De la “matraca” a la “cacerolada": las protestas de la clase media

En las manifestaciones actuales se usan cacerolas e instrumentos de cocina. ¿Cuál es la historia de esta clase de protestas?

En algunos momentos de la Historia las revoluciones burguesas comenzaron con una acción colectiva de protesta envuelta en un aspecto folclórico. Son lo que ahora se llaman «performances». El 16 de diciembre de 1773 unos colonos de Boston se disfrazaron de indios para asaltar unos barcos británicos y tirar el té al mar. Era una forma de protestar por el aumento de los impuestos ordenados por el Gobierno de Jorge III. Fue «el motín del té» que inició la revolución. Esas formas de protesta popular tenían un origen europeo. En Inglaterra era la «rough music», una especie de charanga irónica que denunciaba la política gubernamental, utilizando el ruido que hacían los utensilios de cocina o trabajo. En Francia, especialmente en los tiempos que precedieron a su Revolución, era el charivari, que se siguió haciendo durante el siglo XIX también en otros países. En Portugal era frecuente para atemorizar a los simpatizantes de partidos rivales. En España se llamó «cencerrada» o «matraca». Eran protestas típicas de la burguesía, a veces revolucionaria. Se trataba de rituales carnavalescos consistentes, como ha señalado la historiadora Natalie Zemon Davis, en un estallido sonoro realizado con ollas y cazos con la intención de reprobar una transgresión de las normas establecidas, la falta de libertad o el abuso del poder, o para contra los adversarios políticos.

Ese tipo de protesta se abandonó hasta el inicio del siglo XIX, cuando se retomaron en Europa como una forma de protesta política y social, o de incomodar a los adversarios. Los republicanos franceses utilizaban el ruido para boicotear a los políticos monárquicos. En Portugal era frecuente para atemorizar a los simpatizantes de partidos rivales. Tenía un fuerte componente de clase media, tanto urbana como rural, que mezclaba divertimento e ironía con política. Era algo muy distinto de las acciones colectivas violentas que surcaron la Europa contemporánea, especialmente en la primera mitad del siglo XX. Las caceroladas resucitaron en Argelia en 1961, donde se vivieron «las noches de las cacerolas» por parte de los partidarios de que el territorio africano permaneciera bajo soberanía francesa. En los primeros años de la década de 1970 fue en Chile en una serie de protestas conocidas como la «Marcha de las cacerolas vacías», organizada por mujeres de derechas contra el gobierno socialista de Salvador Allende. Las caceroladas se extendieron pronto por todo el país. Aquellas personas protestaban por la marcha de la economía chilena y el empobrecimiento general. «La olla vacía –decían– es el símbolo del fracaso del gobierno» de Unidad Popular del socialista Allende. La izquierda se burló de esas mujeres con comentarios machistas e intentó denigrar su manera de criticar. El grupo de música Quilapayún, que tuvo gran predicamento en España entre socialistas y comunistas, sacó una canción titulada «Las ollitas». La letra decía: «Esa vieja fea, guatona golosa, como la golpea, gorda sediciosa. Oye vieja sapa, esa olla es nueva, como no se escucha, dale con la mano». La cacerolada era algo de la derecha y por tanto despreciable, pero esa atribución a un lado ideológico no duró mucho.

Las clases medias usaron las caceroladas en Venezuela contra las medidas de ajuste fiscal del socialdemócrata Carlos Andrés Pérez, entre 1989 y 1992. La victoria electoral en 1996 de Rafael Caldera en una coalición de izquierdas, Convergencia, no paró las caceroladas en Caracas. Ni siquiera el inicio de la dictadura de Hugo Chávez consiguió acallar a las clases medias, que protestaron con sus ollas en la calle y desde las ventanas al paso del presidente. No solo se quejaban de la falta de libertad, sino también de la corrupción y del empobrecimiento. En 2001 las protestas contra el «corralito» financiero en Argentina se hicieron a través de caceroladas hasta que dimitió el presidente Fernández de la Rúa. Se usaron en Canadá por los estudiantes, y en Islandia contra su gobierno en 2008. En el siglo XXI la cacerolada se ha constituido en una forma común de protesta, marcado por espectáculos callejeros de protesta. Se puede situar junto a las coreografías feministas, los disfraces ecologistas o los desnudos de las «activistas» de Femen. Son nuevas formas de protesta en las que ha desaparecido la lucha de clases, y se ha impuesto la reivindicación de colectivos y el choque entre los de arriba y los de abajo.

Mucho ruido y pocas nueces

Lo importante para que una forma de protesta sea efectiva es que llame la atención de los medios. Solo así se consigue que un grupo pequeño sea noticia y parezca la reivindicación de la mayoría. En este sentido, las batucadas, los conciertos de percusión en medio de una manifestación, se han convertido también en un instrumento político. Es puro «marketing». Las cacerolas hacen mucho ruido y consiguen su repercusión en los medios. La peculiaridad de la cacerolada es que se ha convertido en la protesta de la clase media. Los utensilios utilizados son caseros. Se usan ollas o sartenes golpeados por cucharas. Es una referencia a la economía doméstica, a las dificultades para mantener la alimentación o el hogar: las ollas vacías.

No hay disfraces, ni desnudos, ni conciertos en las caceroladas. Tampoco hay una organización que pretenda la transformación social o del planeta. Es una forma de crítica a un gobierno desligado de la ciudadanía, a la que somete a una política de falta de libertad o de recursos. Eran y son una forma festiva, no violenta, de mostrar disconformidad con una política o un Gobierno. A diferencia de épocas anteriores, en el siglo XXI la cacerolada se hizo urbana. No necesitaba un permiso público para concentrarse en una plaza o desfilar por las calles. Se podía realizar desde las ventanas y balcones. Es más; ahora la convocatoria es sencilla gracias a los nuevos medios de comunicación, las redes como Twitter, Facebook, Instagram o Whatsapp. En las caceroladas no suele haber al principio un partido político o un movimiento social, sino que surgían de forma espontánea y siguiendo la recién adquirida costumbre de ese tipo de protesta. Otra cosa es que luego políticos o activistas quieran apropiarse de la respuesta social. Un ejemplo de esto ha sucedido en España. El ciclo de protestas que comenzó en el país en 2011, abrió el repertorio de acciones colectivas. La conclusión fue el 15-M, en el que se dieron cita personas de muy distintas ideologías y con aspiraciones diferentes. Les unía algo: protestar contra un sistema que creían perjudicial. Gobernaba entonces el PSOE de Rodríguez Zapatero. Era la calle protestando contra un gobierno de izquierdas. Luego llegó el comunismo populista y se lo apropió, y ahora venden el 15-M como su momento fundacional.

La negligencia del Gobierno en la gestión de la pandemia y el abuso del estado de alarma para aprobar medidas ajenas a la sanidad, han provocado en España un movimiento de protesta que ha tomado la forma de cacerolada. Al principio fue espontáneo y carente de violencia. Esperemos que siga así, y respetando las normas sanitarias.