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Nature advierte de que nos estamos equivocando con los hongos

Algunos documentales han extendido ideas muy incorrectas sobre los hongos y un nuevo artículo las confronta una a una

Musgo y hongos (Adege/Pixabay)
Nature advierte que nos estamos equivocando con los hongosAdegePixabay

Nuestra relación con las religiones es extraña. Su propia etimología nos da pistas de lo que buscamos en ellas: unirnos en comunidades, sentirnos parte de algo y, aunque parece que algunas religiones han perdido seguidores en las últimas décadas, otras los ganan sin que nos demos cuenta ni siquiera de que están ahí. Las consideramos corrientes de pensamiento, formas de entender la vida y, en esa condescendencia, acabamos ignorando un fenómeno emergente y, en cierto modo preocupante. Una de estas “nuevas religiones” es el New Age. Una corriente que, como si fuera un cajón de sastre, reúne todo tipo de ideas esotéricas y, entre ellas, suele mezclar una supuesta ilustración científica con tradiciones paganas muy relacionadas con la naturaleza. Ahora bien: ¿Qué peligro podría tener que las personas creyeran lo que les viniera en gana?

El problema está en que, como decíamos, a veces se presentan como datos científicos lo que solo son fábulas “buenrollistas” y eso tiene consecuencias para nosotros. A veces para nuestra salud, otras para el medioambiente. En este caso, la revista Nature Ecology & Evolution hadecidido tomar cartas en el asunto y publicar una investigación que se levanta contra un tema especialmente viralizado en los colectivos New Age: las fantásticas propiedades de los hongos. Lo más sorprendente es que el tema no orbita en torno al consumo de hongos psicotrópicos, sino a un supuesto conocimiento teórico que ha causado furor estos últimos años, en gran medida debido a documentales exagerados y charlas motivadoras de dudoso rigor. ¿Es cierto que los hongos crean redes subterráneas que conectan a la vegetación para que comparta nutrientes y alerten de posibles peligros? Muchos han llegado a presentarlas como cerebros fúngicos que habitan bajo nuestros pies y conectan todo el planeta.

¿Conectan todos los bosques?

La primera pregunta que abordan los investigadores es si realmente, estas redes de hongos están tan extendidas como nos suelen contar. Si nos ceñimos a los estudios publicados, las redes micorrícicas comunes (que así se llaman), no se han estudiado mucho. Faltan muestras como para conocer su extensión y ubicuidad. Son pocos los bosques cartografiados y, posiblemente, dependan mucho de la especie y el lugar que estudiemos.

Dicho de otro modo: si bien los hongos pueden desarrollar redes micorrícicas comunes de cierta extensión, todo lo que se dice sobre su ubicuidad es pura fantasía. Aunque por ahora los investigadores saben bien que estas afirmaciones New Age son exageradas, es cuestión de generaciones que calen del todo en la sociedad y puedan afectar a decisiones relacionadas con la gestión de los suelos, por lo que conviene aclarar un par de conceptos más.

¿Comparten nutrientes?

Otra de las afirmaciones más frecuentes consiste en que estas redes conectan a los árboles más desarrollados con otros menores, algunos sus propios descendientes, permitiendo que los nutrientes fluyan de unos a otros. Sería como un cordón umbilical que ayudaría a crecer a los árboles más pequeños, a los que apenas llega la luz para hacer la fotosíntesis. Por desgracia, por bello que sea este concepto, también es falso.

En la investigación citan que una revisión de los principales 26 artículos publicados al respecto no respaldan esta idea. Las redes micorrícicas comunes tendrían mayormente un efecto neutro en este caso, produciendo a las plantas que conectan algunos beneficios, pero también inconvenientes. Así que no, no parece que sean una autopista de nutrientes de primera importancia. Y es que, incluso si lo fueran, lo que no podemos afirmar bajo ningún concepto, es que tengamos razones para creerlo.

¿Son un cerebro fúngico?

Tal vez la afirmación más rocambolesca y extendida es queestas redes actúen como un cerebro. En la investigación, los expertosaclaran que no hay ningún artículo científico publicado y revisado por paresque respalde que estas redes contribuyan a que unas plantas les comuniquen aotras la presencia de peligros. No parece que se envíen información como sifueran cables y muchísimo menos que puedan procesarla como hacen realmente loscerebros.

En palabras de Alberta Justine Karst, una de las tresresponsables de la investigación: “Distorsionar la ciencia sobre las redesmicorrícicas comunes en los bosques es un problema, porque una ciencia sólidaes fundamental para tomar decisiones sobre la gestión de los bosques. Esprematuro basar las prácticas y políticas forestales en las redes micorrícicascomunes per se, sin más pruebas. Y no identificar la desinformación puedeerosionar la confianza pública en la ciencia”. Así que, por mucho quedisfrutemos imaginando un bosque inteligente, capaz de actuar como un organismosabio y en equilibrio, la realidad es algo más cruda, mucho menosfantasiosa pero, eso sí, igual de espectacular.

QUE NO TE LA CUELEN:

  • Aunque estemos tentados de llamar cerebro a cualquier conjunto de células que intercambian lo que podríamos considerar información, debemos evitar el error. Un cerebro debe ser capaz de procesar información yeso se debe a cómo están conectadas esas unidades, no a que puedan, por ejemplo, conducir electricidad de una a otra. Por ese motivo, un conjunto de neuronas como las que pueblan nuestro intestino tampoco son un cerebro, son tejido nervioso.

REFERENCIAS (MLA):