el número 3335 de West Moncrieff Place, en la ciudad de Denver. Pero Peters no estaba allí. Así que Coneys no se lo pensó dos veces y entró para robar dinero y comida. Mientras echaba un vistazo a aquella casa descubrió que había una pequeña trampilla que conducía a lo que sería un pequeño cubículo en el ático. No lo dudó y sin pedir permiso alguno se instaló allí durante cinco semanas.

Peters vivía allí con su esposa Helen quien pasaba las últimas semanas en el hospital recuperándose tras romperse la cadera en un accidente. Como el hombre estaba solo, pasaba solía pasar el día entre las visitas a su mujer y comiendo con los vecinos que no querían que pasara esos momentos en soledad. Todo cambió la noche del 17 de octubre de 1941 cuando al volver a casa descubrió a un tipo demacrado atacando el contenido de su nevera. Era Coneys. Se inició una violenta pelea con varios golpes y que concluyó cuando el vagabundo cogió una coctelera de hierro y empezó a golpear con fuerza a Peters hasta dejarlo muerto. Tenía 73 años.

Una hora más tarde fue encontrado el cuerpo sin vida de Philip Peters por un vecino, el mismo que lo esperaba para cenar. La casa fue registrada con sumo cuidado por la policía de Denver sin encontrar nada, absolutamente nada. Era como si el asesino hubiera tenido una llave y se hubiera ido. Pero el culpable seguía allí, en el ático donde seguía oculto. Las fuerzas del orden descartaron a la esposa de Peters porque seguía en el hospital y a la ama de llaves que iba regularmente. No había ni una sola pista. Ningún vecino había visto nada extraño por la zona. No había rastro de alguien huyendo.

Helen volvió a la casa una vez logró el alta hospitalaria. Siguió viviendo allí acompañada de una amiga que, como ella, empezó a notar que pasaban cosas raras en el domicilio. Se escuchaban ruidos, faltaba comida, las cosas cambiaban de sitio. La pobre viuda y su amiga decidieron marcharse pensando que aquel espacio estaba embrujado tras el terrible asesinato. La policía siguió investigando y decidió realizar controles rutinarios por la zona con la esperanza de que apareciera una pista. El 30 de julio de 1942, a los detectives Roy Bloxom y Bill Jackson les pareció descubrir que algo se movía dentro de la casa, pero al entrar descubrieron que estaba vacía. Sin embargo, escucharon un ruido que parecía venir del piso de arriba. Hasta allí fueron y en el momento que veían unas piernas que parecían esconderse. Tiraron de ellas y apareció Theodore Edward Coneys.

Confesó el crimen en comisaría. El detective Fred Zarnow, en declaraciones a la prensa, dijo que había que ser una araña para vivir así durante tanto tiempo. De ahí pasaron los periódicos a llamar al asesino como el “Hombre Araña de Denver”. Coneys murió en la cárcel en 1967.