Cuando Dalí le pintó nalgas blandas a Lenin

El artista surrealista al final de su vida aseguraba ser partidario de la Unión Soviética

El cuadro "El enigma de Guillermo Tell", de Salvador Dalí
El cuadro "El enigma de Guillermo Tell", de Salvador Dalí FOTO: Fundació Gala-Salvador Dalí

En abril de 1988, Moscú era la capital de una Unión Soviética en la que todavía no había caído el muro de Berlín, aunque ya empezaba a intuirse cierta apertura tanto política como cultural al otro lado del telón de acero. Fue en esas fechas cuando uno de los museos moscovitas abrió por primera vez sus puertas a un pintor que se había expresado en no pocas veces como anticomunista. El Puskin de Moscú abrió inauguró una gran exposición dedicada a la pintura de Salvador Dalí. No había sido un camino nada fácil porque Dalí había causado no pocos problemas de cabeza por culpa de Lenin.

Pero empecemos por el principio y ese principio se encuentra en los diarios de juventud. En ellos, Salvador Dalí no oculta su simpatía por la recién nacida Unión Soviética. No esconde que él también se ve como un revolucionario que simpatiza con dirigentes como Trotsky al que llega a retratar. Es un Dalí a quien no le importa reflejarse en el espejo de los soviéticos, de aquellos que han hecho caer al zar. Estamos hablando de unos diarios escritos muy poco después de los hechos por un joven que empieza a llamar la atención como pintor de talento en su Figueres natal. Son esas mismas ideas las que se lleva con él hasta la Residencia de Estudiantes de Madrid donde el joven Dalí es conocido como el revolucionario. Su pintura en ese tiempo se apoya primero en una dimensión realista para adentrarse en el terreno cubista hasta encontrar su propio y personal lenguaje.

El joven Dalí se sintió atraído por la figura de Lenin. Buena prueba de ello son algunos de los cuadros y dibujos en los que aparece el líder de la Unión Soviética. Probablemente la obra cumbre sea “Alucinación: seis imágenes de Lenin sobre un piano”, un óleo de 1931 cuando el pintor forma parte del grupo surrealista. Pero la polémica estalló con otra pintura titulada “El enigma de Guillermo Tell”. El admirador de Lenin, el artista que reivindicaba al hombre que proclamó la Unión Soviética, empezó a verlo con otros ojos. En el cuadro, el héroe suizo tiene el rostro de Lenin y se ha convertido en un personaje de largas y bandas nalgas, una de ellas apoyada en una muleta. Para los surrealistas, con André Breton a la cabeza, aquella imagen era una blasfemia hacia Lenin. Dalí no podría seguir formando parte de los surrealistas, pese a haber sido quien había realizado la aportación más importante al movimiento gracias al método paranoico-crítico, como el mismísimo Breton había admitido. Ahora las cosas eran distintas porque Lenin era intocable. El enfado fue monumental cuando la obra se exhibió en el Salón de los Independientes en el otoño de 1933.

Dalí fue expulsado de la corte de Breton, pero siguió siendo más surrealistas que todo ello. Tampoco se olvidó de Lenin a quien disfrazó en 1962 de chino para formar la cabeza de un tigre, además de medio centenar de pinturas abstractas en una gran tela que hoy se expone en Figueres.

En 1986, ya viejo y enfermo, cuando hacía poco que su esposa rusa Gala había muerto, Dalí quiso aclarar las cosas con los soviéticos por lo que concedió una larga entrevista a “Izvestia”, una publicación oficiosa de la URSS. En ella aseguró que quería donar alguna de sus telas al Museo Hermitage que, pese a los muchos achaques que arrastraba, quería conocer en persona. De esta manera quería rendir homenaje a “la gran y genial nación de Pushkin y Toistoi puede salvar a la civilización del naufragio”. En la misma entrevista, Dalí se esforzaba por simpatizar con los rusos: “Nunca fui antisoviético y no podía serlo”. Si alguien dio esa imagen fueron los periodistas occidentales, argumentó para añadir que “nunca fui partidario de Franco”.

Finalmente, Salvador Dalí no regaló ningún cuadro al Hermitage.