Geli Raubal, la sobrina y obsesión sexual de Hitler

Una novela recupera la tormentosa y oscura relación entre el Führer y la joven, que terminó quitándose la vida en la casa de este. Según los testimonios, en la relación entre ambos sí hubo amor. Y afán de control por parte de él

Hitler y su sobrina, Geli RaubalLa RazónLa Razón

«Era una mujer. Podía verse por su pelo largo y cuidado de color castaño que bajo los rayos del sol podía parecer rubio, y por la piel suave y lisa de los tobillos, que despuntaban pálidos por debajo de la falda larga del vestido. Por lo demás, aparte de la ropa, se veía poca cosa: el cadáver estaba boca abajo, los pies hacia la puerta y la cabeza hacia la ventana, en el centro exacto de la estancia. Tenía el brazo izquierdo doblado bajo el cuerpo. El derecho, en cambio, estaba tendido hacia adelante, ligeramente flexionado, la palma reposaba sobre una alfombra verde que el charco de sangre bordeaba sin llegar a tocarla, extendida alrededor de la mujer como el lacre...» («El Ángel de Múnich», Alfaguara).

Así describe el escritor italiano Fabiano Massimi la visión policial del cadáver de Geli Raubal, un asunto que conmovió Múnich el otoño de 1931, y que ahora, convertido en una novela policiaca, llega a los anaqueles de las librerías española después de haber cosechado un éxito arrollador en Italia. El clamor suscitado se explica porque Ángela María Raubal (Linz, 4 de junio de 1908-Múnich, 18 de septiembre de 1931), conocida como Geli, era hija de Ángela Raubal, de soltera Hitler, hermanastra de Adolf Hitler, cuyo partido nazi (NSDAP) se había convertido en la segunda fuerza política de Alemania en las elecciones de 1930 y en el otoño de 1931 presentaba su candidatura al poder. Pero la historia tenía mucho más morbo porque la muerte de Geli, suicidio según las investigaciones policiales y el informe forense, ocurrió en casa de Hitler, donde ella residía y porque las relaciones de tío y sobrina suscitaban todo tipo de rumores en la capital bávara.

Hitler, de 42 años, era un solterón que coleccionaba romances, se supone que muchos inventados por el partido, para crearle fama de súper macho, tanto porque tal carácter encajaba dentro de la idea del «superhombre» ario como porque su sexualidad no estaba nada clara. Adolf conocía a su sobrina desde que esta era una preciosa niña, un torbellino alegre que cautivaba al agobiado y modesto político cuando trataba de encarrilar su partido con muy modesto resultado, pero tras la publicación y éxito de «Mein Kampf» («Mi lucha», 1925) Hitler comenzó a disponer de dinero: se compró un chalé en Berchtesgaden, en los Alpes, a 150 kilómetros de Múnich, e hizo venir a su hermanastra Ángela, viuda con escasos recursos, para que trabajara como gobernanta y residiera allí con sus dos hijas adolescentes. Poco después, Hitler se compró un apartamento en una zona distinguida de Múnich. En 1929, Geli se matriculó en la facultad de Medicina y en vez de buscarla una residencia, le ofreció una habitación en su casa, donde ya vivían dos mujeres más, su anciana casera desde que había llegado a Múnich hacía casi dos décadas y una hija suya, que pagaban el alojamiento cuidándose de la vivienda, aunque el servicio propiamente dicho lo componían los esposos Winter.

A partir de entonces, comenzó a verse al líder nazi acompañado por una joven esbelta y risueña en un restaurante de categoría, la ópera, el teatro o el cine. Los historiadores coinciden en que Geli fue el gran amor de Hitler. ¿Qué tenía para enamorarle? Era exuberante, sexy, alegre, simpática y frívola, aunque poco culta y muy caprichosa. «Encantadora sí, cuando quería, pero también grosera, provocativa y peleona», según su amiga, la hija de Ernst Hansftaengl, el fotógrafo de Hitler. «Sus grandes ojos eran un poema (...) tenía un maravilloso pelo negro», recordaba Emil Maurice, chófer de Hitler, que quizá fue su amante y que pretendió casarse con ella. Cuando Hitler se enteró, le despidió y contrató otro.

Geli se cansó pronto de la facultad de Medicina. Le interesaba el teatro y, al parecer, tenía una voz preciosa y cierta formación musical, de modo que Hitler le contrató un profesor de canto y, en 1931, con 23 años, parecía ya preparada para subir a un escenario, pero comenzó a manifestar grandes temores y planteó a su tío ir a Viena a pulir sus conocimientos.

¿Trataba de huir del opresivo control de su tío o estaba desengañada de sus relaciones con él, fueran las que fuesen? La mayoría de quienes les conocieron aseguran que Geli quería a Adolf; estaba deslumbrada por su fama, fortuna y relieve político, pero, probablemente, deseaba exhibirse como aspirante a primera dama y eso no lo iba a tener porque el mismo le habría dicho, como se lo decía a sus amigos, que él ya estaba «casado con Alemania». Hoffmann, uno de los íntimos de Hitler, contó esta confidencia: «Amo a Geli y quizás podría casarme con ella pero, bien lo sabe usted, voy a permanecer soltero, pero me reservo el derecho a vigilar sus relaciones masculinas hasta que descubra al hombre que le convenga. Lo que a ella le parece una esclavitud, no es sino prudencia».

Probablemente fueron amantes desde el verano de 1929. Sobre ello se ha fantaseado mucho, pero los escasos testimonios que existen indican una relación sadomasoquista que, al parecer, disgustaba a Geli. El editor y periodista Putzi Hanfstaengl, el amigo más íntimo de Hitler durante los años veinte, cambió de fidelidades durante la Segunda Guerra Mundial y terminó asesorando al presidente Roosevelt, a quien contó que Geli era tan ambiciosa como manipuladora, pero aborrecía la «lluvia dorada» (parafilia u urofilia), que a Hitler le gustaba. Otto Strasser, uno de los nazis más distinguidos de la época, tan próximo a Geli como a Adolf, reveló ya en el exilio, que Geli le había confesado que su tío la «obligaba a hacer cosas repugnantes». ¿Fue eso, además del control asfixiante lo que suscitaba su interés por trasladarse a Viena? O, como se dijo, ¿estaba enamoriscada de un artista vienés? El 18 de septiembre de 1931, durante el almuerzo, tío y sobrina mantuvieron una discusión muy acalorada, pues Geli «era muy peleona», probablemente por su emperramiento de trasladarse a Viena

Tras el almuerzo, Adolf tuvo que iniciar un viaje político. Según Hoffmann, que le acompañaba, Geli les despidió aparentemente tranquila, pero algo iba mal. Hitler, al poco de salir, comentó: «No sé qué me pasa... tengo una sensación desagradable». Entre tanto, Geli se había retirado con dolor de cabeza; poco después fue a la habitación de su tío, cogió su pistola Walter 6,35, regresó a su cuarto y se disparó un tiro, que no alcanzó el corazón, sino un pulmón y un riñón. Nadie escuchó el disparo. Al día siguiente, el servicio, alarmado por su silencio, forzó la puerta y la halló muerta.

En ese punto es donde se inicia la novela, una buena historia policial que, con escasos datos nuevos y alguna que otra licencia, reconstruye las mil dudas que suscitó la muerte de Geli Raubal, las corruptelas de su investigación y la continua intromisión nazi en ella. No desvelaré al lector la trama para no fastidiarle la lectura cuyo final conoce, pero le deseo que disfrute tanto como yo.

A modo de epílogo, el 21 de septiembre la joven fue enterrada en Viena, por deseo de su madre, y el 22 Hitler, demacrado, ensimismado y silencioso viajó hasta el cementerio Central, donde se empeñó en visitar la tumba el solo aunque allí se encontraban algunos amigos. Estuvo media hora inmóvil y callado y al salir dijo: «Ya es hora de continuar la lucha... esta batalla terminará en un triunfo. Juro que así acabará». Absorbido por la lucha política, que le llevaría a la Cancillería en enero de 1933, fue dejando atrás la tragedia pero en el apartamento, hasta el final del III Reich, quedó cerrada la habitación de Geli, a la que solo podían acceder él y el ama de llaves, Annie Winter, que durante catorce años se encargó de que todo se mantuviera igual y de que siempre hubiera un ramo de crisantemos frescos, las flores favoritas de Geli, ante un excelente busto de bronce. Y en todas las casas que en adelante utilizó figuraron retratos de la amada.