No es el apocalipsis, pero... ¿Se están extinguiendo los insectos?

Durante los últimos años hemos escuchado repetidas veces que numerosas especies de insectos estaban al borde de la extinción y que sus consecuencias podrían ser incalculables, pero ¿es esto cierto?

Somos miles de millones de humanos viviendo sobre la misma roca espacial y hemos llevado a nuestras sociedades al límite. Hace tiempo que lo sabemos y hemos asumido con más o menos remordimientos que nuestras acciones tienen sus consecuencias. Sin embargo, vivimos en un planeta lleno de interacciones, entre los seres vivos y la geología, entre las rocas y la meteorología, sus hilos se enmarañan dando forma a la ecosfera. Cada especie es una tabla del barco en el que navegamos y cuantas más perdamos más rápido nos hundiremos.

Todo esto se vuelve especialmente preocupantes ante algunas de las noticias de los últimos años, porque, es posible que hayas escuchado que las abejas se extinguen y que muchos otros insectos están desapareciendo. Hablamos de aproximadamente 750 mil especies de animales, de las cuales muchas ya están al borde de la extinción y cuya contribución al medio es, hoy por hoy, insustituible. No obstante, la tendencia apocalíptica parece haberse roto y la prensa se hace eco de un reciente estudio mucho más optimista. Entonces ¿a quién creer? ¿Estamos viviendo una extinción masiva de insectos?

El nuevo estudio

¿Cómo medir algo tan complicado? Si preguntamos a quienes trabajan en el campo, nos contarán que ya no se ven tantos “bichos” como antes, pero eso no es una medida objetiva, necesitamos contabilizarlos. Para ello se han hecho estudios realmente concienzudos, analizando cómo han cambiado las poblaciones de insectos a lo largo de las últimas décadas, no obstante, los resultados eran dispares. Aunque a decir verdad, esas diferencias no tenían por qué deberse a fallos en los estudios, sino a que las poblaciones de insectos no son las mismas aquí que en la India o en Canadá, por ejemplo. Porque, efectivamente, los ecosistemas están conectados, pero no cambian por igual ni simultáneamente, así que ¿qué está ocurriendo realmente en el planeta?

La respuesta no nos la podrá dar un estudio de campo, sería caro y extremadamente difícil de gestionar, pero por suerte existe una manera de enfrentarse a este problema, los metaanálisis. La idea consiste en tomar estudios ya publicados y suficientemente parecidos, coger sus resultados y unirlos mediante métodos estadísticos. Los metaanálisis cuentan con el grado más alto de evidencia, o, dicho de otro modo, son el tipo más fiable de estudio y la forma ideal para saber si, globalmente, los insectos se están extinguiendo.

Esa fue la idea que tuvieron Roel van Klink y su equipo, y que publicaron la semana pasada en la famosa revista de investigación científica Science. Para ello reunieron 166 estudios sumando entre ellos 1676 lugares alrededor de todo el mundo. Tal y como se sospechaba, las especies terrestres de insectos han estado disminuyendo, aunque menos de lo que estimaban muchos estudios, a razón de un 0,92% cada año, que traducido sería casi uno de cada 100 insectos. No obstante, la sorpresa llega al contabilizar por separado las especies acuáticas, porque no solo es que no disminuyan, sino que porcentualmente crecen más rápido de lo que las terrestres decrecen. Aproximadamente, cada año el número de insectos acuáticos asciende un 1,08%, poco más de uno por cada 100. Parecen grandes noticias, desde luego. Los insectos no desaparecen, sino que crecen y la fiabilidad de un metanálisis que incluye información de tantos lugares parece incuestionable.

No todo son los resultados

No obstante, los datos en crudo no lo son todo, los artículos incluyen normalmente dos secciones tras sus resultados, la discusión donde interpretan lo que los números dicen y las conclusiones, en las que se permiten resaltar la información más relevante. Del mismo modo, antes de dar los resultados se han de explicar las técnicas seguidas durante el estudio: cómo se han recogido los datos, cómo se han clasificado, qué métodos se han empleado durante su análisis. Y ahí está la verdadera esencia de un artículo, en esos matices. Sin ellos es fácil que los datos deslumbren y den lugar a una gran cantidad de malinterpretación. Y en este caso, ha pasado algo parecido.

Hemos dado dos porcentajes, el decrecimiento de especies terrestres como abejas, coleópteros u hormigas, y por otro lado el de aquellas relacionadas con ambientes acuáticos, como las libélulas, los zapateros o las chiches de agua. Si unimos esos porcentajes de forma descuidada podemos llegar a pensar que, como el porcentaje que crecen los acuáticos es mayor que al que descienden los terrestres, el total de insectos en el planeta está en aumento. El problema es que son valores relativos y dependen de cuántos individuos tiene cada uno de los dos grupos. Dicho de otro modo: si te aplico un descuento del 20% en la compra de un bolígrafo, pero te cobro un 20% más por una televisión, el precio no se queda igual, se encarece porque un televisor y un bolígrafo no cuestan lo mismo. Del mismo modo, en este caso todo depende de cuántos insectos terrestres y acuáticos haya realmente. Por desgracia, este es un dato que desconocemos, pero todo apunta a que la minúscula superficie de agua dulce de nuestro planeta no mantiene a una cantidad de insectos comparable a la que sostienen los bosques y sabanas.

Así que el aumento de insectos acuáticos no parece compensar el descenso de los terrestres, de hecho, las aproximaciones hechas hasta ahora son poco concluyentes y fluctúan bastante entre un año y otro. Esto no quiere decir que el estudio sea malo, todo lo contrario, reconoce sus propias limitaciones, que de hecho son menos que en la mayoría de los estudios previos. Sin embargo, han de ser resaltadas para entender lo que se está contando realmente entre sus páginas. Es más, si no lo hacemos corremos el riesgo de no saber ni siquiera qué están midiendo, porque ¿a qué llaman insectos? Puede parecer una pregunta absurda, la taxonomía tiene claro qué especies pertenecen a la clase Insecta y cuáles no, pero resulta que en este estudio han tomado una definición propia. Indican haber usado lo que popularmente se entiende como insecto, incluyendo junto con la clase Insecta la Arachnida, esto es: arañas, escorpiones, pseudoescorpiones, solífugos, ácaros, etc. La lista se vuelve bastante larga y explica que sus resultados puedan diferir tanto respecto a algunos estudios anteriores que solo tuvieron en cuenta a parte de estos animales.

Y hay más matices, por supuesto. Porque estos 166 artículos de los que se nutren para su metaanálisis han sido publicados en una franja temporal que va desde 2018 hasta 1925, reuniendo casi dos al año. Una vez más, esto no es algo malo per se, pero influye mucho en los datos. Si los estudios más recientes solo analizaban las últimas décadas, y estas mostraban una tendencia notablemente distinta que a mitad del siglo pasado, puede que los efectos más recientes se apantallen al analizar una franja temporal tan amplia. Por supuesto que de este modo tendremos una visión más clara de la tendencia a largo plazo, pero si queremos entender cómo han afectado nuestras decisiones más recientes, tal vez no sea la mejor opción. Por eso es tan importante entender el propósito de cada estudio.

¿Todo en orden?

En cualquier caso, incluso con estas salvedades parece que el resultado es bastante optimista, y por eso algunos medios se han hecho eco de este con cierto alivio. No obstante, hay un último problema, posiblemente el más relevante de todos. El propio metaanálisis reconoce que, si bien sus resultados son más moderados que los de otros estudios, ha podido ver que buena parte de las diferencias se deben al lugar donde se han realizado las mediciones. Precisamente, los climas más afectados parecen ser los más azotados por el calentamiento global. Así que, aunque el mundo no estuviera experimentando en general una pérdida de insectos, hay lugares que sí lo hacen. Así pues, la amenaza es real.

Se ha acusado bastante a la prensa de tratar este tema con extremo alarmismo, llegando a decir que han deformado las conclusiones de artículos como el publicado el año pasado en Biological Conservation por Sánchez-Bayo y Wyckhuys. No obstante, la visión apocalíptica no es un aderezo de los medios, sino que está presente en el propio paper:

“Este estudio pone de relieve el terrible estado de la biodiversidad de insectos en el mundo, ya que casi la mitad de las especies están disminuyendo rápidamente y una tercera parte está al borde de la extinción. [...] La conclusión es clara: a menos que cambiemos nuestra forma de producir alimentos, los insectos en su conjunto irán por el camino de la extinción en unas pocas décadas. [...] Las repercusiones que esto tendrá en los ecosistemas del planeta son catastróficas como mínimo, ya que los insectos están en la base estructural y funcional de muchos de los ecosistemas del mundo desde su surgimiento al final del período Devónico, hace casi 400 millones de años.”

En resumen, no es el apocalipsis, entre otras cosas porque pocas cosas merecerían ese calificativo, pero si no tomamos precauciones estará cerca de serlo. El uso exagerado de pesticidas acaba con más especies de las que nos gustaría, por eso es tan importante limitar su aplicación y buscar opciones más selectivas y menos agresivas que los tradicionales o los mal llamados ecológicos, que actúan como bolas de cañón, arrasando la biodiversidad a su paso. Reducir la emisión de gases de efecto invernadero, la deforestación masiva y la contaminación de acuíferos puede ayudar a moderar nuestro impacto en la hexápoda fauna de nuestros jardines y con ello, asegurar la polinización de las flores y la degradación de las toneladas de bosta que cubren los campos y praderas. Tal vez así, y solo así, podamos permitirnos ser unos pocos miles de humanos más.

QUE NO TE LA CUELEN

  • Busca las fuentes originales y pon todo en duda (incluso lo que te contemos aquí). Cuantos más intermediarios haya tenido una información más fácil es que su mensaje se haya degradado, fomentando las malas interpretaciones y la fabulación.
  • Las implicaciones de que desaparezca una especie son impredecibles con precisión y en algunos casos podrían ser devastadoras si ocurre demasiado rápido.
  • Quitarles importancia a estas situaciones contribuye a que nos despreocupemos, e incluso si el daño es menor del que pensábamos, esto no quiere decir que sea nulo. Hemos de tomar medidas cuanto antes y minimizar un riesgo que se presenta incalculable.

REFERENCIAS (MLA):