Cataluña
La Generalitat se involucra con el ejército español entregando la espada de un rey: ¿quién fue Jaume I?
El acto militar celebrado en Talarn retoma una tradición simbólica que une a Cataluña con su pasado medieval y monárquico, con Jaume I como figura central
La entrega de los Reales Despachos a 515 nuevos sargentos del Ejército de Tierra, celebrada este sábado en la Academia General Básica de Suboficiales (AGBS) de Talarn (Lérida), estuvo marcada no solo por la solemne presencia militar, sino por un gesto simbólico de profundo calado político e histórico: la Generalitat de Cataluña, a través de su consejera de Interior y Seguridad Pública, Núria Parlón, hizo entrega de una réplica de la espada de Jaume I al número uno de la promoción. Con ello, se recuperó una tradición que había caído en desuso en los últimos años y se consolida esta voluntad del Govern de Salvador Illa de normalizar las relaciones entre Cataluña y el resto de España, siendo Illa uno de los miembros más españolistas del PSC.
Esta acción marca un gesto de implicación institucional de la Generalitat con el Ejército, en un contexto históricamente delicado en las relaciones entre ambas instituciones. La figura elegida para representar ese vínculo, Jaume I, el Conquistador, no es casual: encarna un imaginario compartido tanto por la historia catalana como por la del conjunto de la Corona de Aragón.
Un rey entre dos mundos
Jaume I de Aragón, conocido como “el Conquistador”, nació en Montpellier en 1208 y murió en Alcira en 1276. Fue rey de Aragón, de Valencia y de Mallorca, así como conde de Barcelona, de Urgel y señor de Montpellier. Hijo de Pedro II el Católico y de María de Montpellier, su vida temprana estuvo marcada por la desconfianza de su padre y por una infancia turbulenta. A los dos años fue entregado a Simón de Montfort, uno de los líderes de la Cruzada albigense, como parte de un pacto matrimonial y político.
Durante sus primeros años de reinado, Jaume tuvo que enfrentar varias rebeliones de la nobleza aragonesa. Una de las más graves fue la de 1227, liderada por su propio tío Fernando. La solución pacífica a esta crisis, la Concordia de Alcalá, le permitió consolidar su poder y sentar las bases para una de las empresas más ambiciosas de su reinado: la expansión territorial hacia el sur, en manos musulmanas.
El impulso de la Reconquista: Mallorca, Valencia y Murcia
El contexto de la Reconquista ofrecía oportunidades estratégicas, y Jaume llevó a cabo unas campañas por las que, gracias a eso, hoy se habla catalán (o algo parecido) en tierras valencianas y baleares, pues con su recuperación de esos territorios para la Corona de Aragón provocó una ola de migraciones aragonesas pero, sobre todo catalanas, para repoblar esas tierras de cristianos.
En 1229, respondiendo a las peticiones de los mercaderes catalanes para frenar la piratería musulmana, Jaume I emprendió la conquista de Mallorca. Con una flota de 155 naves y más de 15.000 soldados, sus tropas desembarcaron en Santa Ponsa y, tras duros combates y represalias sangrientas, como la masacre tras la toma de Madina Mayurqa, logró el dominio de la isla. A pesar de los conflictos internos por el reparto del botín, instauró un nuevo reino dentro de la Corona: el de Mallorca.
A diferencia de Mallorca, la conquista de Valencia contó con una mayor participación de nobles aragoneses. Comenzó en 1232 con la toma de Morella y culminó con la entrada en la ciudad de Valencia en 1238, que pasaría a ser capital del nuevo reino de Valencia. Las campañas de Jaume I no solo ampliaron considerablemente los territorios de la Corona de Aragón, sino que implicaron una profunda transformación demográfica, económica y religiosa, con la expulsión o sometimiento de la población musulmana.
Un episodio menos conocido pero significativo fue la intervención de Jaume I en el Reino de Murcia. Aunque Murcia había sido sometida a vasallaje por Castilla en 1243, en 1264 se produjo una revuelta de los murcianos apoyada por el Reino nazarí de Granada y poderes norteafricanos. La reina Violante, hija de Jaume y esposa de Alfonso X, pidió ayuda a su padre.
En respuesta, las tropas de la Corona de Aragón, dirigidas por el infante Pedro (futuro Pedro III el Grande), conquistaron el territorio rebelde entre 1265 y 1266. Dejaron más de 10.000 aragoneses asentados en la región. Esta intervención no fue bien recibida por la nobleza aragonesa, que criticó al rey por ayudar a Castilla sin obtener compensaciones. Jaume respondió con una frase memorable: lo hizo “por Dios y para salvar a España”.
Un rey entre cruzadas y tratados
Jaume I también tuvo participación en los conflictos dinásticos y religiosos de la época. Ayudó a su yerno, Alfonso X de Castilla, durante la revuelta mudéjar de 1264, aunque sin obtener compensación territorial, lo que generó tensiones con la nobleza de la Corona de Aragón. Pese a ello, Jaume justificó su acción "por Dios y para salvar a España", reflejando su visión sacralizada del poder.
Además de sus conquistas, Jaume I es recordado por su implicación cultural y jurídica. Fue promotor de las leyes y fueros de sus distintos reinos y dejó escrita su autobiografía en catalán, el Llibre dels feits, una de las grandes crónicas medievales peninsulares.
Una espada que guarda historia
La entrega de una réplica de la espada de Jaume I al mejor sargento de la promoción no es solo un gesto ceremonial: es una forma de enlazar la institución militar contemporánea con la herencia política y guerrera de un monarca que simboliza la expansión y consolidación de los territorios de la actual España oriental. Jaume I representa el ideal medieval de cruzado, legislador y unificador. Al elegirlo como símbolo, la Generalitat lanza también un mensaje: que la historia de Cataluña no se entiende sin su tradición monárquica ni sin sus vínculos con la estructura de España.
Que una institución autonómica entregue un símbolo regio a un nuevo miembro del Ejército de Tierra, en un contexto donde los vínculos entre Cataluña y el Estado han sido tensos en los últimos años, apunta a una voluntad de normalización y reconocimiento mutuo. Y lo hace con la figura de un rey que, aún hoy, sigue proyectando su sombra en los relatos identitarios de toda la Corona de Aragón.