Historia

El Arca de la Alianza y las plagas de Yahvé

Sin ponernos conspiranoicos respecto al coronavirus, lo cierto es que las enfermadades se han usado como arma desde antiguo, como cuenta Adrienne Major en las páginas de su libro

«El Arca pasa sobre el Jordán» (1904), lienzo de James Tissot
«El Arca pasa sobre el Jordán» (1904), lienzo de James Tissot

El episodio de los problemas que el Arca de la Alianza acarreó a los filisteos, narrado en el primer libro de Samuel, es un ejemplo temprano y sugestivo al respecto. En el siglo XII a. C., cuando los filisteos se hallaban en plena guerra contra los israelitas, se vieron asaltados por el temor de que Yahvé les golpeara con terribles plagas como había hecho con los egipcios. Y, en efecto, cuando les arrebataron a los israelitas el sagrado cajón de madera que estos denominaban Arca de la Alianza y lo trasladaron hasta su capital, la población filistea se vio diezmada por una epidemia caracterizada por la aparición de bubas hinchadas en la ingle (un síntoma característico de la peste bubónica). Los supervivientes fueron trasladando el Arca a una serie de urbes filisteas, mas todas ellas se veían azotadas por la misma pandemia, como lo cuenta Adrienne Major en en su libro «Fuego griego, flechas envenenadas y escorpiones». Los filisteos no tardaron en atribuir la catástrofe a Yahvé, aunque también la relacionaron con una plaga de roedores que había afectado a todos sus territorios. De hecho, hoy sabemos que la peste bubónica se transmite a través de las pulgas de los roedores.

La simultaneidad entre los estallidos infecciosos sucesivos y la llegada del Arca a cada ciudad suscita interrogantes interesantes. Podría ser simplemente que los propios filisteos que escoltaban la reliquia fueran también los transmisores de la epidemia. Pero, dada la recurrencia en todo el mundo de las historias acerca de plagas que estallan cuando un enemigo abre un contenedor sellado, y dados los conocimientos modernos que nos indican que semejante escenario es plausible, podríamos valorar otra posibilidad: ¿el relato del Arca nos está sugiriendo acaso que esta contenía algún objeto, como ropajes singulares, que albergara gérmenes infecciosos pulverizados, o quizá algún tipo de insecto que actuara como vector e infectara a los roedores del territorio filisteo? De modo significativo, cuando el Arca de la Alianza fue finalmente recobrada y devuelta al gran templo de Salomón en Jerusalén, los israelitas, sabedores de que nunca debían tocarla, la acarrearon suspendida mediante varas que se pasaban por sendas anillas. Se cuenta que, en cierta ocasión, un israelita llamado Uzzah tocó accidentalmente el cofre y murió al instante.

Espíritus en tinajas

Otros dos relatos sobre el templo de Jerusalén sugieren que el material que transmitía la peste bien pudo haber sido ocultado y almacenado en un lugar seguro en previsión de una eventual invasión militar. Considérese, por ejemplo, la antigua leyenda que habla del sellado de los «demonios de la peste» y su depósito en el templo de Jerusalén. Esta historia aparece en el Testamento de Salomón y en otros antiguos textos de origen hebreo, gnóstico y griego, datables entre los siglos I y IV d. C., aunque basados en tradiciones anteriores. Salomón, por su parte, fue un rey histórico, responsable de la erección del templo de Jerusalén en el siglo X a. C. Según esta leyenda, el rey Salomón conjuró a una turba de espíritus de la enfermedad y el desastre y los obligó a colaborar en la construcción de su magnífico templo; acto seguido, los recluyó dentro de recipientes de cobre y los selló con plata. Todos estos recipientes fueron almacenados en grandes tinajas y enterrados para siempre entre los cimientos del templo.

Esta historia puede interpretarse como una clara evidencia de la creencia de que los espíritus malignos podían confinarse por arte de magia en contenedores estancos, como los genios o djinns en sus botellas. Pero, tal y como las tablillas sumerias de Mari demuestran, los habitantes del Oriente Próximo también comprendían que ciertos objetos como la ropa y las copas podían transmitir enfermedades fatales. Ese conocimiento, junto con el relato del Antiguo Testamento sobre el Arca trufado por sucesivos estallidos de epidemias entre el enemigo, dotan a la leyenda de Salomón de un nuevo y más profundo significado.

Desde luego, las narraciones bíblicas sobre las plagas que Yahvé envió contra los egipcios en tiempos de Moisés y contra los filisteos que robaron el Arca ya planteaban de por sí la idea del contagio como arma, noción que parece verse confirmada por las reservas de agentes infecciosos previstas por Salomón. El propio Testamento de Salomón predecía que, cuando el templo levantado por él fuera destruido por el rey de los caldeos, los espíritus de la peste quedarían liberados. En efecto, en 586 a. C. Nabucodonosor (el cruel monarca de los caldeos o neobabilonios) saqueó e incendió el templo de Jerusalén. «Durante el pillaje», los invasores hallaron los recipientes de cobre y, creyéndolos repletos de tesoros, rompieron sus sellos. En ese instante, los demonios pestíferos quedaron desencadenados y «hostigaron de nuevo a los hombres».

Los primeros laboratorios

El convencimiento de que el pillaje de un templo o un lugar sagrado podía acarrear un castigo divino en forma de plaga era ya para entonces sumamente antiguo. La captura del Arca de la Alianza por parte de los filisteos seguida de los sucesivos estallidos pestíferos no era sino uno de los primeros casos recordados. Las historias que hablan del almacenamiento de armas biológicas en el interior de los templos suscitan una infinidad de interrogantes. ¿Por qué razón los materiales biológicos peligrosos se guardaban en los recintos sacros? ¿La liberación de las plagas era accidental o intencional? En el mundo grecorromano, los templos servían a menudo como museos en los que se reverenciaban reliquias y se atesoraban y exponían todo tipo de armas de gran significación mítica e histórica. Sin ir más lejos, es bien sabido que las armas biológicas que en origen pertenecieron a Hércules (las flechas envenenadas con la ponzoña de la Hidra) terminaron siendo depositadas en un templo de Italia por el arquero Filoctetes, quien se las ofrendó a Apolo, el dios que propagaba la peste con sus dardos. Pero, con toda probabilidad, los agentes biológicos de gran potencial mortífero no solo se almacenaban para ser admirados por la posteridad.

Contamos con datos antiguos que avalan que los sacerdotes de los templos de Apolo tenían amplios conocimientos sobre los venenos y estudiaban sus efectos. Por ejemplo, el célebre toxicólogo Nicandro, compilador de una enciclopedia sobre serpientes, plantas e insectos venenosos, era sacerdote de Apolo en el templo de Claros, el mismo que pronunció oráculos sobre la peste de 165 d. C. Asimismo, Apolo era el patrón de los médicos y sabemos que el galeno Nebros usó sus amplios conocimientos sobre venenos para colaborar en la destrucción de la ciudad de Cirra, que había ofendido a Apolo. Con todos estos indicios en mente, resulta inevitable preguntarse si algunos de estos templos no habrían funcionado en la Antigüedad como laboratorios para la experimentación con venenos y antídotos, con enfermedades e incluso con primitivas vacunas.