La «marea alta» de la Confederación

Tras dos días de encarnizados combates, una carga frontal a la bayoneta decidiría la suerte de la Guerra de Secesión, como nos cuenta el historiador Allen Guelzo en su libro «Gettysburg»

«¡Muchachos, debemos emplear el frío acero! ¿Quién me seguirá?», parece que se oyó gritar al general Lewis Armistead mientras, con el sombrero clavado en el sable, encabezaba a los hombres de su brigada ascendiendo sobre el muro de piedra tras el que se habían parapetado los soldados federales. «¡Mirad a vuestro general! ¡Seguidlo!», añadió un oficial del 53.er Regimiento de Virginia mientras el cabo Tyler, nieto de un presidente de los Estados Unidos, plantaba la bandera regimental sobre el muro. The High Water Mark («La marea alta») denominaron los anglosajones a este momento de la gran carga del 3 de julio de 1863, cuando los hombres de Pickett llegaron a romper la línea enemiga y todo pareció quedar en suspenso, a la espera de si esta se derrumbaba o aguantaba.

batalla contra el mar

La ola rompió sobre los defensores: el 53.º, seguido por el 56.º de Virginia, cruzó al otro lado del obstáculo y se incrustó entre el 69.º y el 71.º de Pensilvania, separando ambos regimientos, que tuvieron que maniobrar para negar sus flancos al impetuoso enemigo. Se inició la melé, hubo «golpes de bayoneta, sablazos, tiros de pistola; momentos de fría deliberación por parte de algunos; apasionados y desesperados esfuerzos por parte de otros; temeridad, tenacidad, fiera determinación, juramentos, alaridos, maldiciones, hurras, gritos» escribió Jacob Hoke. Pero los defensores resistieron, su retirada se ralentizó y los asaltantes empezaron a perder impulso, justo lo que Armistead no quería. Frente a él vio los restos de la batería de Cushing, y más allá las filas apretadas del 72.º de Pensilvania, los Fire Zuaves, y tras ellos... nada. O todo, pues si conseguían romper esa última línea podían alcanzar la victoria. «En ningún otro momento estuvo el Ejército del Potomac más cerca de ser destruido que entonces», diría el general Webb, al mando de la brigada defensora. Sin embargo, no fue así; los federales reaccionaron, el 72.º se puso en marcha hacia el enemigo y se le unieron los regimientos que tenía a derecha e izquierda para formar un muro sólido, alguien gritó «¡carguen!», tal vez, y se abalanzaron sobre los confederados. «Justo cuando puso la mano sobre uno de los cañones abandonados, le derribaron de un disparo», cuenta el teniente Finley, del 56.º de Virginia. «Nos hallábamos tan cerca como si hubiéramos estado marchando en formación –escribiría, ya muy mayor, un sargento del 14.º de Virginia– cayó hacia la izquierda del cañón, yo pasé por la derecha [...] el tipo que mató a Armistead se encontraba justo donde se halla actualmente el monumento al 71.º de Pensilvania». El general confederado había recibido dos disparos, en la parte superior del brazo derecho y por encima de la rodilla izquierda, pero ninguno de los dos parecía mortal. Poco después fue recogido por un grupo de combatientes federales, que lo estaban trasladando hacia retaguardia cuando los detuvo el general Bingham, quien se presentó ante el herido como miembro del Estado Mayor del general Hancock. Armistead y él se conocían desde antes de la guerra: «Es un viejo y querido amigo» contestó el herido preguntando por él, sin saber que también este había sido alcanzado poco antes, aunque su cirujano había conseguido sacar una esquirla de madera y suturar la herida antes de que resultara mortal. La carrera de Lewis Armistead terminó a las 9.00 horas del 5 de julio, dos días después de la batalla, en el hospital federal situado en Spangler’s Farm. No del todo a causa de sus heridas, según el médico que lo atendió, sino fundamentalmente por la fiebre y el agotamiento físico y mental. Para entonces la marea había bajado y Lee se estaba retirando de nuevo hacia Virginia.

Para saber más:

«Gettysburg», de Allen C. Guelzo. Desperta Ferro Ediciones 776 pp. 29,95€

La Unión, en peligro:. El camino hacia Gettysburg

Tras la derrota de los ejércitos federales en las batallas de Fredericksburg y Chancellorsville, el general Robert E. Lee, comandante en jefe del Ejército de Virginia del Norte, decidió que ya había llegado el momento de volver a invadir el norte. Su primera experiencia, en 1862, había sido negativa, pero 1863 sería el año de la victoria decisiva. La ofensiva comenzó a primeros de junio, cuando el cuerpo de ejército de Richard Ewell desapareció del frente sobre el río Rapahannock para dirigirse hacia el valle de Shenandoah, que serviría de autopista hacia Maryland y Pennsilvania. Poco después siguió el cuerpo de ejército de James Longstreet y, tras haber protegido la retaguardia y engañado a los federales durante un tiempo, el de Andrew Powell Hill. En el norte cundió el pánico. La presencia de los confederados sobre el cauce del río Susquehanna provocó pesadillas a civiles y militares por igual. Sin embargo, el ejército del Potomac había reaccionado con rapidez y, bajo el mando del general George Gordon Meade, se había interpuesto entre los jinetes confederados y el grueso de su ejército, dejando ciego a su comandante. Así, cuando el 1 de julio de 1863 la división de Henry Heth avanzó hacia Gettysburg y se topó con la vanguardia unionista, la caballería de John Bufford, fue imposible cumplir la orden de Lee de evitar un enfrentamiento a gran escala.