El truco final: cuando los magos estudiaban la mente

Una película que bebe de la leyenda negra de Tesla y que transcurre en un tiempo donde los verdaderos estudiosos de la percepción humana eran magos y no científicos.

A finales del siglo XIX ningún científico entendía la percepción humana como lo hacían los magos, al menos en la práctica. A base de ensayo y error habían pulido juegos de magia capaces de aprovecharse de nuestro imperfecto cerebro. Sabían cosas como que un gesto exagerado, una mirada engañosa o una acompañante atractiva desviaría los ojos del público del lugar donde realmente estaría ocurriendo el juego. Es lo que se llama “cancamusa”.

Christopher Nolan es capaz de plasmar todo esto en su filme “El truco final (El prestigio)” Una película basada en la novela homónima que Christopher Priest publicó en 1995. En ella, dos magos rivales se enfrentan en el Londres de 1890. A un lado de los escenarios está Alfred Borden, un hombre brillante interpretado por Christian Bale y para el que la magia es su vida. Borden está dispuesto a sacrificar cualquier cosa con tal de lograr el efecto que busca en el público. Al otro lado está Hugh Jackman encarnando a Robert Angier, igualmente enamorado de la magia, pero movido por la venganza.

Durante un antiguo truco de escapismo, Borden hizo un mal nudo que le costó la vida a la mujer de Angier. Para este último solo hay una forma de vengarse, y es robándole a Borden su número más preciado, el exitoso juego del hombre que desaparece. Así es como nace la obsesión que vertebra la película. Una disputa que enemistará de por vida a los dos magos, haciéndoles vivir una historia de secretos, mentiras y giros de guion inesperados.

LA MAGIA ESTÁ EN EL CEREBRO

Durante todo el largometraje los protagonistas dan especial importancia al concepto que bautiza al filme. Pero no se refieren al prestigio social, sino al preciso momento en que, sobre el escenario, ocurre algo inaudito. En palabras de Michael Cane interpretando a John Cutter:

“Todo efecto mágico consta de tres partes o actos. La primera parte, es la presentación: el mago muestra algo ordinario […] El segundo acto es la actuación: el mago, con eso que era ordinario, consigue hacer algo extraordinario. […] Pero todavía no aplaudiréis. Que hagan desaparecer algo no es suficiente, tienen que hacerlo reaparecer. Por eso, todo efecto mágico consta de un tercer acto, la parte más complicada de este acto es el prestigio.”

En nuestra época estas intuiciones se han vuelto hechos. Gracias a profesionales de la neurociencia sabemos que la excitación producida por un truco de magia está relacionada con cómo de sorprendente sea su desenlace. Uno de los motivos es que, cuanto más inesperado es algo, más dopamina libera nuestro cerebro, siendo la dopamina una sustancia íntimamente relacionada con el placer. De hecho, sabemos que no somos los únicos animales capaces de apreciar la magia. Los chimpancés, por ejemplo, también crean en su cabeza esquemas sobre cómo ha de funcionar el mundo, normas que, cuando se violan, disparan la sorpresa.

A través de intuiciones aproximadas, muchos magos se vieron atraídos por el pensamiento científico de su tiempo. El mismo Houdini emprendió una batalla personal contra los farsantes que pretendían confundir los trucos con la realidad, sentando las bases de una escuela de magos escépticos. Sus discípulos indirectos siguen vivos y llevan la ciencia a la magia de primerísimo nivel, como James Randi, Penn Jillette o Raymond Teller. Por estos motivos, científicas de renombre como la coruñesa Susana Martínez-Conde, están revolucionando el estudio de la percepción al poner a neurocientíficos a trabajar mano a mano con magos.

EL GENIO CROATA

No obstante, la magia no solo se aprovecha de los “fallos” del cerebro. Desde el primer juego de prestidigitación del que tenemos constancia, el famoso truco de los trileros allá por el antiguo Egipto, la tecnología ha estado presente. Ya fuera diseñando vasos fácilmente manipulables o dispositivos complejos con engranajes, cavidades secretas y falsos fondos. Esta faceta también queda magistralmente plasmada en las primeras partes de la película, aunque pronto degenera al introducir a uno de los mayores tecnólogos de la historia, el croata Nikola Tesla.

Interpretado por David Bowie, el Tesla de Nolan dista mucho del real. Se nutre de sus mitos, independientemente de lo ireales que sean. En el filme, podemos verle en su estación experimental de Colorado Springs, tratando de dar con la forma de enviar electricidad sin cables de una forma eficiente. Algo que consiguió según la película, pero que en realidad pertenece al territorio de las leyendas urbanas. Otra imprecisión está en que, en la realidad, la estación experimental de Tesla fue desmantelada por sí mismo para pagar sus deudas, no por Edison, con quien mantenía una acalorada enemistad.

En resumen, puede que “El truco final” no destaque por su rigor científico o histórico, pero es capaz de transportarnos a un siglo en el que el arte y la ciencia se encontraban día tras día sobre los escenarios de medio mundo.

QUE NO SE LA CUELEN:

  • Las disputas entre magos eran y siguen siendo frecuentes. Por ejemplo, el mismo Houdini decidió llamarse así eclipsar a Houdin, el creador de la magia moderna. En parte se debe a la dificultad que entraña patentar un truco de magia cuando no hay artilugios implicados en él, lo cual ha fomentado históricamente el plagio.
  • Para que un truco funcione, el mago tiene que jugar con los esquemas del mundo que tiene su público. Por ejemplo, si él mira a su mano y la mueve como si hubiera algo en ella, nos sorprenderá que, al abrirla, la palma esté vacía. No nos ha hecho falta ver la moneda para, por el contexto, asumir que estaba ahí. Nunca estuvo, por lo que realmente nunca ha desaparecido, pero eso no es lo que nuestro cerebro ha interpretado. El mago ha creado una expectativa para rápidamente romperla.

REFERENCIAS (MLA):

  • Houdini, Harry, and Iban Barrenetxea. Traficantes De Milagros Y Sus Métodos.
  • Macknik, Stephen L et al. Los Engaños De La Mente. Destino, 2012.
  • Priest, Christopher. The Prestige. St. Martin’s Press, 1996.