Sociedad

Este es el dichoso chip de las vacunas y tiene confundidos a los conspiranoicos

Después de todo lo que se ha dicho sobre supuestos chips en las vacunas, una empresa ha lanzado una propuesta bastante comprometida.

El chip de DSruptive Subdermals que pretenden emplear para almacenar el pasaporte COVID bajo la piel
El chip de DSruptive Subdermals que pretenden emplear para almacenar el pasaporte COVID bajo la piel FOTO: Euronews.next Creative Commons

Hay que reconocer que los conspiranoicos han ido sofisticando sus historias. Hace tiempo que aquello del chip no es canon en su discurso. Al principio de la pandemia, en cambio, se escuchaba bastante de boca de todo aquel que se oponía a las vacunas y desconfiaba de la pandemia. Había todo tipo de combinaciones, gente que creía en el virus, pero no en que su origen fuera natural, personas que creían que todo era una farsa y las ucis estaban llenas de actores e incluso otros que creían en todo lo relacionado con el virus, pero no en el efecto de las vacunas. Llegamos a ver incluso cameos entre conspiranoicos distintos, uniendo la desconfianza COVID con la del 5G y planteando que no estábamos ante un virus, sino ante los efectos de esta nueva tecnología.

Huelga decir que nada de esto tiene la menor evidencia como para ser considerado seriamente desde la ciencia. El virus existe, las vacunas funcionan y no tienen chips y, hasta que se demuestre lo contrario, el origen del virus es todo lo natural que puede ser la interacción entre cantidades masivas de humanos y de animales en condiciones de hacinamiento. Sin embargo, aquello del chip podría resurgir como una inspiración, parecido a como algunos inventores se han dejado influir por las fantasías de la ciencia ficción. Sin más rodeo, aclaremos de qué estamos hablando: la empresa sueca DSruptive Subdermals ha planteado el diseño de un microchip implantable en el cuerpo humano. Y, aunque ellos mismos insisten en el gran lista de funciones que podría cumplir, han propuesto su uso para almacenar el pasaporte COVID. En cierto modo, es lo más parecido a las pesadillas de aquellos conspiranoicos.

La pesadilla de los conspiranoicos

No es el propio virus ni está en las vacunas, pero nos lo implantarían justificándose en la pandemia y, lo que posiblemente les aterre más, seríamos nosotros mismos quienes pidiéramos recibirlo en nuestras carnes. Aunque, para ser realista, es posible que la iniciativa no llegue a término, se espera que pronto empiecen a popularizarse estas soluciones con las que, por cierto, ya viven cada vez más personas. Ahora bien... ¿Qué peligro existe si nos implantamos algo así?

Para responder bien a esta pregunta deberíamos empezar acotando qué cambios supone realmente una tecnología así. Una forma interesante de analizar la situación pasa por darse cuenta de que, por lo general, los conspiranoicos se preocupan con historias enrevesadas de que pasen cosas que, en realidad, ya están ocurriendo de forma mucho más sencilla. Todos podemos imaginar a alguien escribiendo airadamente tuits contra “Evil Gates” y Soros, preocupado porque le obliguen a vacunarse con un vial que contiene microchips con los que será monitorizado al milímetro. Curiosamente, estará escribiendo todo esto desde su teléfono y no habrá leído los términos y condiciones de sus aplicaciones favoritas, Twitter entre otros.

Sus metadatos son ahora propiedad de la empresa, que puede saber dónde está, cuándo accede y, aunque tal vez no lo que escribe, hay casos en los que se las han apañado para monitorear en qué aplicación te encuentras en función de cómo interactúas con tu pantalla. Hace tiempo que nosotros mismos nos pusimos un “rastreador” sin necesidad de vacunas y por voluntad propia. Aunque claro, eso no significa que sea necesariamente malo, la capacidad que da a las empresas de personalizar lo que nos ofrecen podría hacernos la vida mejor y la tecnología tendría aplicaciones impresionantes para la telemedicina. En todo caso, es una cuestión de reforzar la legislación y adaptarse a este nuevo panorama que no habíamos tenido hasta ahora. Y todo eso por no hablar de que, el chip de DSruptive Subdermals no compartiría nuestra información con esa ligereza, entre otras cosas porque no tendría capacidad para registrar prácticamente nada más allá de lo que nosotros le introduzcamos.

¿El verdadero cambio?

¿Cuál es la diferencia, entonces? Pues tampoco lo sería que integremos tecnología en nuestro cuerpo. En cierto modo ya lo hemos hecho numerosas veces para resolver problemas, tratando de abolir la enfermedad. Hablamos desde empastes y marcapasos hasta prótesis de hueso, oídos artificiales e incluso retinas mecánicas. Podríamos argumentar que la diferencia en este caso viene de la falta de necesidad. Los ejemplos dados, se aplican por necesidad, para devolver la calidad de vida, esto sería por gusto, un capricho para ganar una comodidad menor de la que bien podríamos prescindir. Algo así como los wearable, por lo tanto, sean pulseras o relojes inteligentes. Esos sí que toman datos de nuestro movimiento, nuestras pulsaciones y muchas otras cosas.

Lo que no hacemos con otros wearable es introducirlos en nuestro cuerpo Podemos concluir que, por lo tanto, la verdadera novedad es que sea algo que integramos bajo nuestra piel por disfrute. Podríamos discutir que también integramos en nuestro cuerpo sustancias cuando consumimos drogas o alcohol o que, por ejemplo, hace décadas que existen implantes subdérmico para inhibir la ovulación, como métodos anticonceptivos, y son barras mucho más largas que los 1,4 centímetros propuestos por los ingenieros de DSruptive Subdermals.

Habiendo aclarado esta difusa frontera (por no decir casi inexistente) que parece levantarse entre estos dispositivos y los que ya hemos aceptado en nuestra sociedad, podemos relajarnos bastante, porque en esas novedades no se entraña ningún problema mayor del que debamos preocuparnos. Está integrado en nuestro cuerpo, sí, y sería una complicación si no fuera que el material transparente que lo contiene encapsulado no alerta a nuestro sistema inmunitario, evitando su rechazo. En cuanto a su interior, un pequeño microchip capaz de almacenar los documentos que se programen en él, como el pasaporte COVID y, decuplicando el tamaño del chip, una antena NFC que permitirá que comparta esos archivos como ya hacen otras tecnologías de nuestro entorno.

El único miedo que resta es que la adopción de esta tecnología abra una brecha social entre quienes estén dispuestos a introducir tecnología en su cuerpo y quienes no. Sin embargo, esto ya pasa en cierto grado con los teléfonos móviles, sin los cuales muchas oportunidades laborales son inconcebibles. Como decíamos al principio, los conspiranoicos tienden a preocuparse con complejísimas narrativas de cosas que ya están ocurriendo de un modo mucho más sencillo.

Lo que todavía no habíamos dicho es que eso es tremendamente humano. ¿No es eso acaso lo que hace la ciencia ficción cuando traslada las grandes preguntas de la humanidad a escenarios hipertecnológicos y extremos? Es exactamente lo que hacemos todos ante lo nuevo. Porque tal vez, inyectarse un microchip no sea lo que más conviene a nuestra sociedad, pero el verdadero problema es previo, es el útero en el que se gesta la idea de DSruptive Subdermals que, en realidad es bastante inane. Lo que debería captar nuestra atención es lo que ya hemos hecho, la extraña relación que estamos desarrollando con la tecnología, a veces maravillosa, otras inquietante, pero siempre apresurada. Porque su impacto social es innegable y, normalmente, lo obviamos por comodidad.

QUE NO TE LA CUELEN:

  • El grosor del dispositivo es de apenas 2 milímetros y, aunque su miniaturización llegará con el tiempo, sobre todo cuando se consiga reducir la longitud de su antena (y eso no es un problema sencillo de resolver), podrían obtenerse dispositivos más pequeños que introducir en el cuerpo. Sin embargo, sabiendo que el estado de la tecnología es este, ahora mismo sería imposible introducir un chip tan rudimentario como este en una vacuna. Para hacernos una idea, las vacunas se administran en jeringuillas a las que colocamos diferentes tipos de agujas. El calibre de estas no suele superar el milímetro de grosor (o gauge). De hecho, podríamos decir que ronda el medio milímetro, cuatro veces más estrecho que el microchip que tendría que inyectarse con ellas. Es el equivalente a querer meter un hipopótamo en un maletero.

REFERENCIAS (MLA):