Camarón, contra los ecos del tiempo

Reeditan «La Leyenda del tiempo» con nuevo brillo y limpieza en su sonido, en el 35 aniversario de la obra maestra. Por Ricardo Pachón, productor original y Juan de Dios Martín

El cantaor intentó grabar temas de Lole y Manuel, pero no llegaron a buen puerto

Los gitanos regresaban a la tienda a devolver el disco (más en casette que en vinilo) de «La leyenda del tiempo». «Esto no es de Camarón», le escupían al dependiente y exigían su dinero. Ilustres como Rancapino o Pansequito creían que era salirse de la línea. Como todas las obras maestras, la gran creación entraña debate, polémica. El rechazo de algunos es inevitable, porque estas piezas abren caminos. Y en algunos casos, como el que nos ocupa, contienen una epopeya en su proceso de creación. «La leyenda del tiempo», con su bajo eléctrico, su sitar y Lorca por las costuras, es un caso paradigmático. Repudiado en su momento, fracasado comercialmente, regresa 35 años después sin los ecos del acalorado debate, convertido en una cumbre de la cultura popular, y sin otros ecos: los del «reverb» presente en la grabación, que estaba tan de moda entonces y que opacaba los colores del disco que produjo Ricardo Pachón y cantó el rey del flamenco. Respetuosamente remasterizado por Juan de Dios Martín, el lienzo restaurado suena limpio «como un milagro», dice Pacheco.

«A Camarón le había gustado mucho el disco de Lole y Manuel, porque tenía elementos de rock, y fue a hablar con ellos, pero al final no llegaron a encontrar temas para que él los grabase. Y yo le dije que desde la casa de discos estaban esperando un álbum. Y le pregunté: ''José, ¿tú qué tienes?'' Y él me dijo: ''Yo no tengo ná''. Y con mucha vergüenza le enseñé unas canciones que yo había preparado para mí, de unos poemas de Lorca... y se los canté. ''¿A ver? Otra vez''. Y otra y otra, hasta que cogí confianza», relata Pachón, que terminó firmando ocho de los diez cortes. Eso era un comienzo, pero hubo más personas fundamentales para el disco. Kiko Veneno llegó emocionado con Omar Khayyám y con su poesía sufí, y traía «la cabeza volada» de Estados Unidos con Bob Dylan. No era el único, Raimundo Amador procedía de la escena psicodélica de Sevilla y pensaba en Jimi Hendrix. «Había aportaciones libres. Te puedes imaginar, qué confluencia de caminos», tercia Juan de Dios Martín. Pero evidentemente había disensiones, como la de Paco de Lucía. «Fue la primera persona a la que llamé para hacer el disco, y me dijo que sí, pero una semana después me llamó porque su padre estaba cabreado. Camarón, después de nueve discos, había cambiado de productor y no le gustó. Y como son de familia tradicional y de mucho respeto al padre, me pareció irreprochable», explica el productor. Así que hicieron el disco con Tomatito, un gitano de Almería, «de los de vara y cachaba». «También hacía de abogado del diablo. Era un chaval de 17 años al que metieron con aquella banda de locos y se espantaba cuando escuchaba a Camarón cantar ''Volando voy''. ''¿De verdad vas a cantar eso?'', preguntaba».

Camarón tragando saliva

El disco empezó a cocinarse en formato de banda pequeña en la finca de Pachón en el Aljarafe sevillano, con los sospechosos ya mencionados. Después, se trasladaron a Madrid, donde consiguieron que la discográfica les cediese, sin restricciones de horarios, el estudio grande que habitualmente usaban para orquestas sinfónicas. «Éramos una banda de locos y fue increíble y una suerte. Llegó a haber 17 personas dentro del estudio, grabando sin cortapisas, sin claquetas, metiendo la pata y riendo como un jardín de infancia. Llegaron muchos músicos del flamenco de la capital, éramos como una piedra imán que atrae a todo lo que pasa por la puerta», explica Pachón. Una fiesta, un porrito, alguna cosa más. Pero haciendo música en serio. Abrieron tantos caminos que antes no se sabía cómo suena una batería tocando por alegrías. «Fue muy emocionante. No teníamos ni idea de cómo hacerlo, pero había que probar. Y el famoso bajo eléctrico del que tanto se habla, apenas se le oía, lo han sacado ahora a primer plano», señala el productor original. «La premisa es que el disco es histórico y hemos respetado todas las decisiones de mezcla y producción, pero es que el bajo y la guitarra estaban enterradas y los músicos tocan de maravilla. Pero había que ser muy puntilloso para que suene lo mismo y mantenga su esencia, pero más brillante», señala Juan de Dios, encargado de la muy seria tarea de limpiar este Goya del flamenco. «Ahora se oye a Camarón dejarse la garganta, coger aire y tragar saliva. Y por supuesto, las frecuencias bajas han ganado el espectro de los equipos de grabación de hoy, que antes no existía», comenta. «Por entonces estaba muy de moda el reverb de placas, que era bastante malo y se ponía en todos los discos. Dejaba esa pátina que no permite apreciar matices», explica Pachón, que, por suerte grabó en buenos equipos y las cintas originales se conservaban bien.

Palmeros de conservatorio

«La leyenda del tiempo» empezó una revolución que no se sabe si está acabada o podrá tener continuidad. «Yo soy un poco pesimista. Porque al flamenco le ha dado renombre universal, antes que Camarón, Carmen Amaya, por ejemplo. Pero bajo el paraguas de la denominación flamenca está entrando una cantidad de mierda horrorosa. Los camperitos, los flamenquitos, las rumbitas con el cajón y las letras insulsas. Pero volver a la intencionalidad de «La leyenda del tiempo», no la he visto. Muy poco. No se preocupan de hablar de los buenos poetas, de las buenas melodías, de los buenos músicos», dice Pachón, que pone un ejemplo muy gráfico: «Para el disco yo tenía cuatro palmeros que cobraban exactamente igual que el guitarra, el batería y el bajo. Palmeros de conservatorio los llamaba. Y hoy, con un cajón ya meten más ruido y se lo ahorran... Los palmeros que tenían eran supermúsicos y le daban el swing a la canción. El cajón es un invento... peruano», añade irónico. El disco ha envejecido de maravilla, desafiando a los críticos, y recorriendo en 35 años el tránsito del repudio a la obra maestra. ¿Cómo se anda ese camino? «Mira, toda la música de Bach pasó olvidada cien años en un cajón hasta que Brahms la descubrió. Para mí, Bach es el mayor genio de la música universal, así que 35 años no son tantos para Camarón». El disco fue un fracaso rotundo pero a Camarón y a Pachón les dio igual. «Él tenía sus directos y yo era funcionario. Siempre he hecho música por amor. Y preferí trabajar con Pata Negra o Kiko Veneno. Lo de veneno sí que fue una maldición: ni mil discos vendió, y hoy sale en todas las listas de los mejor en 50 años», dice Pachón. «Le ocurrió al ''Pet Sounds'' o a la Velvet, y fíjate hoy...», añade Juan de Dios.

Punto y aparte: el cajón y el «latin jazz»

«Yo creo que, después del gran fracaso comercial que fue el disco, el criterio que buscó Camarón para el siguiente fue hacer algo un poco más asequible», cuenta Pacheco. Tras «La leyenda del tiempo», en el que no llegó a participar Paco de Lucía, Camarón (ambos en la imagen) trabajó con él en «Como el agua» (1981). «Es un disco bonito, como los que vinieron después, pero es otra cosa. Ahí ya trabaja con grandes músicos que vienen del Latin jazz, como Rubém Dantas, o Jorge Pardo y los De Lucía, que eran unos monstruos, pero yo ya distingo esos trabajos de los anteriores, porque las letras de esos proyectos, por ejemplo, son otra cosa. El agua del río, y eso... Pero fue un triunfo, porque hasta entonces Paco de Lucía no había sacado los pies del plato», dice Ricardo Pachón. «Como el agua» fue el disco que alumbró el cajón como instrumento del flamenco, algo que este productor mira con recelo: «Eso es un señor metiendo ruido».